sábado, 21 de septiembre de 2013

El Enano Moral en el Palacio del Verbo


Allá por 2010, Guillermo Aguirre publicaba Electrónica para Clara, una novela que contaba la historia de unos jóvenes que se buscaban en un Madrid marítimo y drogadíctico, entre música de DJ´s y motos de agua. La historia transcurría en un lugar mental poblado de embarcaderos y canales en los que aparecían fragmentos de un Berlín que emergía del subsuelo mientras se rastreaba psiquiátricamente la pista de una Clara desaparecida. En esa novela, los psiconálisis de los personajes iban voluntaria y progresivamente emborronándose bajo el influjo de una prosa que se abría camino instintivamente como lo hacen pocas. Ganó el XV Premio de Novela Lengua de Trapo y marcó el inicio de la trayectoría narrativa de un autor inteligente y olfativo, Guillermo Aguirre, que se atrevía con temas mareados ya en las máquinas de pensar y en las máquinas de escribir, a saber: la autodestrucción, las drogas, la locura, el amor, la bohemia, la noche y los excesos. Guillermo hizo un triple mortal, evitó los clichés con inteligencia y una prosa intensa y llena de matices, y construyó una novela de una sola pieza a base de fragmentos de psique. El resplandor nos dejó ver la luz, aunque fuera la luz de un oscuro afterhour donde licuarse el cerebro, y fue por esa razón por la que muchos aplaudimos su novela y dijimos bravo.
Pero Electrónica para Clara era una novela peligrosa porque llevaba inevitablemente implícita una pregunta. Y la pregunta surgía de manera natural cuando uno pensaba en el siguiente paso. Bueno, sí, muy bien, nos decíamos algunos, lo has conseguido, pintaste el mismo cristo en la cruz que pintaron muchos de los que te precedieron y lo hiciste bien, con una nueva corona de espinas y elementos psicoactivos, con nuevos clavos en forma de palabras.... sí, muy bien, perfecto, lo hiciste, pero... ¿ahora qué? Y es que la pregunta que llevaba implícita esa primera novela era ¿ahora qué?
Ya sabemos que en literatura las bifurcaciones del futuro, como las neuronas de Borges, pueden ser infinitas, pero algunos desvíos solo conducen a precipicios y el agotamiento no solo afecta a los músculos, sino también a las páginas y a los temas. Había segundos trayectos cifrados en nuevas preguntas y las opciones de Aguirre, después de Electrónica para Clara, parecían ser fatídicas: ¿malditizarse ad infinitum y seguir insistiendo en el papel de mártir de las sustancias? ¿continuar sufriendo en público, crucificado en la página por las excesivas ganas de vivir? ¿elevar el dolor a categoría de acto heroico? Todo esto, unido al carácter generacional de su Electrónica, podía haberse convertido en la tumba perfecta para un escritor que no diera un nuevo paso para así defender su status de inteligencia ganado a pulso en su primera incursión. Pero el hecho es que Aguirre no se ha conformado con ese primer salto mortal y, esquivando los obstáculos con su método del matiz y el olfato, vuelve con ganas de luchar contra su propia fecha de caducidad. No se ha quedado dormido en los laureles de su primeriza Clara y ha huido de nuevo pero en otra dirección, con otro yo y las mismas ganas de exprimir el verbo. Y lo que es más difícil: sin negarse a sí mismo.
Pero ¿quién es Leonardo?
Leonardo es el joven (dejémoslo ahí: joven) alrededor del cual gira todo el material literario de la novela. A lo largo de las casi doscientas páginas que dura la historia solo hace tres cosas: primero pide, después pide más, y, luego, no para de pedir hasta que agota a los que le rodean. Pide amor pero huye de él. Pide huir pero vuelve para que le cuiden. Quiere reconocimiento, pero ni siquiera se reconoce a sí mismo. Quiere comodidad, pero no puede pagar su indigencia. Se engancha a todo: al café, a los antidepresivos, a las divagaciones, al tabaco, a las mujeres, a las tetas, a los los chats, a la pornografía, al onanismo (mental o físico), a los horarios intempestivos, a las explicaciones, a los fingimientos, a los olvidos, a la crítica de un mundo en el que no interviene, a sus ansiedades, a sus miedos, a los incontables círculos que comunican una neurona con otra. Y así podríamos seguir hasta el infinito.
Leonardo se engancha a todo y está obsesionado con la Teta Blanca, interesante y paródico trasunto erótico de Moby Dick que le hace moverse en círculos como un perro que busca su propia cola y nunca la atrapa. Pero todo este egoísmo de niño grande podría ser tedioso si no tuviera un sedal invisible que tirase del personaje. Lo que hace interesante, en nuestra opinión, a Leonardo no es la marioneta, sino los hilos. Guillermo Aguirre ha borrado cualquier trazo heroico de la bohemia cansina e insistente que circunda el mundo mental de su protagonista y lo ha arrastrado hasta el ridículo más impensable. El protagonista de la novela, como en la más ancestral representación del ridículo que ya supieron ver los actores del cine mudo, tropieza con puertas, se disfraza con gorros imposibles, corre hasta la sudoración extrema y se revuelca entre manteles, mesas derribadas y restos de mayonesa, mientras sigue pidiendo a diestro y siniestro cuidados, medicinas y pensiones de una supuesta invalidez disfrazada de beca literaria. Todo esta obsesión egomaníaca podría hacernos pensar que estamos ante un exibicionista, pero, descosiendo el dobladillo de toda esa prosa que rodea la verdad hasta estrangularla, no hallamos sino a un exorcista con ganas de verdad. Aunque esa verdad sea ridícula y autoparódica.
No es Leonardo una novela de trama ni creemos que pretenda serlo. Y si la tiene (la trama) es la de una masturbación: una clara línea argumental que nos empuja a buscar y seguir buscando (desparramando los ojos lo máximo posible) hasta encontrar una oportunidad mínima de sacar un provecho estético y filosófico de la obsesión. Y es que el verdadero protagonismo de la novela lo ostenta el lenguaje, brillantísimo y lleno de matices en casi todas sus páginas, y tabla de salvación de un argumento que solo sirve para caracterizar el raquitismo moral y vital del personaje. Un lenguaje que se abre paso entre la miseria humana de Leonardo y su enanismo moral, capaz de construir un ridículo palacio de fastuoso verbo autorreferencial que nos conduce hacia la salvación a través de la risa, una extraña forma de lucidez adquirida a fuerza de cansancio o desesperación.

Antonio Ferrer

Leonardo 
Guillermo Aguirre
Editorial: Lengua de trapo 2013