lunes, 18 de noviembre de 2013

Las tres caras de la moneda



Las tres caras de la moneda es el título del último libro de Jorge Gamero. Se trata de un libro heterogéneo y tenaz, bien trabajado y pulido, en el que las historias toman distintos formatos y enfoques dando forma a un recipiente en el que caen valiosos objetos de distinta procedencia, como si se tratara de uno de esos cajones en los que conviven tijeras, papeles, caramelos, bobinas de hilo, algún botón y unas gafas para ver bien convenientemente guardadas en su funda.
El libro está estructurado en tres partes: Gajes del oficio, Del amor y sus (d)efectos y Otros asuntos pendientes.
En Gajes del oficio, Gamero rinde homenaje al universo de lo literario: el trabajo sin fin de las letras como tarea y oficio, los libros que forman parte de su mundo, las fobias y filias del escritor, el conflicto entre la vida y la ficción. El café es una breve pieza incluida en esta parte que dibuja una minuciosa descripción del café literario como especie en extinción, muy al gusto de los escenarios de las ficciones de Gamero. Coitus interruptus nos cuenta la historia de un escritor que no se decide entre la página y el sexo con su mujer y en Reciclaje construye una historia a partir de títulos de libros, como si se tratase de una tarea de costura a base de retales de libros, con una habilidad, minuciosidad y labor de encaje dignos de admirar.
En Del amor y sus (d)efectos, la segunda parte de Las tres caras de la moneda, encontramos un relato especialmente valioso: Habitaciones, la historia de tres parejas que se encuentran en un hotel. En él, cada párrafo nos traslada a cada una de las parejas en sus respectivas habitaciones, y los hilos de la ficción se entrelazan con sabiduría narrativa hasta cerrase en un solo nudo que cierra el relato con increíble elegancia. También encontramos La giganta, en el que el humor sazona la narración de un encuentro entre una mujer inmensa y un amante vencido por las proporciones de su rival sexual, o La masajista, que bien podría haberse titulado Crónica de un calentón, en el que Gamero mezcla sabiamente dosis de humor, desbordamiento léxico y sensitivo y unas interesantes concepciones del ridículo o la mediocridad como victoria, que parecen compartir muchos de sus personajes en el libro.
La tercera parte, que cierra el libro y tiene por título Y otros asuntos pendientes, es un grupo de relatos en los que podemos encontrar, entre otros, una castiza ficción de género policial (El detective Farol), un relato de desbordante imaginación que retrata un ficticio equipo de fútbol (La alineación), una historia sobre una mujer mayor que pierde poco a poco la memoria (Oscuridad) y La cosa, ficción que aborda el urgentísimo y actual problema de los desahucios por impago de las hipotecas.
Mira Gamero la literatura de abajo a arriba, en contrapicado, con humildad y admiración, como si fuera un adorado tótem, y el libro está recorrido por interesantes reflexiones sobre su relación con la literatura mientras pide permiso para entrar en el café y se interroga sobre los sagrados monstruos de los libros que admira. En nuestra opinión, Gamero puede estar tranquilo porque ya es capaz de mirar a las letras a los ojos, de tú a tú, a la misma altura, porque su libro revela destreza en el manejo de las armas, capacidad de regate y, sobre todo, la indispensable condición para que lo escrito despliegue las alas y levante el vuelo: imaginación. No es necesario ya pedir permiso para entrar en el café, ni mirarse ocho veces al espejo para ver si el traje nos queda bien. Las frases de Gamero son la carta sobre la mesa de un escritor que cuenta. El café te espera, Jorge, el traje está hecho a medida, tu sangre lleva a Vila Matas y a Landero, pero esa sangre ya es tuya.
Gamero es un narrador de esa discreta forma de heroísmo que es preguntarse si uno está a la altura, un escritor que consigue escapar de lo gris con la dignidad intacta, el trabajador de la línea y la palabra, el que lucha con los posibles ritmos de la página, con las sílabas y la voz que nos habla desde el libro. En su literatura hay ganas de jugar con el juguete y una constante búsqueda de la ilusión como escudo, una ilusión que pueda tirar de nosotros con ojos siempre asombrados.

Antonio Ferrer

Las tres caras de la moneda
Jorge Gamero
Editorial Gramática Parda 2013
Colección Gramática Narrativa
 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Sergio Galarza no es JFK (afortunadamente)

Si nos mostraran las iniciales JFK como si fueran una de esas manchas que enseñan los psicólogos para ver lo que nos pasa por dentro, nos vendría a la mente aquel político americano recorriendo las calles de Dallas en un descapotable, acompañado de su mujer y con el cráneo atravesado por varios balazos. En esta ocasión, sin embargo, les invitamos a que esquiven esas desagradables imágenes criminales y políticas de los años sesenta para establecer otra relación no menos potente: JFK, la última novela de Sergio Galarza.
El escritor peruano afincado en Madrid nos ofrece la segunda entrega de su trilogía madrileña que ya iniciara con su anterior publicación, Paseador de perros (Candaya 2009), para contarnos la historia de J. Fernández Klimkiewicz, un joven de barrio que acaba dedicándose profesionalmente al oficio de escort. Para quien no lo sepa, JFK explica en la primera página de la novela en qué consiste eso: 
 
Algunos pensarán que mi nombre es una broma y otros que solo soy un puto chapero, pero ¡cuál es la diferencia! Sé que para muchos un escort y un chapero son lo mismo, aunque los dos comparten menos similitudes de las que podrían imaginarse. Un escort, grabénselo, es un terapeuta.

JFK va y viene por las calles de Madrid atendiendo las llamadas de sus clientes y asistimos a un desfile de personajes que deambulan por su diván psicosexual: ejecutivos, amas de casa aburridas, gente que busca compañía o simplemente quiere sentirse deseada. La voz del scort nos acerca las intimidades de esa ciudad de necesitados y lo hace bien. Nos cuenta a través de sus ojos lo que sucede en los dormitorios, en los salones de las casas, en las oficinas, en los apartamentos, en los hoteles. Su discurso está buscando continuamente una dignificación de su oficio y acaso nos arroja una nueva manera de entender las jerarquías. Es un personaje que huye de las intelectualizaciones pero continuamente se hace preguntas: ¿Qué necesitamos? ¿Qué nos hace felices? ¿Por qué la tristeza? ¿Cómo se deterioran las relaciones humanas? Y es que una buena novela no da respuestas sino que debe formular/reformular las preguntas de una manera especial. JFK busca un sentido estético a la vida, un sentido de autenticidad en la intensidad de lo vivido a través del afán de desnudar las cosas para verlas con toda su crudeza. Al final, nos quedan en la página trozos de vida en forma de palabras (no es poco) que nos ayudan a recomponer el interminable puzzle que todos llevamos dentro.
La atmósfera psicológica de la ciudad está absolutamente aprehendida, pero no es JFK una novela de mero ambiente. JFK es la ciudad que nos rodea y la que todos llevamos dentro, una búsqueda del origen de la desilusión y un consuelo encontrado apenas en unos fogonazos de vida que nos conmueven: una película, una canción, las palabras de un amigo, un abrazo en el último momento, unos billetes escondidos para alguien que los necesita pero jamás los pediría.
JFK es también una novela que reflexiona sobre la familia y sus trampas, los silencios, las inevitables inercias, las incógnitas en forma de fingimientos y la imposibilidad de vivir sin llevar una máscara. Encontramos en sus paginas a un padre que parece nacido de una fotocopiadora y trabaja en una imprenta, a una madre fiable como un electrodoméstico irrompible, a un hijo que acabó como escort porque todas las decisiones no son iguales y a veces somos elegidos y no elegimos. Éramos una familia de mentirosos, dice JFK en un momento del libro. Y quizá sea el tema de la familia la columna vertebral invisible que sostiene la novela. En ese sentido, JFK es una novela que va más allá del esteticismo y ahonda en las preguntas importantes. No es mero formalismo o catálogo de referencias al que cierto tipo de escritores modernos nos tienen cansinamente acostumbrados. La aparición de los elementos culturales que sirven de referencia a la arquitectura emocional del personaje (canciones, programas de radio, Dios manta, películas, imágenes, estética en definitiva) emerge con natural necesidad, sin exhibiciones de erudición hipster.
Sergio Galarza demuestra que puede atravesar el mundo con una prosa sencilla que no caiga en lo simple o lo vulgar. Enseña a los aprendices de Bukowski que, en literatura, los disfraces sencillos no tienen porque ser más baratos. Sabe que lo sencillo no excluye el matiz, sino que lo contiene. Nos dice a cada página: había una manera de decir eso que nos pasaba, y no era tan difícil, pero de cerca que estaba no lo veíamos. Para muestra un botón:

Me vanaglorio de mis poderes para detectar los puntos frágiles de las personas que solicitan mi ayuda, pero siempre fui incapaz de saber qué había dentro de mi amigo y tampoco me preocupé por descubrirlo. Es algo típico que ocurre con la gente que tienes más cerca, como cuando le pones una etiqueta a una caja sin saber qué contiene.

La novela nos enseña que huir es una forma de vida y un final que nunca acaba o nos conduce siempre a alguna parte, como el final de Los cuatrocientos golpes: … una mañana me despertaría listo para empezar de nuevo, sin pasado, ni muertes, ni clientes invadiendo mi sueño con llamadas desesperadas, proclama JFK, como manifiesto de su huida. JFK huye a pesar de la velocidad (… todo ocurría como en un videoclip: las imágenes pasaban de una forma tan violenta que me era imposible detenerlas para anilizarlas,) y lo hace porque el mundo a veces se derrumba y hay gente que nos quiere donde se supone que deberíamos estar y nos lo recuerda cuando queremos levantarnos:

eres un puto
-Ya no, lo dejé.
-Eso es lo que tú crees, toda la vida serás un puto, aunque te cases y tengas hijos.

Sigue batallando Galarza, en esa carrera, con el difícil y arriesgado deporte literario del alter ego. Ya lo hizo en Paseador de perros y en JFK da un paso adelante. Se advierte una evolución en el escritor que sigue afilando su cuchillo libro tras libro, sin caer en lo convencional ni en una inercia perezosa. Solo alguien que busca en las palabras como él lo hace puede acabar dando con frases como: Dibujaba sonrisas inútiles que se derretían como plástico tirado al fuego. Impecable Galarza. Lejos de acomodarse en la autocomplacencia o en la literatura confesional, construye un personaje tupido que posee existencia propia, un lugar, unos lazos, un conflicto, una búsqueda, y no es mera extensión del que maneja los hilos de la ficción. Cuando me retire tendrán que darme un premio a mi trayectoria como actor dice JFK, algo que podría interpretarse como una ironía de la voz de Sergio Galarza, escondida detrás de la de JFK (que no es él).

Antonio Ferrer

JFK
Sergio Galarza
Editorial Candaya 2012