miércoles, 16 de octubre de 2013

De este agua sí beberé




Atreverse a escribir un libro de poemas de amor y salir con la cabeza alta después del trance constituye un acto de valentía, casi de transgresión, en estos tiempos de corren. Se expone uno al riesgo de desnudarse ante el brillo de las armaduras, ser confesional o cursi sin pretenderlo o convertir el texto en una aburrida y explícita declaración de emociones. El último libro de Raúl Nieto de la Torre, Los pozos del deseo, llegó a las librerías en el primer semestre de 2013 con la dificultad añadida de ser un libro de poemas de amor (es triste pero hay que decirlo, el amor está mal visto), y tenemos muchas e interesantes preguntas que hacernos después de leerlo. El que busque respuestas en un libro está equivocado, a no ser que las preguntas sean fáciles. Para eso están algunas guías turísticas y muchos de los manuales de pesca deportiva que el mercado nos ofrece. La mayoría de las veces lo único que nos devuelve la lectura son preguntas, afortunadamente.
El amor de Los pozos del deseo es un amor perseguido y perseguidor, y no es casualidad que su título aluda al deseo, porque Raúl nos habla de un agua que calma la sed pero que viene de profundidades peligrosas, pozos que dan la vida o nos atrapan ( “un laberinto / que era una línea recta / de ti a mí” ). El poema que da título al libro nos da algunas de las claves:

Pongamos que hablo de la vida eterna
mientras tiro monedas a los pozos
del deseo, y solo algunos trozos
de mí mismo se salvan de esa tierna

manera de suicidio. Que en los pozos
del deseo no existe la vida eterna.
(Pongamos que escribir es una tierna
manera de juntar todos los trozos.)

Detrás de la aparente inocencia del planteamiento de Raúl Nieto hay un fondo de desilusión o impotencia, una deliberada y candorosa manera de decirnos “esto no era lo que nos prometieron, esto no es lo que yo soñé”. Es el suyo un dócil desconsuelo cuyo único anhelo es la dignidad del que anda cansado después de correr y acaba encontrando las palabras para contarlo. Es un libro de reivindicación de la verdadera materia poética, del merecido protagonismo que olvidamos otorgar al encabalgamiento, de defensa de la música interminable de las palabras ( “y recuerda no obedecer las palabras / sino la voz” ). Y se apoya para ello en una concepción sólida pero no sonetizante de la poesía, que hace posible la escritura de una biblia laica y personal del amor. Ayudan a tensar el hilo emocional del libro fragmentos del diario de ella, entreverados con los poemas como fragmentos de un diálogo intertextual que hace posible el plural, ayudando a entender que el amor es cosa de dos y que las voces se mezclan y se ayudan para configurar así ese proyecto de nosotros que es el futuro. Raúl Nieto nos enseña que el amor puede suceder en Cuenca, o en Coslada, o en una urbanización con piscinas, o en una carretera camino de Madrid. No tiene miedo de verse a sí mismo como una mosca en un tarro de cristal, a pensar que la vida es un interminable gotear en una lata (“... pasos que son preguntas que son gotas / cayendo sobre una lata / que es la vida”). Entre sus poemas encontramos a Hierro o a Cernuda o a Ángel González empujando a Raúl Nieto para que nos hable con un nihilismo constructor de palabras y silencios. Hay en casi todo el libro una voluntad de no comprender (“cuando la comprensión es otra forma de rendirse”) y una sensación de insuficiencia del mundo. Sus palabras están impregnadas de la imposibilidad de nuestros empeños, pero en algunos de los poemas se intuye una vaga esperanza, intangible, más que metafísica, lejanísima (“esa voz que nos llama cuando hemos caído / y que no vive en las palabras / sino allí donde acaban las palabras”), residuo de una fe que nos hace creer en un siempre indescifrable lenguaje de las emociones. Y quizás gracias a esa fe en las emociones, el libro deja de ser un libro de derrota, un inventario personal de sinsabores o dificultades. Hay en sus poemas una sed de intensidad ( “pues en caso de incendio / (dicen) / rómpase todo aquello que no arda / para que nada quede de los que se han amado “ ). Late con fuerza una voluntad de ser a la vez la destrucción y el amor, con permiso de Aleixandre, una interminable referencia a lo efímero de la existencia y el humano e inacabable estirar la mano para alcanzar los significados:

Si este sorbo de vida no llevara la muerte en sí
como el hielo su propia sed,
pero hasta entonces,
pero hasta el último peldaño de misericordia,
donde no haya último peldaño
que nos aleje más del suelo.

A medida que el libro nos lleva nos damos cuenta de que los temas se múltiplican e intentan modestamente abarcar el mundo ( “Sé / pero qué poco / pero qué demasiado para tanta belleza” ). Aparecen los amigos, el significado de la vida, la muerte, la imposibilidad de atrapar el mundo con la palabra, arropando ese tú a tú que implica la pareja y sus desafíos ( “Pero tú traes tu ciudad / y yo traigo la mía y en ambas llueve” ). Se consolida página a página mostrándonos que vivir es avanzar a tientas ( “deslizar una mano en la luz con los ojos cerrados” ) y quizás su enseñanza moral sea que solo el contacto con lo extraño nos da otros ojos ( “me has dado algo de ti que yo no conocía”). No es el amor de Los pozos del deseo un amor hedonista. Hay portazos, sinsabores, desencuentros, egoísmos. Los otros dos, uno de los mejores poemas del libro, nos habla del inevitable cuarteto del amor, los que somos, los que queremos ser, los que mostramos ser, los que creemos que los otros son. Inevitable juego de espejos:

Por detrás de ti y de mí hay otros tú y yo
y cuando digo detrás lo que digo
no sé si lo decimos nosotros o ellos

No tiene mucho sentido decir que un libro es mejor que otro, pero después de Zapatos de andar calles vacías ( Ediciones Vitruvio 2006 ), Tríptico del día después (Ediciones Vitruvio 2008) y Salir ileso ( Ediciones Vitruvio 2011), todos con una clara unidad de estilo y una voz personal pero con cierto espíritu misceláneo, Los pozos del deseo es el libro de la producción poética de Raúl Nieto que mejor concentra sus esfuerzos en un solo tema y en el que se intensifica aún más el efecto de sus palabras.
Vivir es el precio que tenemos que pagar por la ficción, pero bien merece la pena vivir para encontrar pozos, como los de Raúl, en los que las aguas nos sacien de preguntas para enfrentarnos con nosotros mismos. 

Antonio Ferrer 

Los pozos del deseo
Raúl Nieto de la Torre
Ediciones Vitruvio 2013

viernes, 11 de octubre de 2013

La vida duplicada y el falso dilema de la juventud o el vigor


En los años ochenta pasaron muchas cosas, pero no todas se recuerdan por igual. Entre 1979 y 1985 la literatura española conoció la singular explosión literaria de Rafael Soler, un escritor valenciano que publicó cuatro novelas (El grito, El corazón del lobo, El sueño de Torba y Barranco), un libro de poemas (Los sitios interiores -sonata urgente-) y dos libros de relatos (El mirador y Cuentos de ahora mismo). En ese mismo período de tiempo recibió el Premio Cáceres de novela (1982), el accésit Emilio Hurtado (1981), el Premio Ateneo de La Laguna (1980), el accésit del Premio Nacional de Poesía Juan Ramón Jiménez (1980), el premio de la Primera Bienal Literaria Ámbito Literario (1978), la Tercera Hucha de Oro en 1978, y la Hucha de Plata en 1981, 1982 y 1985.
Después de semejante demostración de fuerza estética, y con una incipiente pero monárquica galería de trofeos, su mundo interior dejó de publicar durante más de dos décadas hasta el 2009, momento en el que regresa de la mano del editor Pablo Méndez con un libro de poemas (Maneras de volver), seguido de otro poemario en el 2011 (Las cartas que te debía), así como la reedición de su novela El corazón del lobo ya en el 2012, gracias a Ediciones Evohé.
Un vistazo rápido al recorrido literario de Rafael Soler descubre, ante la mirada de cualquiera, un prolongado paréntesis desde su eclosión en los primeros ochenta hasta su vuelta en el 2009. Y uno se pregunta: ¿Por qué ese silencio? ¿Qué sucedió (o no) entre 1985 y 2009? ¿Merece la pena buscar cuáles fueron las razones del parón? ¿Tiene sentido volver? Las preguntas parecen (y solo parecen) inevitables, pero en realidad se podría contestar con nuevas preguntas: ¿Hay que publicar sí o sí? ¿Es noble escribir sin tener algo que contar? ¿Es obligatoria una cronología literaria continua? ¿Un libro es solo del que lo escribe o una mezcla de mentes entre lectores y autores? Estas preguntas, a modo de réplica, podrían ser suficientes para explicar las posibles causas del silencio de Rafael Soler, y al mismo tiempo se podría entablar un productivo diálogo sobre tópicos más o menos dañinos acerca de la creación. En cualquier caso, y a modo de conclusión, no estaría de más darse cuenta de la evidencia de que no publicar no significa no escribir, como no hablar no significa no pensar.
Pero, a nuestro juicio, todas estas divagaciones no son el núcleo del problema. El caso es que tenemos un libro sobre la mesa (El corazón del lobo) y que estamos vivos. La cuestión central es si ese libro sigue o no trasmitiéndonos su vibración cuando nuestros dedos lo tocan, si esas palabras siguen encontrando el camino hacia nuestro corazón, si siguen hablándonos al oído y haciéndonos preguntas años después de haber sido escritas. La cuestión, más allá de las décadas o no de silencio y de las galerías de trofeos, es si ese libro nos transmite todavía vida, esa vida que solo la verdadera literatura es capaz de capturar y transmitir sobreviviendo al tiempo.
Muchos hablan de juventud para diagnosticar la capacidad de un libro o un autor para transmitir vida, y puede ser que en parte tengan razón. Pero ¿Cómo se mide la juventud de un escritor? ¿Cómo se mide su capacidad para transmitir vida a través de un texto? Es una pregunta aparentemente fácil, pero la respuesta no figura, como cabría esperar, en ningún carnet de identidad ni en ninguna partida de nacimiento. La juventud de un escritor, su capacidad para transmitir vida, es algo extraño porque una vez queda escrita la página, entregada al editor y a los ojos de los lectores, lo que el autor dejó escrito se convierte en una existencia que deja de pertenecerle. Los lectores se transforman así en una especie de vampiros al revés, que resucitan el texto y lo devuelven a la vida cada vez que lo leen. De esta manera la vida se duplica. Dostoyevski, monumento de escritores y modelo de buscadores de palabras, está más muerto que muerto, como cuerpo, en el Monasterio de Alejandro Nevski. Es una evidencia, una constatación indiscutible: ya no es nada más que un cuerpo reducido a cenizas, polvoriento y olvidado, sin nada que poder decir. Pero lo cierto es que lo resucitamos cada vez que abrimos Crimen y castigo y los personajes reanudan su danza, una danza interminable de personajes de guardia. Aún así, también es verdad que no basta solo con un mecánico abrir de páginas para volver a la vida un texto. La página que resucita pasados los años debe tener una savia incorruptible. El vampiro-lector, que espera su dosis de vida, necesita que la prosa posea su propia mirada, su movimiento, la desenvoltura imperfecta de esa inyección de fluidos que llamamos vida. En realidad no es juventud lo que busca en el texto un vampiro-lector. Realmente lo que busca es vigor. Por esta razón podríamos sustituir, para ser justos, la palabra juventud por la palabra vigor. Y Rafael Soler es de esos escritores vigorosos que, como Dostoyevski, duplican la vida, nos marean como un fluido que asciende por las venas del texto, y nos hace ser más nosotros siendo otros, a través de sus personajes. De esta manera, deja la juventud de ser un problema cronológico y pasa a ser un problema sanguíneo, una cuestión del sistema circulatorio que se establece entre el texto y el lector. Y es que Rafael Soler es un escritor básicamente sanquíneo, circulatorio, transmisor de vida. Pero, a diferencia de Dostoyevski, cuerpo olvidado, está también vivo fuera de la página y todavía puede darnos más vida directamente de su cuerpo, a través de sus palabras.
El corazón del lobo, novela que reedita Intravagantes en 2012, narra la historia de pareja de Alberto y Ana y sus potenciales o consumados amantesamigos Alejandro y Fanny. Es una novela que elimina conscientemente todos los nexos narrativos y acotaciones de la novela tradicional (incluso de la más moderna), reduciendo la narración a la transmisión de lo esencial, convirtiéndose en torrente de literatura, en voz de voces. Rafael Soler innova, juega con la forma, pero no es la suya una innovación vana, no es su juego mero formalismo. Las cosas suceden en El corazón del lobo como suceden en la vida, sin pedir explicaciones. Los impulsos, las imagenes y los sonidos se superponen y se entrecruzan. Rafael Soler rompe formas y es sabia mezcla de contrarios, del mundo exterior e interior, hondura y vanguardia, experimentación y profundidad. Vanguardia humanizada, dotada de contenido; vanguardia honda, si se quiere. Eleva la vida corriente a categoría de arte. Sería imposible acotar una región de la novela porque Rafael Soler nos habla del terreno de la intimidad y esa intimidad es una intimidad infinita. Su mundo temático es el mundo temático de cualquiera, y quizá sea esa su magia. Como ha sucedido siempre en la poesía, Rafael Soler renueva con su prosa los temas que han latido y latirán en todos los corazones de todas las generaciones, haciendo suya una voz, renovando el lugar común con solo su contacto. Por eso es indiferente a las décadas, a los vacíos vaivenes de la prosa o el verso. Rafael Soler y El corazón del lobo es lo más cerca que la prosa puede estar de la poesía. Y es la suya una voz multitudinaria e íntima, dotada de un prodigioso cerebro sintáctico para las idas y venidas en el tiempo, el lugar y la mente. Maestro semántico y guiador en la fina exploración léxica del mundo, lleva de la mano a nuestros sentidos, pero con alma y verdad, sin fingimientos. La literatura de Rafael Soler incluye todos los ritmos (o tantos que no podemos contarlos, solo seguirlos) de la misma manera que la vida nos incluye y es sinfonía infinita, y tiene todas las músicas. El corazón del lobo es página que late, palabra que nos toma de la mano y tira de nosotros, sonido que vibra y nos empuja. Gracias, Rafa, por darnos otra vez la vida.

Antonio Ferrer

El corazón del lobo
Rafael Soler
Colección Intravagantes
Ediciones Evohé 2012