jueves, 9 de octubre de 2014

El misticismo pornográfico de Wenceslao Lamas



Ahora que nadie nos escucha, os voy a contar lo que sucedió el día en el que Wenceslao Lamas, creador prolífico donde los haya, recibió la divina y prometeica misión de sacar a la luz su maravilloso libro Hemos venido a darlo todo (Editorial Ofegabous 2014):
Wenceslao yace medio dormido en uno de los cuartos de su española casa mientras decenas de decilitros de sangre celta corren ebrias por sus venas para llevarle la contraria. Es una tarde clara y luminosa, pero él ha bajado las persianas porque quiere pensar. Medita vagamente sobre los ovnis y sus incordiantes maneras de confundir al mercado editorial, sobre matanzas, sobre ciervos, sobre aparatos digestivos, sobre zombis, y no quiere dejar de meditar porque piensa que si no medita, el mundo puede pararse. Medita sobre pájaros. Pájaros que hablan idiomas que están todavía por inventar. Medita sobre la manera de incluir en uno de sus vídeos a una mujer poseída por un cable de alta tensión y sobre cómo esa larguísima y anchísima culebra fluorescente convertirá a la mujer en electricidad pura. Medita y medita. Pasan las horas hasta que se hace de noche y él sigue meditando. Úteros, moluscos invasores, redes de prostitución, platos combinados, cosas infinitas. Y es entonces cuando sucede lo impensable. Impensable porque nadie lo piensa y por eso no ocurre. Las faldillas de la vieja mesa camilla en la habitación de Wenceslao Lamas se levantan, como si del telón de un minúsculo teatro se tratara, y de las profundidades del brasero apagado emerge una figura femenina y brillante que se eleva hasta que casi da con el techo. Lleva un bikini de color azul turquesa fluorescente que parece pintado sobre su piel con marcador Staedler y su cuerpo es como el de una de esas amazonas que dejaban anémico a Conan después de una noche entre pieles de jaguar.
-Hola, Wencitos, soy Santa Teresa de Jesús. Deja de pensar, te lo ordeno -dice la figura señalándole con una katana.
Sus palabras iluminan la habitación con un resplandor venido del Más Allá.
-Soy abulense, pero a mí no me engañas -continúa-. Meditas pero estás cansado de meditar. Ha llegado el momento de la acción.
Wenceslao la mira con ojos alucinados mientras su corazón late con toda la fuerza de todas las cajas de ritmos de todas las discotecas del archipiélago balear.
-Es verdad, Teresa.
Santa Teresa depone la katana y apoya su mano sobre la cadera.
-Ahora mismo, vas a coger tus dibujos y tus historias y tus cuadernos y los vas a publicar.


Wenceslao duda, pero su amazona no retira la mirada.
-No sé... tengo que pensar...
Santa Teresa dobla con incredulidad su cuello de cierva.
-El mundo no se va a parar, Wencitos.
A Wencitos le acobarda el timbre de voz de Teresa. Le acobarda porque es imposible resistirse. Es como si ella fuera campeona vitalicia de la liga profesional de teléfonos eróticos.
-No valen nada... son guarrerías... no valen nada...
-Publícalo y vencerás, Wencitos. Creeme. Te lo digo yo, que llevo a la inquisición en las venas.
La frase de la amazona, como una lengua caliente, penetra en los oídos de Wencitos y lubrifica sus tímpanos para abrirse paso hasta su voluntad. Y es a partir de ahí cuando el dominó de la conversación se precipita en una cascada de réplicas y contrarréplicas que se aceleran in crescendo hasta alcanzar un ritmo copulativo:
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.
-¿Por lo que más quieras?
-Por toda la sangre derramada en España durante la Edad Media.
-¿Puedo incluir los dibujos que he hecho con plastidecor y carioca?
-Sí.
-¿Podemos encuadernarlo en tela roja y poner el título en letras doradas?
-Sí.
-¿Podemos hablar en mi libro de la muerte?
-Sí, Wencitos.
-¿Y de la telebasura?
-También.
-¿Y de la Catedral de Santiago?
-Sí.
-¿Y nos vamos a reír?
-Sí. Hasta la muerte.
-¿Y más allá?
-Más allá.
-¿Hablaremos de nuestras estupideces?
-Sí.
-¿Y de nuestras debilidades?
-Sí.
-¿Y de nuestras perversiones?
-Sí.
-¿Y de las personas a las que queremos?
-De lo que quieras, Wencitos. Hemos venido a darlo todo. Ven a mis brazos. Hazme tuya.


En ese punto de la conversación (si se puede llamar conversación a este intercambio de frases), Wencitos se acerca a la santa y mete las manos en el cubo de las anguilas, con los ojos cerrados. Los dedos de sus manos son peces eléctricos en busca de la descarga. Las alas de una libélula gigante le rozan los oídos hasta dejarlo aturdido. Wencitos es un cable de alta tensión, larguísima y anchísima culebra fluorescente que posee a la santa, atraviesa todos sus úteros y la convierte en electricidad pura. Hasta que todo se apaga. Entonces alguien le deja en las manos un objeto sagrado y Wencitos corre hasta perderse en la oscuridad, ciego de luz.
Cuando Wencitos vuelve a abrir los ojos han pasado varios meses. Es de día. Yace sobre el parquet recién acuchillado del salón de su española casa y a pocos centímetros de sus manos hay un libro. Lo coge. Está encuadernado en tela roja y el título resplandece en letras doradas:

Hemos venido a darlo todo





Hemos venido a darlo todo
Wenceslao Lamas López
Editorial Ofegabous 2014


Antonio Ferrer



sábado, 20 de septiembre de 2014

Botín en el otro barrio


Ya pasó el ataque al corazón. Emilio está tumbado en un vertedero y por fin ha dejado de sentir el pinchazo en el pecho. Recuerda de un modo difuso los últimos momentos: el túnel, una luz cegadora, el asiento de atrás de un coche, música tecno, una patada y su cuerpo rodando por el suelo. Tiene un hambre terrible. El vertedero posee su propio hilo musical: un coro de voces acompañado de ruido de platillos sobre una base de tecno flamenco. Las voces repiten dos palabras en bucle: Hare Krishna Hare Hare Krishna Hare Krishna Hare Krishna... Emilio gira la cabeza, todavía en el suelo, y ve cerca de él a John Rockefeller cubierto de harapos y a cuatro patas, revolviendo con las manos entre la basura. ¿Qué te pasa, John? ¿Has perdido la dignidad? pregunta Emilio. Rockefeller mira al recién llegado con indiferencia: Déjame, Emilio, coño, que tengo hambre. En ese momento, a Rockefeller se le encienden los ojos. Ha encontrado algo en la basura. Entre un tetra brik de leche vacío y unos cartones acaba de descubrir una batería de móvil. ¡Tofu! ¡Tofu! grita Rockefeller levantando la batería del móvil con las dos manos, como si fuera una hostia sagrada. Atraído por las voces, acude un chico rapado. Viste zapatillas deportivas New Balance, vaqueros con lentejuelas, collares de oro y lleva un cuenco en una mano y una pandereta en la otra. Se acerca a Rockefeller y oscila a un lado y a otro con gesto de boxeador. Por un momento parece que duda, pero, finalmente, tira el cuenco con tofu al suelo y le arranca la batería de móvil de la mano a Rockefeller, que se abalanza sobre el tofu como un perro. Emilio casi no puede levantarse, pero intenta incorporarse y grita con rabia: ¡Hijo de puta!


El chico rapado se acerca a Emilio. ¿Ke haces tú akí, desgraciao? ¿Ta dejao akí la Yeni? Emilio no contesta. ¿Yeni? ¿Quién es Yeni? pregunta. El chico rapado coge a Emilio del brazo y tira de él para levantarlo. ¡Venga! ¡Arriba, gilipoyas! grita. Emilio se resiste y lo mira con desprecio: tú no sabes con quién estás hablando, chaval. El chico se inclina hacia él y se muerde el labio inferior enseñando los incisivos. ¿A ke te meto? No me buskes, ke menkuentras. Ke los Jari Krismas estamos to lokos. Los collares de oro del chaval le rozan la cara a Emilio. El chico cierra el puño. ¿Ke te pasa, gilipoyas? ¿Te levantas o te levanto? No se le ven las falanges, están debajo de los anillos de oro. No me tokes los güevos, kestoy to loko. Emilio sigue resistiéndose y el chico echa la mano a la espalda. ¿Testás poniendo chulo?¿Kieres ke sake la pipa, pringao? ¿Kieres ke sake la pipa? Entonces saca un revólver más grande que él y lo encañona. Emilio se asusta. Toma tu pandereta, gilipoyas. Se la tira a la cara. Toka tu puta pandereta de una puta vez y káyate, gilipoyas. El chico agita el arma. Entonces Emilio se reincorpora, coge la pandereta del suelo y la toca, sin ganas pero temblando. La pandereta es de plástico y tiene un motivo navideño de crisma barato: la Virgen María, San José y el niño Jesús, los tres están rapados y los tres son Hare Krishna pokeros, la única religión verdadera. El chico del arma conduce entonces a Emilio hasta un descampado al borde del vertedero donde hay una larguísima fila de hombres tocando la pandereta al ritmo de la base de tecno flamenco. Emilio se coloca el último y el hombre que tiene delante se gira como si lo hubiera reconocido. Hombre, Emilio, cuánto tiempo. Emilio no sabe quién es. ¿No me reconoces? Soy Steve, dice. Emilio escudriña las facciones de su compañero de fila intentando dar con su identidad. Steve se da cuenta de que Emilio está haciendo esfuerzos para recordar. Su cara le suena. Joder, ya lo sé... tú eres... Scchhh, le dice Steve mandándole callar. Ni se te ocurra decir quiénes somos. Como alguien se entere, nos pueden llover hostias. Steve baja el volumen de su voz y le dice algo: si alguien te pregunta por mí, dices que me llamo Esteban y que me he dedicado toda la vida a vender sidra.


A Emilio le suenan las tripas. Tiene un hambre tremenda. ¿Para qué es esta fila? pregunta Emilio. Steve le mira como si no creyera lo que está oyendo y contesta: es la cola para buscar las baterías. Estos puñeteros pokeros están obsesionados con los móviles, dan un cuenco de tofu por cada batería. ¿Y quién es la Yeni? pregunta Emilio. Es la novia de ese, contesta Steve señalando al chico rapado, que les vigila desde una distancia prudencial con la pistola en la mano. Son los dueños del basurero, añade Steve. Emilio se indigna. ¿Ese cabezahueca, dueño de esto? ¿Y por qué no nos rebelamos? Somos más. Estos pokeros no saben hacer la o con un canuto. Si se creen que van a salirse con la suya porque su religión sea la verdadera, andan listos. Ni Hare Krishna ni leches, añade Emilio. No digas tonterías, Emilio, le dice Steve. Déjate de historias y toca la pandereta, que nos vas a buscar un problema. En ese momento, un Seat León tuneado llega a la fila que hay para entrar en el vertedero levantando una nube de polvo.


Pintado entre tribales, sobre las puertas del coche, se puede leer en un graffitti el nombre de la conductora: La Yeni. Derrapa a pocos metros de Steve y Emilio. La puerta de atrás del León se abre, con el coche todavía en marcha, y un cuerpo sale rodando hasta donde están Steve y Emilio. Emilio reconoce al hombre en el suelo y sale de la fila con los brazos levantados: ¡Isidoro! Antes de que Emilio pueda llegar hasta donde está el hombre que acaban de arrojar desde el Seat León, el chico rapado intercepta a Emilio y le apunta con el arma: Komo te pongas chulo te mando al piso de abajo con los jevis. Anda, pringao, vuelve a la fila y dale a la pandereta.

Antonio Ferrer

viernes, 18 de julio de 2014

Todo es ETA


A nadie le gusta visitar hospitales, pero cuando hay que ir, se va. Hace un par de semanas ingresaron en La Paz a R, un amigo de la infancia, y fui a verlo porque su madre me llamó por teléfono. Según el informe médico, su cuerpo presentaba contusiones por todas partes: piernas, brazos, tórax, cabeza, uñas, pelo, plantas de los pies... Era como si una manada de miles de skins se hubiera cebado con él. Los golpes estaban ahí, no había manera de negarlos, el informe médico era definitivo, pero resultaba realmente inverosímil contemplar la posibilidad de que R tuviera enemigos, alguien que quisiera hacerle daño. R siempre había vivido en casa de F, su madre, y sólo salía de allí para trabajar en una correduría de seguros. Del trabajo a casa y de casa al trabajo. Ese era todo su mundo. Bueno, en realidad, digo que ese era todo su mundo, pero no es del todo cierto. Había una pequeña excepción. Y es que R, cuando cobraba su sueldo a primero de mes, rompía toda su regularidad en los horarios y volvía a altas horas de la madrugada durante tres o cuatro días, hasta que su tarjeta de débito se vaciaba y entonces volvía a la normalidad y recobraba sus hábitos. Su madre, completamente controladora durante el resto del mes, consentía esa cíclica violación de los horarios de R y su explicación era escueta: ahí no hay que meterse, son cosas de hombres. R no era bebedor ni jugador ni homosexual ni drogadicto y, para la madre de R, con eso bastaba. El resto del mes, R y F vivían de la pensión de F, y R se limitaba a ir de la correduría a su casa y de su casa a la correduría. El caso es que R tiene cuarenta años.
Nada más entrar en la habitación del hospital, vi a R en la cama, completamente inmovilizado, con collarín y los miembros escayolados. Era todo vendas y yesos. Parecía una momia. F estaba a su lado, sentada en un silloncito de piel falsa. La primera impresión que me causó ver a R fue de dolor, un dolor total, pero rápidamente algo en la expresión de su cara, que asomaba entre los vendajes, parecía contradecir la tragedia. Sonreía. Era una sonrisa indestructible. Y no sonreía por mi llegada. Miraba hacia la ventana, como si observara un punto en el infinito. Hablé con él un rato, bajo la mirada atenta de su madre, y me contó que, por primera vez en su vida, era feliz. Yo le pregunté por el motivo de su alegría, pero en lugar de contestarme me decía frases como “estoy en mi mejor momento” o “me encuentro fantástico, estoy ideal” y cosas por el estilo. Era imposible sacarle nada más. Le pregunté también por el motivo de sus lesiones, pero se limitó a decirme: es mi vida privada, hay cosas que no se cuentan. F me miraba con cara de circunstancia como diciéndome con el gesto: esto es lo que hay, tampoco yo he podido averiguar más. Estuve un rato con él y conversé con su madre porque R no salía de su estado de éxtasis, con los ojos en blanco, mirando por la ventana y recreándose en una felicidad inexplicable que no era capaz de transmitirnos. Ha sido la ETA, Antonio, me dijo F cuando notó que su hijo ya había cerrado los ojos y estaba dormido. Lo tienen controlado todo, dominan a la gente. No me extrañaría nada que tengan los hocicos metidos en los locales a los que va mi hijo. Han sido ellos los que han hecho esto, dijo señalando el cuerpo de R, que dormía sobre la cama del hospital, y que no te extrañe nada, continuó, que también controlen este hospital. No quise interrumpirla. Pero estoy preparada, dijo abriendo el bolso y sacando un tarrito que contenía un puré parecido a la comida para niños. No voy a dejar que envenenen a R, le he traído la comida de casa. Estos etarras seguro que no se conforman con la paliza y quieren rematar la faena, continuó F, seguro que intentan envenenarlo. Volvió a meter la mano en su bolso y sacó una pajita. Es para sorber los potitos, explicó F, estaban de oferta; es que el pobre no puede masticar. Antes de marcharme de allí, F me cogió de la mano y me dijo: ven esta tarde a casa, a las ocho, tienes que ayudarme a evitar que lo maten. Intenté sacudirme su mano, para ver si me dejaba marchar, pero me agarró con más fuerza. Ni se te ocurra contárselo a nadie, Antonio. Ni se te ocurra, o te fundo. Lo dijo con un tono de voz tan escalofriante que no pude negarme. Era como si todos los dientes de su dentadura postiza fueran colmillos. Dije que sí con la cabeza.



A las ocho de la tarde, ni un minuto más ni un minuto menos, me presenté en el lugar acordado. La casa de F estaba llena de figuras de cerámica que representaban escenas de caza y en el salón había una foto enorme de R tomada el día de su primera comunión. Así, vestido de marinero y con el pelo cortado a tazón, orejudo y con una nariz picassiana, R tenía todo el aspecto de alguien que sufre acoso escolar a manos de los típicos grandotes del colegio, esos que se burlan del aspecto físico de los demás. Era una versión jibarizada del R actual. Vamos a la habitación de R, me dijo F, he preparado todas sus cosas para que te las lleves; a partir de ahora se acabó el internet y las salidas de casa. La habitación de R era minúscula. Encima de la cama había una colcha de antes de la guerra y por todas partes se podían ver juguetes de cuando era niño: clicks, peluches, coches de carreras... F me había preparado una caja que contenía todo aquello que, en opinión de F, había llevado a su hijo a la cama de La Paz. No quiero ver todo esto aquí, deshazte de ello, quémalo, haz lo que quieras, pero llévatelo. Me invitó a tomar un café en el salón y me estuvo contando que ETA estaba en todas partes. Compraba agua mineral porque decía que el Canal de Isabel II estaba ocupado por comandos terroristas y había cambiado las bombillas de la casa por bombillas de led porque decía que los extremistas abertzales intentaban matar a la gente con las radiaciones de las bombillas antiguas. Están compinchados con Iberdrola, añadió. Hubo un momento en el que dejé de escucharla y me concentré en terminar mi taza de café lo antes posible. Era difícil, sabía a agua sucia. R me miraba con su traje de comunión desde su fotografía del salón y su cabeza jibarizada encogía y encogía al mismo ritmo que crecía la paranoia que me estaba contando F. 


Al llegar a casa, abrí la caja y eché un vistazo a su contenido. Había una colección de revistas porno, varios cuadernos de espiral y un ordenador portátil. Los cuadernos eran diarios en los que R relataba escuetamente cada una de sus escapadas. Más de veinte años de perversiones mensuales estaban exhaustivamente recogidos en aquellas páginas. Los nombres de los locales que R frecuentaba y del personal que le atendía estaban indicados con iniciales y la descripción de los servicios estaba explicada con un estilo extremadamente telegráfico. Una cifra acompañaba al breve texto: Club ER, TMA, rubia, anal 23; Whiskerya TED, RYV, rusa, facial 12, 14; Bar de Copax KGV, TGT latina, oral 2... Aquello era un ciclón de letras y números que giraba con una fuerza loca, cada vez más fuerte, una especie de páginas amarillas de los puticlus de la ciudad. Después de echarle un vistazo a todo el cuaderno, concluí que las cifras que acompañaban al texto eran como una calificación o puntuación de R a los servicios, porque, en ocasiones, el texto se explayaba un poquito más y había pequeñas frases como: “merecía un 97, pero vamos a darle un 50 raspadito para que no se confíe” o “aprobado por los pelos, 50, la proxima vez que se rasure la mando a septiembre”. A medida que avanzaban las páginas, el tema se volvía más especializado y se alejaba de las misioneras formas: EGT puño 94, TPG copro 91, CTE zoo 97... Todo estaba minuciosamente fechado y las puntuaciones iban a ráfagas. Cuando aparecía un nuevo tipo de servicio, cada vez más depravado, de repente las puntuaciones se disparaban hasta que el interés poco a poco decrecía como las puntuaciones y R buscaba otra práctica más arriesgada. De vez en cuando había alguna pequeña frase que humanizaba las estadísticas, frases como “hoy repito con la rubia” o “qué ganas de que vuelva el señor del látigo”. La última página tenía una nota intrigante: “por fin contacté con ETA”. Era lo último que había escrito. Tenía la fecha de su percance, el que le había llevado a la cama de La Paz. Por fin tenía una pista. Encendí el ordenador de R. La sesión estaba iniciada y tardé poco en averiguar que ETA no era ninguna organización terrorista. Era el nombre de uno de los miembros en un chat de servicios de compañía que frecuentaba R. Se hacía llamar ETA, y las siglas correspondían a “E Te Ataca”. Barajé posibles nombres para aquella intrigante y atacante E: ¿Elena? ¿Estrella? ¿Eva? ¿Estanislao? El perfil de E era devastador: E, Madrid, ultramegaXXXsado, nada de mariconadas, te muelo a palos. Abrí un privado con ella ( o él) e intenté dar por zanjada nuestra relación: “no quiero verte más”, escribí. Por un momento pensé que algo así era suficiente para librarme de quien estaba apaleando a mi amigo R. E contestó en décimas de segundo: ”eres un mierda”, respondió. Nuestra conversación fue precipitada y poco fructífera: “olvídate de mí”/”te voy a reventar”/”que me dejes”/”te va a dejar tu puta madre”/”tengo derecho a decidir”/”y una polla”/”no me busques”/”eso me lo dices a la cara”/”a que voy”/”eres un mierda”. Es posible que esa fuera la forma habitual con la que se intercambiaban mensajes E y R, pero, sin darme cuenta, en un breve intercambio de frases en el privado, ya había entrado en su juego. Había cedido a sus provocaciones y no podía parar de sentir un odio intenso hacia el depravado ser que tecleaba al otro lado de la red. Yo ya estaba encendido y quería acabar con E. No iba a permitir que alguien así destruyera la vida de mi amigo R. La única manera de librarnos de aquella persona era ir a su escondrijo y decírselo en persona, dejar el asunto zanjado, arrancar el problema de raíz. Revisé todas las conversaciones anteriores que R había mantenido con E y encontré la dirección.


Era un piso con varias habitaciones en el Barrio de Salamanca. Al llegar, dejé mi Vespa aparcada al lado de un deportivo de color azul y antes de llamar al telefonillo me enrollé una venda alrededor de la cabeza para ocultar mi identidad. Me abrieron sin contestar. Subí las escaleras y cuando llegué al piso indicado la puerta ya estaba abierta. No tengo todo el día, gritó alguien al extremo del pasillo. Cuando entré en el cuarto vi a una mujer mayor vestida con el uniforme nazi. No se le veía la cara. Llevaba un casco de los antidisturbios y un pantalón de cuero que dejaba sus nalgas al descubierto. La esvástica en su brazo me dejó hipnotizado y ella me disparó una ráfaga de preguntas: ¿Qué pasa, R? ¿Sigues guerrero? ¿No tuviste suficiente? ¿Quieres que te deje hecho un cromo? Bueno, dije yo, he venido para decirte que ya no quiero que me des más hostias. Se rió a carcajadas. Tú estás gilipollas, dijo, cuanto más chulo te pongas, más te voy a dar con el palo. En ese momento, me acordé de R y de su foto de comunión y mi sangre empezó a correr por mi sistema circulatorio con toda la rabia del pueblo judío. ¡Era una chantajista! Aquella indeseable estaba atrapando con su violencia a un pobre hombre como R sólo porque mi amigo era un vicioso insaciable que ya no encontraba nada lo suficientemente fuerte que le pusiera cachondo. Cuando yo ya estaba a pocos milímetros de darle luz verde a mi puño izquierdo para arrearle un puñetazo en la cara, tuve un destello de lucidez y cambié mi estrategia. Lo siento, E, le dije con completa tranquilidad, me voy. Intenté marcharme y abrí la puerta para acabar con aquel delirio lo antes posible. Pero ella fue más rápida que yo. Cerró la puerta con una patada. Llevaba botas con punta de acero. Te vas a cagar, me dijo. Se oyó una voz de hombre con acento ruso en el pasillo: ¿Todo bien? Sí, todo bien, Boris, contestó E con una tranquilidad insultante. Boris era el chulo que protegía a las chicas. Sin que pudiese reaccionar, vi cómo ella agarraba un bate de beisbol que había en una esquina. Esquivé como pude el golpe y me tiré al suelo. Me libre de milagro del batazo. Con el pie conseguí alcanzarle en la espinilla y ella cayó a la moqueta. Forcejeamos y acabó quitándome la venda. 


¡Policía! ¡Policía! empezó a gritar al ver que yo no era R. Se puso en pie y salió de allí corriendo. ¡Redada! ¡Redada! Gritaban las chicas en el pasillo. Corrí detrás de ella, entre chicas medio desnudas y clientes sin pantalones, pero cuando salí del portal vi cómo E huía en el deportivo azul después de derribar mi moto. Boris, una montaña de músculos de dos metros, salió del portal y empezó a correr inútilmente detrás del coche. Era la misma voz con acento ruso que había escuchado en el piso. Boris había pedido un préstamo al banco y estaba pagando aquel deportivo a plazos. ¡Mi coche! ¡Mi coche! gritaba ¡Esperanza! ¡Mi coche! ¡Esperanza! ¡Esperanza! Por fin sabía el significado de las siglas: la E de ETA era una E de Esperanza. Ahora sólo teníamos que correr detrás de ella y atraparla.



Antonio Ferrer


viernes, 13 de junio de 2014

Apoya a las Juventudes Radicales de Mi Barrio



Ya es de noche. Estoy subiendo a mi casa después de hacer las compras en el súper antes de que cierren y oigo una voz en las escaleras que dice: hay terroristas en el barrio. No sé de dónde viene. Por un momento dudo, pero agarro con fuerza las bolsas de la compra y hago como si no hubiera oído nada. Es imposible. Debo de estar delirando. Terroristas en el barrio. Nadie diría una cosa así en serio. Subo unos cuantos peldaños más y vuelvo a oír la misma voz, esta vez más cerca: hay terroristas en el barrio. Es en ese momento cuando levanto la cabeza y veo a W, nuestro vecino del tercero. Su cabeza está asomada por la puerta entreabierta de su casa. Está mirándome. Me quedo paralizado en mitad de las escaleras y dejo las bolsas en los peldaños. No lo había visto nunca antes. De hecho, pensaba que su piso, que está debajo de mi casa, estaba vacío. Nunca había oído el más mínimo ruido. Entonces W sale al descansillo en pijama y echa un vistazo por el hueco de las escaleras para comprobar que nadie puede oírnos. Sí, Antonio, hay terroristas en el barrio, insiste él, cuando ve que no hay nadie en las escaleras. Me hace un gesto para que me acerque y vuelvo a coger las bolsas de la compra. Le hago caso. Me acerco y empezamos a hablar al lado de su puerta, muy cerca el uno del otro, para que nadie nos pueda oír. Entonces me cuenta que lleva varias semanas espiando a un grupo de sospechosos que se reunen de madrugada en la parada de autobús que hay enfrente del portal. Por lo visto, varios días a la semana, siempre a la misma hora, a eso de las cinco de la madrugada, se citan allí. W me cuenta que es guarda jurado y tiene horarios rotativos. Vio a los sospechosos por primera vez una de esas noches en las que se queda en vela y le da por fumar en la ventana de su casa. Desde el primer momento que los vio, pudo darse cuenta de que tenían un comportamiento extraño. No puedo evitar hacerle preguntas: ¿pero cómo sabes que son terroristas? le digo. W niega con la cabeza sacudiéndose mi incredulidad y se apura para darme sus razones: lo sé porque cuando ya se han reunido todos, se ponen unos pasamontañas y van a la calle que hay al otro lado de la plaza. Actúan cautelosamente para no levantar sospechas, pero no hay duda; son un grupo organizado, seguro que se dedican a romper escaparates o a quemar cajeros, tienen toda la pinta. ¿Y por qué no llamas a la policia? pregunto yo. W niega con el dedo índice: no, Antonio, hay que tener evidencias, dice W, es mejor pillarlos con las manos en la masa; te lo digo yo, que de esto entiendo. Seguro que son antisistema, añade W, la extrema izquierda, Antonio, radicales. Hablamos un rato más sobre los presuntos terroristas y, después de intentar disuadirle para que abandone el seguimiento del supuesto comando, subo a casa.



La noche es calurosa y el verano ya está aquí. Abro las ventanas al llegar al salón y, a las diez y media, ceno con Claudia. Le habló de mi encuentro con el vecino del tercero y ella se limita a decirme: no te creo, Antonio, abajo no vive nadie. Es imposible, añade, en el piso de abajo no se oye una mosca. Por la radio no paran de hablar del mundial de fútbol y, al final, hartos de millonarios en calzoncillos, cambiamos de emisora y escuchamos un poco de música. Es una de esas radios en las que ponen éxitos de los ochenta: Duran Duran, Spandau Ballet, Eurythmics... Claudia y yo hablamos de las facturas. Nuestros caseros nos han mandado los gastos del mes por email. Contéstales diciéndo que lo pagaremos todo junto con el alquiler del mes que viene, me dice Claudia, que no se te olvide, que eres un desastre. Cuando dan las once y media, Claudia se acuesta, yo recojo los platos y friego. Hoy me espera una noche intensa. Tengo que estar a punto para enfrentarme a una noche sin dormir, con mis libros y mis apuntes. Al día siguiente tengo examen. Intento concentrarme y, poco a poco, avanzo en el repaso de los temas, pero la conversación con el vecino del tercero sigue dándome vueltas en la cabeza, como un molesto ruido de fondo. No puedo evitar darle vueltas al asunto. ¿Terroristas en el barrio? No puede ser. ¿Qué le pasa a W? ¿Se resbaló en el ducha y se dio un golpe en la cabeza? Aquella manera tan rara de abordarme en el descansillo. No sé. ¿Habrá empezado a consumir drogas duras? Barajo todas las posibles explicaciones a su comportamiento. Pasan las horas, y, a eso de las cinco, miro el reloj y decido hacerme un café para aguantar hasta por la mañana. Al levantarme de la mesa, echo un vistazo por la ventana que da a la calle del portal, sugestionado por los avisos de W y sus pesquisas del comando terrorista, pero no veo nada raro. En la parada de autobús no hay nadie. Voy a la cocina, me hago un café y, cuando vuelvo, justo antes de sentarme delante de mis apuntes para abordar la recta final de la noche, miro mecánicamente por la ventana y veo a alguien sentado en la parada de autobús. Instintivamente me escondo detrás de las cortinas. W tenía razón. El comando antisistema. Allí están. Es imposible que alguien se siente a esperar el autobús a estas horas. No hay duda. Asomo la nariz al borde de la ventana y veo a un hombre sentado en la parada. Miro el reloj. Las cinco y cinco. Antisistema, sí, pero puntuales. Permanezco al acecho. A los pocos minutos, llegan dos individuos más. Conversan entre ellos. No puedo oír nada, están demasiado lejos. Uno de ellos abre una mochila y reparte trozos de tela a sus compañeros. Los pasamontañas, no puede ser otra cosa. Cruzan la calle y se dirigen al callejón que hay detrás de la plaza. W tenía razón. No estaba desvariando. Tenía razón. Saco la cabeza por la ventana, para intentar ver hacia a dónde van, pero las copas de los árboles me impiden ver y se pierden en una esquina. Oigo que alguien me llama desde uno de los balcones de mi bloque. Eh, Antonio. Es la cabeza de W asomándose a la ventana del tercero, en el piso de abajo. ¿Los has visto? me pregunta nerviosamente W. Menudos hijos de puta, dice con tono bilioso. ¿Has visto cómo yo tenía razón? Tenía razón, Antonio, tenía razón. Estos cabrones se van a cagar, añade antes de volver a meterse en su casa.



Sin pensarlo, me pongo lo primero que encuentro de ropa, cojo las llaves y el móvil y salgo de casa. W es capaz de cometer una locura. Tengo que pararlo. Mientras bajo la escalera como una bala, siento un portazo abajo, en el portal. Salgo a la calle y cruzo la plaza corriendo. Veo a W doblando la esquina por la que desaparecieron los antisistema. Corro detrás de él. Llego a la esquina. Es una calle muy estrecha. Desde donde estoy puedo ver a W corriendo hacia los terroristas. Son tres siluetas negras. Están al fondo, al lado de la sucursal del Banco Santander, agachados al lado del cajero, detrás de un contenedor. W llega a donde están ellos. En ese momento, veo cómo W salta entre los coches y grita a los antisistema alto, no mováis ni un pelo. W ha sacado un arma. Desde donde estoy no distingo bien. Son varios bultos en la acera. Saco el móvil y marco el número de la policía. Me acerco. Son tres. Han puesto los brazos en alto. Todos tiran al suelo unas bolsas de basura que llevaban en las manos. Contestan mi llamada de móvil. Buenas noches. Policía. ¿En qué puedo ayudarle? Sin dejarles de apuntar con su arma, W coge las bolsas de basura que han tirado a la acera y las vacía para ver su contenido. Lo que veo me deja sin palabras y no contesto al policía que atiende mi llamada. Las bolsas de basura están llenas de comida a punto de caducar: pechugas de pollo, embutido, yogures, tomates y lechugas. Miro la pegatina del contenedor que está al lado de los terroristas: Supermercados Simply, y empiezo a entender la situación. W está desconcertado. ¿Pechugas de pollo? ¿Yogures a punto de caducar? ¿Lechugas? ¿Tomates? Eso no son armas blancas, ni cócteles molotov, ni esprays para pintar una A de anarquía, ni barras de metal para reventar cajeros. Me quedo sin habla. La voz de la policía me pregunta por el auricular del móvil ¿sigue usted ahí? ¿sigue usted ahí? W  no termina de admitir que es un gilipollas integral y les quita los pasamontañas a sus terroristas. Son tres pensionistas, claro. Cuando a W no le queda otra que admitir que ha metido la pata hasta la ingle, guarda su pistola y sale corriendo de allí en dirección a su casa. Sí, señor agente, contesto al policía que atiende mi llamada. Sí, necesito que me ayude. Mi vecino del tercero no para de hacer ruido. Necesito que vengan inmediatamente.

Ya he vuelto a casa y estoy disfrutando del único momento placentero de la madrugada. Un policía conversa con mi vecino del tercero. Los oigo en el descansillo. No se preocupe, señor agente, no voy a volver a molestar a ningún vecino, descuide, oigo que dice W con tono sumiso, como si supiera que yo le estoy escuchando y que con su tono de voz me está diciendo a mí: no te preocupes, Antonio, no voy a volver a molestar a los antisistema del barrio. Ya se ha hecho de día. Antes de ducharme, abro mi correo electrónico y veo en la bandeja de entrada un nuevo mensaje. Es de nuestros caseros. Cuando lo abro no puedo dar crédito a lo que leo: "Hola Claudia y Antonio, nos gustaría pediros un favor. Esta semana van a venir a ver el piso del tercero para alquilarlo. Está vacío. ¿Os importaría que os dejáramos las llaves en el buzón para enseñarlo a los nuevos inquilinos?”. Por un momento dudo. No sé si contestar que sí, que enseñaré el piso a los nuevos inquilinos. Me preocupa la reacción de W. 

Antonio Ferrer 


domingo, 1 de junio de 2014

Antonio Ferrer



Antonio Ferrer nació en Madrid en 1976. A los 21 años publicó sus primeros textos en la revista Entonces y más tarde dio a conocer sus relatos en los fanzines Moriremos y A medias. Ha trabajado para líneas aéreas, videoclubes y librerías. En el año 2013 publica su primera novela, El siglo sabático (editorial Nostrum), y participa como analista de guión en el cortometraje Laura, dirigido por Julio Mas Alcaraz para la London Film School. Es el autor del blog de crítica cultural y creación literaria Nosotros los faisanes e imparte un taller de novela en El Desván de las Letras. Ha participado en el libro colectivo sobre escritura creativa Manual de emergencia para escritores publicado por Cultivalibros y ha colaborado con Contubernio Records.
En la actualidad está preparando un libro de relatos que verá la luz en el 2017 y dirige el largometraje No somos nuestros nombres. Escribe en medios digitales como El Estado Mental, Negra Tinta, Letrabrick o Mondosonoro.

Entrevista en la página web de  Ámbito cultural con motivo de la publicación de El siglo sabático:


Enlace del taller de novela impartido por Antonio Ferrer en El Desván de las Letras: 

http://eldesvandelasletras.com/taller-de-novela/
 

Colaboraciones en medios digitales:

Negra Tinta
http://negratinta.com/alta-costura-para-salvajes/

Letrabrick
https://blogletrabrick.wordpress.com/2015/11/06/un-tranvia-llamado-elisa-mouliaa/

https://blogletrabrick.wordpress.com/2016/04/04/mordiscos-de-una-vegana/

https://blogletrabrick.wordpress.com/2016/06/20/26-j-los-cien-metros-lisos-mas-largos-de-la-historia/

Mondosonoro
http://www.mondosonoro.com/estrenos-musicales/reserva-espiritual-occidente-ep/

Contubernio Records
https://contuberniorecords.bandcamp.com/track/himno-hexagonal 

El Estado Mental
http://www.elestadomental.com/diario/punset-y-la-banca-cuantica 

Libros:

Manual de emergencia para escritores

https://www.casadellibro.com/ebook-manual-de-emergencia-para-escritores-ebook/9781635036114/3090628


El siglo sabático

https://www.casadellibro.com/libro-el-siglo-sabatico/9788494063497/2070131



Contacto: antoniojjferrer@gmail.com

miércoles, 28 de mayo de 2014

Amélie Poulain y Las amistades peligrosas



26 de mayo de 2014. 07:00 AM. Un apartamento inmundo de la periferia marsellesa. Se pone en marcha el radio-despertador en la mesilla de noche y suena Born to raise hell, de Motorhead. Amélie Poulain se despierta, el volumen es ensordecedor. Alarga la mano y no acierta a parar el maldito ruido. Todavía le huele el aliento a alcohol barato. Tiene una resaca superlativa. Ayer, ayer, ayer, repite su mente, ¿qué hice ayer? se pregunta. Intenta incorporarse, pero no puede, y nota un dolor cerca del hombro: algo le escuece y le arde, algo le quema la piel. El locutor, en la radio, interrumpe la música para dar los resultados de la noche electoral, y Amélie se mira el hombro. Descubre un tatuaje que no estaba allí la noche anterior: FN, escrito con tinta negra y roja sobre el fondo blanco de su parisina piel. No recuerda qué pasó la noche anterior. El locutor sigue escupiendo porcentajes. A quién le importan los resultados de las Elecciones Europeas, piensa. Se fija en el borde de una de las letras del tatuaje y ve cómo una gota de sangre le recorre el brazo. Se mira las manos. Están manchadas de sangre. Un escalofrío le recorre el espinazo. ¿Qué ha pasado? ¿FN? ¿Qué son estas siglas? No lo sabe. Levanta las sábanas. Descubre un cuchillo. Se palpa los brazos, el estómago, las piernas, y no encuentra ninguna herida en su cuerpo. Vuelve a mirar el cuchillo. ¿De quién es esta sangre? ¿Qué he hecho? Mira a su alrededor buscando a alguien, pero solo le acompañan las guitarras eléctricas de Motorhead, que hacen jirones el aire. Allí no hay nadie. La habitación está vacía.
Pero ¿qué sucedió la noche anterior? ¿Qué hizo Amélie Poulain la noche del 25 de mayo de 2014? Este es el momento en el que nos toca rebobinar su vida para entender cómo la encantadora Amélie llegó hasta este punto. 



Retomaremos su historia en el momento en el que acabaron los rodajes, cuando ella pudo hacer su vida fuera de aquella película, sin cámaras ni guionistas, sin director, sin scripts y sin ayudantes de realización. En realidad, después del rodaje, Amélie acabó harta de aquella fabulosa historia, del Quartier Latin, de los fotomatones, de la bohemia y de las postales de la Torre Eiffel. Pero si algo no podía soportar, por encima de cualquier otra cosa, era a aquel pánfilo que la buscaba por las calles de París. Por esa razón, y como venganza, después de la película Amélie Poulain inició un estilo de vida completamente contrario al que llevaba su personaje en la historia. Buscó a los amantes maltratadores en los lugares más infectos, a los chicos malos, a los hombres rinoceronte, a la gente que hace sufrir, a los indeseables. Con el dinero que le dio la productora se embarcó en un tren de vida de alta velocidad y perdió el control en pocos meses. Se drogó como una loca y buscó a la peor gentuza de Francia para mezclarse con ellos: los que pegaban a sus mujeres, los que se gastaban el sueldo en vino, los que robaban a las viejas a la salida de los bancos, los que traficaban con heroína en las puertas de los colegios. Esa era la fauna que quería para su jungla. En pocos años, se quedó sin un euro y toda aquella cohorte de sinvergüenzas que la acompañaba por las noches desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Las últimas monedas de su presupuesto se las gastó comprando una papelina en un poblado yonki de la periferia de Marsella. Después de dar tumbos por centros de acogida y parroquias evangelistas, vestida con un chándal de Carrefour recogido en un contenedor, consiguió que un programa de reinserción del ayuntamiento le encontrara una habitación en un piso tutelado. A las pocas semanas, empezó a trabajar en un restaurante de comida rápida. Su compañera de trabajo, asistente de tienda como Amélie, era marroquí y se llamaba Fahima. Se entendía muy bien con ella. Fahima le decía a Amélie: claro, no me extraña que te volvieras loca dentro de esa película, es que es como un cómic, la Francia real no es así, tienes que tomarte las cosas con calma, Amélie, ni tanto ni tan calvo, tú no eres ni tan buena, ni tan mala. Se hicieron muy buenas amigas. Todo iba bien. Hasta que un compinche de los viejos tiempos descarriados de Amélie apareció en su trabajo. Se llamaba François Naif. Era fan de Motorhead y le gustaban las mujeres sumisas. Todos los días iba a buscar a Amélie al trabajo y la tentaba ofreciéndole drogas, pero ella no aceptaba. Papelinas, gramos, cartoncitos, aquel tipejo tenía de todo en los bolsillos. Un día, Amélie discutió con Fahima. Su compañera de trabajo estaba preocupada por el asedio de François y Amélie se negaba a creer que François era una mala influencia. Ese tío no te conviene, tienes que deshacerte de él, le dijo Fahima. Harta de los consejos de Fahima, Amélie le contó todo a François y François le dijo: de esta noche no pasa, tenemos que acabar con ella. Era el día de las Elecciones Europeas.
 



Cuando cayó el sol en Marsella, François le ofreció a Amélie uno de esos cartoncitos alucinógenos que llevaba en los bolsillos y Amélie accedió dócilmente. Aquella noche salieron. Te voy a llevar a París, le dijo F.N al oído, te voy a llevar a París y vas a volver a ser la reina. F.N cogió a Amélie de la mano, le puso sustancias alucinógenas debajo de la lengua y la paseó por una ciudad que no existía, como la fabulosa ciudad de su película, aquella ciudad que la hizo grande. El Sena era de color púrpura y las flores de los Campos Elíseos tenían pétalos de papel de aluminio. Amélie volvía a sonreír. Tenía alas artificiales. Ven por aquí, dijo F.N, tenemos que hacer algo. Dieron un salto de varios kilómetros y vieron pasar bajo sus pies una pirámide luminosa, hasta que aterrizaron en los pasillos del Louvre. La Mona Lisa movió los ojos al verlos pasar por el pasillo. Ven conmigo, tenemos que hacer algo, le dijo F.N. Llegaron a una sala enorme y se pararon delante de un cuadro. Delacroix. La libertad guiando al pueblo. Toma, dijo F.N poniendo un cuchillo en la mano de Amélie, acaba con ella. Amélie dudó por un momento. Es que yo no quiero matar a nadie, le dijo Amélie. No te preocupes, dijo F.N, es solo un cuadro. Entonces Amélie, seducida por el tono de voz de F.N, cogió el cuchillo y acabó con el lienzo. Bailaron como locos frente al cuadro apuñalado. F.N sacó una botella de whisky y bebieron sin control. Motorhead retumbaba en las salas del Louvre. Mientras sonaba Ace of spades, F.N sacó de uno de los bolsillos de su chupa de cuero una pistola de tatuador y grabó las iniciales de su nombre en el hombro de Amélie. Esto es para que no te olvides de esta noche, dijo F.N. Amélie había cerrado los ojos porque el tatuaje dolía, pero por unos segundos abrió los párpados y echó un vistazo a su alrededor. Se estaba acabando el efecto de la droga. En el suelo había un charco de sangre. Amélie hizo ademán de marcharse y F.N le agarró con fuerza del brazo para que no se moviera. Tranquila, dijo F.N, y deslizó otro cartoncito debajo de la lengua de Amélie. El resto de la noche se diluyó como la tinta en el agua.



Al llegar al restaurante de comida rápida en el que trabaja, Amelie se sorprende de ver al encargado en el almacén. No es su turno, él suele trabajar por las tardes. Amélie deja sus cosas en la taquilla y se pone el uniforme con prisa. Menuda cara traes, Amélie, le dice el encargado. ¿Qué? Ayer estuviste de fiesta ¿no? le pregunta mirándole a los ojos. Son las ocho, Amélie, que no se te ocurra llegar ni un día más con retraso al trabajo, o te echo. Ya estoy harto de la gente que llega tarde. Amélie evita mirarle a los ojos y empieza a llevar latas de atún de cinco kilos a la despensa. Hoy vas a estar sola, le dice el encargado desde la cámara, tu compañera Fahima no ha venido, la hemos llamado por teléfono, pero no contesta. Al mismo tiempo que las palabras del encargado se quedan revoloteando en el aire de la cocina, una lata de atún de cinco kilos se escurre de las manos de Amélie y cae en el suelo de la cámara. Un sonido metálico como de enorme moneda rodando por el suelo atraviesa sus tímpanos. F.N. Motorhead. Born to raise hell.

Antonio Ferrer

miércoles, 21 de mayo de 2014

La hora extra terrestre


Un amigo mío no para de decir que hace unos días estuvo durante unas horas en una nave extraterrestre. Así, como suena: en una nave extraterrestre. Desde entonces no sale de casa, no coge el teléfono y lleva casi una semana encerrado en su habitación sin parar de decir todo el rato lo mismo: que, por unas horas, fue secuestrado por los extraterrestres. No quiere hablar con nadie. Está ido. Él siempre quiso haber estudiado biología marina, pero al final hizo un módulo de contabilidad y acabó en una empresa de latas de conservas. Hace un par de días, recibí una llamada de su mujer. Su voz, al otro lado de la línea telefónica, temblaba: Antonio, tienes que hablar con D, dice cosas rarísimas... como siga así van a echarlo del trabajo... sí, tiene la baja, el médico le ha dado unas pastillas, pero ya sabes como están las cosas... no, si ya sé que hay que tomárselo con paciencia, pero hoy en día, es mejor no jugar con el trabajo... anda, ven, Antonio, échanos una mano, habla con él... los niños están asustados... no han visto nunca a su padre así. La cosa me parecía seria, así que fui a verlos un sábado por la mañana, a primera hora. 


Cuando llegué a su casa, su mujer me acompañó al dormitorio. Me contó que ella lo veía venir. En lo que iba de año, habían echado a cuatro compañeros de D y el trabajo tenía que salir adelante con los que seguían en la empresa. Se quedaba hasta tardísimo en la oficina y traía trabajo a casa. Nóminas, balances, cierres contables, contratos, informes para Hacienda... Si a mi marido le hubieran pagado las horas extras que ha hecho, me dijo la mujer de D, este año nos podríamos ir de vacaciones. En las estanterías del salón estaba el coleccionable de Mundo Marino que vendían en los kioscos. Cada uno de los fascículos tenía un trozo de fotografía en el lomo y todos puestos en orden componían la imagen completa de un delfín. D había reunido la colección durante meses y allí estaba presidiendo el salón, un delfín en cincuenta y seis fascículos al lado de un gallito de Portugal de esos que marcan el tiempo. Cuando entré al dormitorio todo estaba a oscuras y por los agujeritos de las persianas se colaba el sol punteando la habitación con su confetti luminoso. Estuve un buen rato intentando hablar con él, pero era imposible. Solo balbuceaba trozos de frases: ... me llevaron a la nave... son una raza de peces inteligentes... todos se llaman V... si voy otra vez allí me llevarán con ellos... me iré con V... a otra galaxia... con V... Fue imposible hablar con él. No paraba de decir inconsistencias. Estaba enroscado sobre la cama, hecho una bola. Pensé en la empresa para la que trabajaba D y en las conservas de atún que producían, aquellos trozos de pescado metidos a presión en una lata que todo el mundo vacía para acompañar la ensalada. Pensé también en los berberechos y en los compañeros de trabajo de D, aquellos cerebritos que flotan en un líquido turbio con sabor a limón y restos de arena. En la mesilla de noche había nóminas y facturas. Cogí una de ellas y, entre las columnas de cifras y los porcentajes, había un número escrito con boli bic rojo: 25. Revisé el resto de los papeles. Por todas partes estaba el número 25, escrito por D. ¿Qué fue lo último que hizo D antes de empezar a desvariar? le pregunté a su mujer al salir del dormitorio. Lo mandé a la pescadería del mercado, contestó ella, nunca quiere ir, dice que le dan pena esos pobres animales. Pero es una excusa, Antonio, D es como un crío, no quiere comer pescado. Hay que comer de todo, entiéndelo, tenemos que dar buen ejemplo a los niños. Después de que la mujer D me hablara de la aversión al pescado que sufría su marido, me pareció buena idea intentar quitarle hierro al asunto. No te preocupes, le dije a la mujer de D en el descansillo, antes de despedirme de ella, D solo necesita descansar, unos cuantos días en casa y verás como seguro que se le pasa, tranquila, mujer. 


Con el número 25 escrito en rojo bic aún latiendo en mi cerebro de berberecho fui al mercado del barrio de D, con la esperanza de resolver el caso de los extraterrestres y las horas extras. Yo tenía la intuición de que la clave estaba allí, en el mercado. Busqué el puesto número 25 y lo encontré. Era una pescadería y estaba junto a la tienda de variantes, donde las berenjenas y las banderillas buceaban en turbios acuarios de salmuera. Fue en ese momento cuando contacté con V. El puesto 25, los peces, todo cuadraba. Las coordenadas que D escribía en las nóminas eran correctas. V era en realidad una pescadera, pero no era una pescadera cualquiera. Era una mutación de barrio. Su cuerpo se había escapado de las páginas centrales del Playboy, se había puesto unos guantes de goma, había cogido un cuchillo de dimensiones colosales y estaba descabezando salmones en aquella pescadería con un delantal blanco, como si nada. Ocupaba el vértice de una pirámide plateada de peces que caían en cascada sobre una montaña de hielo. Un aparato con un altavoz enorme, colgado de un gancho en una de las paredes, emitía sonidos galácticos y las manos de V despedazaban escurridizas y metálicas criaturas a ritmo de tecno. Me acerqué atraído por su imán. ¿Qué te pongo? me preguntó. Subió el volumen del aparato y el himno de los polígonos dejó perplejos a los ojos de los lenguados. ¿Qué te pongo, cariño? repitió. Al sacudir la cabeza, sus hiperbólicos pendientes de aro temblaron lanzando destellos dorados y terminaron de hipnotizarme por completo. Anda, decídete. Yo era incapaz de contestar y mi cerebro no paraba de segregar reverencias verbales. Ultramaquillada lideresa de los peces. Playmate de los océanos. Aniquiladora de los ultracongelados. Una señora llegó a la pescadería. ¿Quién da la vez? Yo no dije nada. Estaba abducido por V. Sus curvas oscilaban en una cósmica montaña de hielo y su top de lentejuelas brillaba como las escamas de un pez de otro planeta, un pez superior, una raza superior, un planeta de peces como ella. Ponme dos truchitas, Vanessa, cielo, dijo la señora, ignorándome por completo. ¿Qué? Ya tienes aquí a otro pesado, ¿no? La señora me dirigió una mirada de desprecio, pero el olor del perfume de V se abrió paso entre los rodaballos y las merluzas. No se preocupe, señora Luisa, son inofensivos, dijo V. Entonces los clientes empezaron a llegar y nadie me pidió más la vez. Me quedé a un lado, hipnotizado por los movimientos de V y su manera de arrancarle las vísceras a las doradas, con la mirada perdida mientras ella hacía un cucurucho con el papel de estraza y echaba gelatinosos puñados de calamares dentro. A esas alturas, el tecno y el ritmo del cuchillo de V ya me habían inoculado aquellas voces en el cerebro a través de los ojos de los pescados. Voces que hablaban de una raza superior de peces y de su lideresa, V. Me convencían de que yo quería formar parte de una metálica y húmeda multitud dispuesta a dejarse decapitar por su inmenso cuchillo. Fue cuando la pescadería empezó a convertirse en una nave espacial. Por todas partes veía ese corcho blanco donde se derramaban las sardinas y las lentejuelas de V brillaban más que las escamas de los peces. Los gelatinosos ojos de sus súbditos eran mis ojos gelatinosos, ya sin voluntad, de tanto mirar a V. Pasé el día entero en la nave espacial, sin importarme si era la hora del aperitivo, de la merienda, de la merienda cena o de la cena. Solo los avisos del personal de seguridad del mercado, a última hora, cuando tocaba cerrar, hicieron que aterrizase de mi galáctico viaje. No te preocupes, Vanessa, yo me lo llevo, oí que decía una voz. La verdad es que no se puede estar más buena, me dijo el vigilante cuando me acompañaba a la salida, si os entiendo, pero no podéis darle la lata a la pobre Vanessa de esta manera. Dejáos ya de ovnis y de leches y compraros unas revistas. Cuando salí del mercado, el olor a fruta podrida y a basura orgánica me hizo topar de bruces con la realidad, y tuve la sensación de que todo había sido una ilusión: la pescadería, la nave espacial, aquella raza de peces inteligentes, V... Llamé a la mujer de D y le hablé con una lucidez que no sé cómo fui capaz de encontrar: No te preocupes, le dije, puedes estar tranquila, a D sí le gusta el pescado, pero es cuestión de vida o muerte que cambiéis de pescadería.
Yo también he hecho demasiadas horas extras últimamente. Creo que voy a pedir la baja.

Antonio Ferrer

viernes, 16 de mayo de 2014

Déjà fuck



Déjà fuck. Es una expresión nueva, yo no la había oído antes. Para comprender a fondo su significado conviene leerla con fonética española, con "u", tratando de evitar sonidos como "fak" o "fok". Me da igual cómo se pronuncien las palabras en sus respectivos idiomas de origen. Eso, aquí, es irrelevante. Pronunciado de esa manera, con "u", Déjà fuck se presenta como una alternativa al famoso Déjà vu, eso que sentimos todos cuando nos da la sensación de que lo que estamos viviendo ya lo hemos vivido antes. La semana pasada supe lo que quiere decir Déjà fuck mientras charlaba con amigos durante una fiesta, en un piso del centro de Madrid. Habíamos quedado a las 14h y, a causa de la hora, yo esperaba encontrar a gente aburrida en el evento. Si hay algo que me cueste esfuerzo de verdad es enfrentarme a gente aburrida. Gente de esa que compra los suplementos de El País y no los lee, pero los pasea de terraza en terraza mientras mira a los demás, sí, los demás, esos que tienen una vida. Gente de esa que no habla con su compañero de mesa en los restaurantes y piensa que, a pesar de todo, eso es una comida. Gente de esa que pasea a 0.01 Km/h ocupando toda la acera mientras tú vas detrás cargado con las bolsas del súper, y los miras con mala cara y no reaccionan. Gente de esa que parece que siempre empuja un carrito de niño pero no hay carrito de niño ni niño ni nada que se le parezca. Gente de esa que es fea pero que siempre parece estar mirándose en los escaparates. Eso era lo que yo esperaba encontrarme en aquella fiesta, a las dos de la tarde. En realidad, yo me había despertado de mal humor y mi cerebro no podía evitar la estúpida inercia que a veces nos conduce a criticar a los demás por sistema. Cuando llegué allí la gente estaba de todo menos aburrida. Comían paella en platos de plástico mientras salían a la terraza, escuchaban música, conversaban, bebían cerveza, vino, ron y las puertas del baño se abrían y se cerraban, se abrían y se cerraban, se abrían y se cerraban. Una mitad de los que estaban allí se recuperaba de la resaca huyendo botella abajo y la otra mitad intentaba que no decayera la gripe tomando más frenadol. Pronto me animé y pude olvidar mis estupideces. Uno de los que estaba allí, al que podremos llamar "X", no había dormido un solo segundo aquella noche, pero sin embargo tenía un aspecto impecable. Parecía una manzana Golden. Su piel estaba pefectamente tersa e hidratada, hablaba sin ese tono gangoso de los trasnochadores y sus movimientos y sus frases eran de una precisión insultante. Tenía 34, pero aparentaba 20. Había matado a Oscar Wilde y a Dorian Gray y a todos sus árboles genealógicos. Estaba pletórico. X nos contó que aquella misma mañana, antes de llegar a la fiesta, había estado en la cama con una chica que había conocido la noche anterior. A ella la podemos llamar "Y". ¿A qué te dedicas? le preguntó X a Y, todavía en el bar. Estudié filología inglesa, pero trabajo en una frutería. Bueno, dijo X cogiendo a Y de la cintura, para follar no hace falta saber idiomas. Y miró a X con cierta lástima . Sí, llevas razón pero solo en parte. Para usar la lengua no hace falta estudiar, pero si quieres ser una maestra hay que estudiar mucho, contestó Y. Media hora más tarde fueron a casa de X y la cosa fue como la seda. Que si ahora boca arriba, que si ahora boca abajo, que si ahora de lado, que si así, que si asá. Duración perfecta, intensidad perfecta, vibración perfecta, in crescendo perfecto, vibratto perfecto, lubricación perfecta, fluidez perfecta. Era como si lo conociera de toda la vida. La frutera se estaba comiendo la manzana Golden a mordiscos y la manzana Golden estaba encantada de que la cogieran por el rabillo y la dejaran en los huesos. Nada de comida rápida, menú degustación. X estaba asombrado con su alta cocina. A la una y media tuvo que despedirse de ella. ¿Te hago una perdida y así tienes mi móvil? le preguntó X a Y. X marcó el número y miró la pantalla del móvil de Y para asegurarse de que recibía la llamada. No podía dejar escapar a aquella chef de las fruterías. Quería evitar la excusa de "está en silencio, ya lo tengo". Cuando la pantalla del móvil de Y se encendió, X vio que Y ya tenía su teléfono en la memoria. Déjà fuck, decía la pantalla. ¿Qué es esto? le preguntó X a Y, extrañado. No te preocupes, dijo Y, es el nombre del grupo. Al terminar de contarnos la historia X se encogió de hombros. No pude contestarle nada, nos dijo X, yo no tengo ni puta idea de inglés, pero creo que yo a esta tía la conocía de antes.

Antonio Ferrer

viernes, 9 de mayo de 2014

Una noche con Cristina Cifuentes



Anoche soñé con Cristina Cifuentes. Yo era su marido y conducía un turismo de los años ochenta por una carretera oscura. Acelera, cariño, acelera, me decía Cifuentes, hoy me siento libre, la noche es nuestra. Íbamos como locos. El sueño tenía el atrezzo de esas películas de miedo que no dan miedo. Los faros del coche eran dos flexos y los lobos tenían bronquitis. Más rápido, Antonio, más rápido, no seas cobarde. El coche atravesaba la niebla, pero era polvo de talco y los limpiaparabrisas parecían cocainómanos. Acelera, pon música, acelera, no pares sigue sigue no pares sigue sigue, pon música pon música, exigía Cifuentes. Le di una patada a la guantera y los cassettes se desparramaron sobre la esterilla entre colmillos de Drácula y manos cortadas. Todo era de plástico. Todo era de broma. Todo era de mentira. Pon una cinta pon una cinta pon una cinta, gritó Cifuentes. Cogí una al azar. Los Chichos. Cristina se sabía todas las letras de memoria. Trazamos las curvas sin mirar, como en el tren de la bruja, mientras alguien con mal pulso apagaba y encendía los interruptores del plató para que parecieran relámpagos. Los asientos traqueteaban por los baches. El salpicadero temblaba como si estuviera vivo. No había duda, la carrocería se iba a desintegrar de un momento a otro. Cristina me miró. Tenía algo en la mano. Bebía vino tinto de un tetra brik en el que se podía leer: Sangre humana Don Simón. Entonces llegamos a una de esas enormes tiendas de la periferia donde se venden productos de bricolaje, artículos de jardinería, tornillos y cortinas al por mayor. Dejamos el coche en el párking y un jorobado con uniforme de mayordomo se acercó a nosotros para darnos la bienvenida: "¿Los señores están seguros de que quieren entrar al pasaje del terror? Le advierto a los señores que es un viaje al Más Allá. Nadie regresa. Van a pasarlo mal. Los señores van a pasarlo mal". Sin que yo pudiera reaccionar, Cristina se abalanzó sobre el jorobado y lo cosió a puñaladas. Cuando terminó, miró al pobre mayordomo y le dedicó unas palabras: No te quejes, dijo enseñando su colmillo que todavía goteaba Don Simón, no es sangre, es ketchup. Me acerqué al cadáver del jorobado y cogí un poco de sangre con la punta del dedo. La probé. Era ketchup y además del bueno. Heinz de primera calidad. Entramos a la gran superficie. Allí la gente compraba unos botelleros enormes de oferta pero nadie tenía botellas de vino en casa. Había una cola enorme en las cajas, como todos los sábados. Cristina no dejó títere con cabeza. En menos que canta un gallo, dejó charcos de ketchup por todo el establecimiento. Sección de puertas, sección de moquetas, sección de césped artificial, sección de papel pintado, sección de lámparas, sección de taladradoras, sección de cajas de herramientas. Me río de Tarantino. Es que odio hacer cola, Antonio, me dijo Cifuentes cuando acabó la matanza. No puedo, es superior a mis fuerzas, añadió. La acompañé a la sección de clavos y similares. En realidad, ella lo que buscaba era una alcayata para un cuadro del salón. En un momento de despiste, cogí un rastrillo de esos enormes con las puntas metálicas y lo agarré con fuerza. Cristina estaba de espaldas, era el momento. Yo me sentía envalentonado. Cifuentes iba a pagar por la nochecita que me estaba dando. Y además la sangre iba a ser de ketchup y era mi propio sueño, así que no me tenía que preocupar por procesos judiciales, ni por multas, ni por ley de seguridad ciudadana. Era mi turno. Había estado aguantando sus impertinencias en aquel terrorífico viaje en coche y mi paciencia había llegado a su límite. Ella estaba agachada buscando unas alcayatas mientras silbaba una melodía y entonces yo levanté el rastrillo encima de su cabeza. Décimas de segundo antes de que el rastrillo tocara la cabeza de Cifuentes sonaron las alarmas del local, cientos de policías del cuerpo especial invadieron la gran superficie y en pocos minutos me habían reducido. ¿Pero quién te crees que eres tú? me dijo Cifuentes indignada, este sueño no es tu sueño.

Antonio Ferrer

jueves, 1 de mayo de 2014

Cenicienta nunca se va a la cama


A los filósofos serios les sucede lo mismo que a los estadistas con visión de futuro. Nadie les hace caso por exceso de rigor. Esa misma fatalidad es la que condujo la historia de J.P a situaciones extremas. Lo conocí hace ocho años. Tocaba el bajo en un grupo que se llamaba Proyecto Muerte y solo bebía agua mineral con gas. J.P decía que la única manera de sacar al planeta de su bloqueo mental era prohibir que la gente durmiera. Sólo en ese momento, decía J.P, cuando todos llevemos semanas enteras sin dormir, veremos nuestro futuro con claridad. Su idea era recoger firmas para proponer una ley que prohibiera las camas, los colchones y los somieres. Según él, a medida que avanzan las horas, si no te vas a la cama tus capacidades se incrementan hasta que todo tu potencial encuentra su camino hacia el infinito. Esa era su teoría. Siempre llevaba en el bolsillo de su chaqueta unas hojas para recoger firmas y tocaba funky para preparar los ensayos de Proyecto Muerte. Era inflexible. Le pedía a todo el mundo que firmara en aquellas hojas de papel. Estaba completamente convencido de que lo iba a conseguir. Era un tío muy nervioso y extremadamente delgado y sólo tenía tres camisas. Cuando te veía por la noche, en algún bareto o en alguna fiesta de algún amigo común, sacaba las hojas del bolsillo de su chaqueta y te daba un bolígrafo para que firmases. A cambio, te recompensaba con un paquetito que tenía forma de bolita y estaba cerrado con el alambre que llevan las bolsas de pan de molde para que las rebanadas no se pongan duras. Migas de pan contra el sueño. Durante una temporada más o menos larga salí a menudo con él. A lo mejor era porque yo siempre estaba con los que firmaban en sus hojas, pero, a medida que avanzaba la noche, J.P, a diferencia de los demás, parecía más lúcido. Nunca le vi claudicar. Ni una cabezadita, ni una siestecita en un afterhour, ni un sueñecito cuando todo el mundo acababa tirado por el parqué entre las botellas vacías. Un día intenté aguantar su ritmo como pude para ver dónde acababa todo aquello. Después de tres días sin dormir gracias a las migas de pan que me permitían seguir el ritmo infernal del bajista de Proyecto Muerte, acabé babeando el sofá de unos amigos. Cuando desperté era de noche y J.P ya se había ido. Se fue a trabajar, me dijeron mis amigos. Intenté en varias ocasiones averiguar cuándo se iba a la cama J.P, pero siempre con el mismo desenlace: cuando me despertaba, J.P siempre se había ido a trabajar. Perdimos el contacto y los grupos de amigos y las costumbres cambiaron. Hace unas pocas semanas lo vi en un pasillo de metro. Por fin sabía de dónde sacaba el dinero para el pan de molde. Los túneles de metro eran su oficina. Lo saludé y estuvimos un rato hablando. Llevaba una de sus tres camisas de siempre y al lado de la funda del bajo tenía una botella de agua mineral con gas. No pude evitar hacerle la pregunta de rigor: ¿Sigues pidiendo firmas para que se haga la ley del insomnio? Sonrió con gesto desengañado. Lo dejé, respondió, aquello del insomnio era una locura. Me alegro, le dije, ya era hora de que te echaras un rato. En ese momento dejó de tocar y me miró a los ojos muy fijamente: No, no es eso, me dijo, lo que pasa es que es imposible recoger firmas. La gente no quiere cambiar las cosas,  pero yo sigo sin dormir. Me fijé en las pupilas de J.P. Tenían el tamaño del estado de Oklahoma.

Antonio Ferrer

domingo, 20 de abril de 2014

España, ¿DeLorean o Seiscientos?


Un amigo mío que creció en un barrio obrero es ahora un exitoso profesional del mundo del márketing. Gana una cifra de euros al mes que equivale, más o menos, al sueldo anual de una dependienta de Zara. Puede que incluso más. Estudió en una universidad pública y no hizo un máster, porque entonces no había másteres. Compartió clase con gente de barrio y con niños bien. Con gente de todo tipo, vaya. El otro día quedé con él y le oí decir que no tiene conciencia de clase (de clases de las de Marx, se entiende). La expresión "conciencia de clase" me sonó a fósil. Claro, pensé, no tiene un fósil en casa. Nadie tiene un fósil como animal de compañía. Qué tontería. Luego dijo más cosas: que le parecía bien que el sueldo mínimo interprofesional sea de 645 euros, que las decisiones económicas son decisiones técnicas, que no es nada malo que las cosas se midan a través de parámetros de rentabilidad... Al volver a casa, pensé en el hermano de mi excompañera de piso, que tiene una enfermedad degenerativa que lo ha postrado en una cama, e intenté encontrar en Google el parámetro que midiera su productividad. "Enfermedad/degenerativa/productividad" ENTER. El segundo link que ofrecía la búsqueda decía: "Enfermedades dañan salud empresa". Pero si el hermano de mi excompañera de piso no es una empresa, me dije. Las enfermedades dañan a las personas, no a las empresas. Dejé de darle vueltas. Pasaba algo raro con el link. Como no sabía qué pensar le pregunté a mi amigo del márketing que si un enfermo puede ser una empresa. No digas empresa, me dijo mi amigo del márketing, mejor di emprendedor. Por lo menos ya sabía que el parámetro con el que había que medir la productividad del hermano de mi excompañera de piso era un parámetro de emprendedor. Fui entonces a casa de los padres de mi excompañera de piso, tenía que contarle al enfermo degenerativo lo que había descubierto. Estaba seguro de que le iba a ayudar. Allí estaba, en la cama de su habitación, en casa de sus padres. Tú no eres un enfermo, eres un emprendedor, le dije cuando estuvimos a solas. Él me dijo que no era emprendedor, que lo que le pasaba era que tenía una enfermedad degenerativa y eso no tenía nada que ver con la productividad. Vimos Regreso al futuro y no pudo evitar hacer un comentario: Cómo mola el DeLorean, es un coche guay. Unos días más tarde, me encontré con mi amigo del márketing en el barrio de sus padres. Bebimos cañas y, cuando ya estaba pedete, se puso sentimental y me dijo que le encantaría ir al futuro y volver a la universidad. No pude evitar ponerle pegas: pero si vas al futuro serás más mayor y no irías a la universidad, le dije. Sí podría, continuó él, el DeLorean es un coche guay, ¿no has visto la peli? volvería a la universidad del futuro, es la mejor etapa de la vida, vivir en casa de tus padres, las chicas, ir a conciertos; además vería todas las ideas nuevas del márketing, volvería al presente y podría forrarme. No te esfuerces, le contesté, el Delorean es un coche guay, pero en el futuro, en este barrio, tú no podrías ir a la universidad.

Antonio Ferrer 

sábado, 12 de abril de 2014

Ley Orgánica de financiación de yogures caducados



El viernes de la semana pasada comí un yogur caducado. El muy cabrón estaba escondido al fondo de la balda del frigorífico, detrás de unas natillas. Lo cogí sin mirar. No me fijé en la fecha que normalmente está impresa en la tapa. Piña, mi sabor favorito, dije. Qué bien. Tiré la tapa a la basura, pero antes la chupé, como de costumbre, y le quité al yogur esa agüita que siempre tiene encima antes de hincarle la cucharilla. Fui al salón para terminármelo delante de la televisión. Qué bien, mañana sábado, no hay que madrugar. Estuve viendo un documental sobre la financiación de los partidos políticos. Me estaba gustando. Parecía un documental plural, hablaban personas de todas las siglas. Mucha gente era entrevistada y opinaba al respecto. En un momento del programa, muy de pasada, uno de los entrevistados dijo una frase que nadie más repitió en el resto del documental: Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios. Me tumbé en el sofá y no pude evitar quedarme dormido. Los entrevistados seguían hablando en el televisor. Sus frases se iban colando por una rendija dentro de mi mente de una manera desordenada y empezaron a formar un collage con los trozos  documental que había visto antes de quedarme dormido. Que si la ley de financiación por aquí, que si la ley de financiación por allá. Cosas sin sentido, vaya, como suele pasar en los sueños. A las cuatro de la mañana tuve que ir al baño. No lo podía soportar. Mi estómago y mis tripas eran como una lavadora de la antigua Unión Soviética en pleno centrifugado, mi cuerpo parecía descomponerse, estaba destartalándome a base de convulsiones intestinales. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios, me decía una voz en las sienes. Los partidos politicos contratan préstamos hipotecarios. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios. Aquella maldita voz seguía machacándome el cerebro con la misma frase. Mi cuerpo era todo él un retortijón, pero conseguí llegar al baño in extremis. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios. Estaba delirando. Me toqué la frente. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios. Tenía fiebre. Fue eterno. Duró horas. Mi aparato digestivo se había convertido en el Viet Cong. Pasé una noche fatal: de la cama al baño y del baño a la cama, de la cama al baño y del baño a la cama. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios, repetía la maldita voz. Cuando ya estaba amaneciendo fui por última vez al baño. No sé cómo pero, finalmente, terminé de expulsar todo aquello que me hacía tanto daño. Hubo un momento en el que sentí un alivio tremendo. Levanté la vista. Se estaba haciendo de día y por la ventana del baño empezaba a colarse la claridad. Ya no oía la voz. Estaba vacío por dentro, pero me encontraba mejor. Ya no oía a nadie decirme que los partidos políticos contrataban préstamos hipotecarios. Antes de volver a la cama, de manera inesperada, mi cerebro segregó espontáneamente una idea: esos préstamos hipotecarios deben de tener un interés altísimo, pero seguro que los partidos políticos no pagan esos intereses. No había duda: todavía deliraba por los efectos del yogur. Mi mujer me llamó desde la habitación: ¿Antonio? ¿Ya estás bien? Vuelve a la cama, anda. Contesté a mi mujer mecánicamente, sin pensar: Cariño, ¿los partidos políticos pueden ser desahuciados? Debió de ser el delirio lo que me hizo decir aquello. Mi mujer ni siquiera me contestó y yo no dije nada más. El puñetero yogur caducado. Entonces, con un alivio tremendo, me metí en la cama y dormí hasta mediodía, como un bebé.

Antonio Ferrer