miércoles, 6 de noviembre de 2013

Sergio Galarza no es JFK (afortunadamente)

Si nos mostraran las iniciales JFK como si fueran una de esas manchas que enseñan los psicólogos para ver lo que nos pasa por dentro, nos vendría a la mente aquel político americano recorriendo las calles de Dallas en un descapotable, acompañado de su mujer y con el cráneo atravesado por varios balazos. En esta ocasión, sin embargo, les invitamos a que esquiven esas desagradables imágenes criminales y políticas de los años sesenta para establecer otra relación no menos potente: JFK, la última novela de Sergio Galarza.
El escritor peruano afincado en Madrid nos ofrece la segunda entrega de su trilogía madrileña que ya iniciara con su anterior publicación, Paseador de perros (Candaya 2009), para contarnos la historia de J. Fernández Klimkiewicz, un joven de barrio que acaba dedicándose profesionalmente al oficio de escort. Para quien no lo sepa, JFK explica en la primera página de la novela en qué consiste eso: 
 
Algunos pensarán que mi nombre es una broma y otros que solo soy un puto chapero, pero ¡cuál es la diferencia! Sé que para muchos un escort y un chapero son lo mismo, aunque los dos comparten menos similitudes de las que podrían imaginarse. Un escort, grabénselo, es un terapeuta.

JFK va y viene por las calles de Madrid atendiendo las llamadas de sus clientes y asistimos a un desfile de personajes que deambulan por su diván psicosexual: ejecutivos, amas de casa aburridas, gente que busca compañía o simplemente quiere sentirse deseada. La voz del scort nos acerca las intimidades de esa ciudad de necesitados y lo hace bien. Nos cuenta a través de sus ojos lo que sucede en los dormitorios, en los salones de las casas, en las oficinas, en los apartamentos, en los hoteles. Su discurso está buscando continuamente una dignificación de su oficio y acaso nos arroja una nueva manera de entender las jerarquías. Es un personaje que huye de las intelectualizaciones pero continuamente se hace preguntas: ¿Qué necesitamos? ¿Qué nos hace felices? ¿Por qué la tristeza? ¿Cómo se deterioran las relaciones humanas? Y es que una buena novela no da respuestas sino que debe formular/reformular las preguntas de una manera especial. JFK busca un sentido estético a la vida, un sentido de autenticidad en la intensidad de lo vivido a través del afán de desnudar las cosas para verlas con toda su crudeza. Al final, nos quedan en la página trozos de vida en forma de palabras (no es poco) que nos ayudan a recomponer el interminable puzzle que todos llevamos dentro.
La atmósfera psicológica de la ciudad está absolutamente aprehendida, pero no es JFK una novela de mero ambiente. JFK es la ciudad que nos rodea y la que todos llevamos dentro, una búsqueda del origen de la desilusión y un consuelo encontrado apenas en unos fogonazos de vida que nos conmueven: una película, una canción, las palabras de un amigo, un abrazo en el último momento, unos billetes escondidos para alguien que los necesita pero jamás los pediría.
JFK es también una novela que reflexiona sobre la familia y sus trampas, los silencios, las inevitables inercias, las incógnitas en forma de fingimientos y la imposibilidad de vivir sin llevar una máscara. Encontramos en sus paginas a un padre que parece nacido de una fotocopiadora y trabaja en una imprenta, a una madre fiable como un electrodoméstico irrompible, a un hijo que acabó como escort porque todas las decisiones no son iguales y a veces somos elegidos y no elegimos. Éramos una familia de mentirosos, dice JFK en un momento del libro. Y quizá sea el tema de la familia la columna vertebral invisible que sostiene la novela. En ese sentido, JFK es una novela que va más allá del esteticismo y ahonda en las preguntas importantes. No es mero formalismo o catálogo de referencias al que cierto tipo de escritores modernos nos tienen cansinamente acostumbrados. La aparición de los elementos culturales que sirven de referencia a la arquitectura emocional del personaje (canciones, programas de radio, Dios manta, películas, imágenes, estética en definitiva) emerge con natural necesidad, sin exhibiciones de erudición hipster.
Sergio Galarza demuestra que puede atravesar el mundo con una prosa sencilla que no caiga en lo simple o lo vulgar. Enseña a los aprendices de Bukowski que, en literatura, los disfraces sencillos no tienen porque ser más baratos. Sabe que lo sencillo no excluye el matiz, sino que lo contiene. Nos dice a cada página: había una manera de decir eso que nos pasaba, y no era tan difícil, pero de cerca que estaba no lo veíamos. Para muestra un botón:

Me vanaglorio de mis poderes para detectar los puntos frágiles de las personas que solicitan mi ayuda, pero siempre fui incapaz de saber qué había dentro de mi amigo y tampoco me preocupé por descubrirlo. Es algo típico que ocurre con la gente que tienes más cerca, como cuando le pones una etiqueta a una caja sin saber qué contiene.

La novela nos enseña que huir es una forma de vida y un final que nunca acaba o nos conduce siempre a alguna parte, como el final de Los cuatrocientos golpes: … una mañana me despertaría listo para empezar de nuevo, sin pasado, ni muertes, ni clientes invadiendo mi sueño con llamadas desesperadas, proclama JFK, como manifiesto de su huida. JFK huye a pesar de la velocidad (… todo ocurría como en un videoclip: las imágenes pasaban de una forma tan violenta que me era imposible detenerlas para anilizarlas,) y lo hace porque el mundo a veces se derrumba y hay gente que nos quiere donde se supone que deberíamos estar y nos lo recuerda cuando queremos levantarnos:

eres un puto
-Ya no, lo dejé.
-Eso es lo que tú crees, toda la vida serás un puto, aunque te cases y tengas hijos.

Sigue batallando Galarza, en esa carrera, con el difícil y arriesgado deporte literario del alter ego. Ya lo hizo en Paseador de perros y en JFK da un paso adelante. Se advierte una evolución en el escritor que sigue afilando su cuchillo libro tras libro, sin caer en lo convencional ni en una inercia perezosa. Solo alguien que busca en las palabras como él lo hace puede acabar dando con frases como: Dibujaba sonrisas inútiles que se derretían como plástico tirado al fuego. Impecable Galarza. Lejos de acomodarse en la autocomplacencia o en la literatura confesional, construye un personaje tupido que posee existencia propia, un lugar, unos lazos, un conflicto, una búsqueda, y no es mera extensión del que maneja los hilos de la ficción. Cuando me retire tendrán que darme un premio a mi trayectoria como actor dice JFK, algo que podría interpretarse como una ironía de la voz de Sergio Galarza, escondida detrás de la de JFK (que no es él).

Antonio Ferrer

JFK
Sergio Galarza
Editorial Candaya 2012 


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