viernes, 11 de octubre de 2013

La vida duplicada y el falso dilema de la juventud o el vigor


En los años ochenta pasaron muchas cosas, pero no todas se recuerdan por igual. Entre 1979 y 1985 la literatura española conoció la singular explosión literaria de Rafael Soler, un escritor valenciano que publicó cuatro novelas (El grito, El corazón del lobo, El sueño de Torba y Barranco), un libro de poemas (Los sitios interiores -sonata urgente-) y dos libros de relatos (El mirador y Cuentos de ahora mismo). En ese mismo período de tiempo recibió el Premio Cáceres de novela (1982), el accésit Emilio Hurtado (1981), el Premio Ateneo de La Laguna (1980), el accésit del Premio Nacional de Poesía Juan Ramón Jiménez (1980), el premio de la Primera Bienal Literaria Ámbito Literario (1978), la Tercera Hucha de Oro en 1978, y la Hucha de Plata en 1981, 1982 y 1985.
Después de semejante demostración de fuerza estética, y con una incipiente pero monárquica galería de trofeos, su mundo interior dejó de publicar durante más de dos décadas hasta el 2009, momento en el que regresa de la mano del editor Pablo Méndez con un libro de poemas (Maneras de volver), seguido de otro poemario en el 2011 (Las cartas que te debía), así como la reedición de su novela El corazón del lobo ya en el 2012, gracias a Ediciones Evohé.
Un vistazo rápido al recorrido literario de Rafael Soler descubre, ante la mirada de cualquiera, un prolongado paréntesis desde su eclosión en los primeros ochenta hasta su vuelta en el 2009. Y uno se pregunta: ¿Por qué ese silencio? ¿Qué sucedió (o no) entre 1985 y 2009? ¿Merece la pena buscar cuáles fueron las razones del parón? ¿Tiene sentido volver? Las preguntas parecen (y solo parecen) inevitables, pero en realidad se podría contestar con nuevas preguntas: ¿Hay que publicar sí o sí? ¿Es noble escribir sin tener algo que contar? ¿Es obligatoria una cronología literaria continua? ¿Un libro es solo del que lo escribe o una mezcla de mentes entre lectores y autores? Estas preguntas, a modo de réplica, podrían ser suficientes para explicar las posibles causas del silencio de Rafael Soler, y al mismo tiempo se podría entablar un productivo diálogo sobre tópicos más o menos dañinos acerca de la creación. En cualquier caso, y a modo de conclusión, no estaría de más darse cuenta de la evidencia de que no publicar no significa no escribir, como no hablar no significa no pensar.
Pero, a nuestro juicio, todas estas divagaciones no son el núcleo del problema. El caso es que tenemos un libro sobre la mesa (El corazón del lobo) y que estamos vivos. La cuestión central es si ese libro sigue o no trasmitiéndonos su vibración cuando nuestros dedos lo tocan, si esas palabras siguen encontrando el camino hacia nuestro corazón, si siguen hablándonos al oído y haciéndonos preguntas años después de haber sido escritas. La cuestión, más allá de las décadas o no de silencio y de las galerías de trofeos, es si ese libro nos transmite todavía vida, esa vida que solo la verdadera literatura es capaz de capturar y transmitir sobreviviendo al tiempo.
Muchos hablan de juventud para diagnosticar la capacidad de un libro o un autor para transmitir vida, y puede ser que en parte tengan razón. Pero ¿Cómo se mide la juventud de un escritor? ¿Cómo se mide su capacidad para transmitir vida a través de un texto? Es una pregunta aparentemente fácil, pero la respuesta no figura, como cabría esperar, en ningún carnet de identidad ni en ninguna partida de nacimiento. La juventud de un escritor, su capacidad para transmitir vida, es algo extraño porque una vez queda escrita la página, entregada al editor y a los ojos de los lectores, lo que el autor dejó escrito se convierte en una existencia que deja de pertenecerle. Los lectores se transforman así en una especie de vampiros al revés, que resucitan el texto y lo devuelven a la vida cada vez que lo leen. De esta manera la vida se duplica. Dostoyevski, monumento de escritores y modelo de buscadores de palabras, está más muerto que muerto, como cuerpo, en el Monasterio de Alejandro Nevski. Es una evidencia, una constatación indiscutible: ya no es nada más que un cuerpo reducido a cenizas, polvoriento y olvidado, sin nada que poder decir. Pero lo cierto es que lo resucitamos cada vez que abrimos Crimen y castigo y los personajes reanudan su danza, una danza interminable de personajes de guardia. Aún así, también es verdad que no basta solo con un mecánico abrir de páginas para volver a la vida un texto. La página que resucita pasados los años debe tener una savia incorruptible. El vampiro-lector, que espera su dosis de vida, necesita que la prosa posea su propia mirada, su movimiento, la desenvoltura imperfecta de esa inyección de fluidos que llamamos vida. En realidad no es juventud lo que busca en el texto un vampiro-lector. Realmente lo que busca es vigor. Por esta razón podríamos sustituir, para ser justos, la palabra juventud por la palabra vigor. Y Rafael Soler es de esos escritores vigorosos que, como Dostoyevski, duplican la vida, nos marean como un fluido que asciende por las venas del texto, y nos hace ser más nosotros siendo otros, a través de sus personajes. De esta manera, deja la juventud de ser un problema cronológico y pasa a ser un problema sanguíneo, una cuestión del sistema circulatorio que se establece entre el texto y el lector. Y es que Rafael Soler es un escritor básicamente sanquíneo, circulatorio, transmisor de vida. Pero, a diferencia de Dostoyevski, cuerpo olvidado, está también vivo fuera de la página y todavía puede darnos más vida directamente de su cuerpo, a través de sus palabras.
El corazón del lobo, novela que reedita Intravagantes en 2012, narra la historia de pareja de Alberto y Ana y sus potenciales o consumados amantesamigos Alejandro y Fanny. Es una novela que elimina conscientemente todos los nexos narrativos y acotaciones de la novela tradicional (incluso de la más moderna), reduciendo la narración a la transmisión de lo esencial, convirtiéndose en torrente de literatura, en voz de voces. Rafael Soler innova, juega con la forma, pero no es la suya una innovación vana, no es su juego mero formalismo. Las cosas suceden en El corazón del lobo como suceden en la vida, sin pedir explicaciones. Los impulsos, las imagenes y los sonidos se superponen y se entrecruzan. Rafael Soler rompe formas y es sabia mezcla de contrarios, del mundo exterior e interior, hondura y vanguardia, experimentación y profundidad. Vanguardia humanizada, dotada de contenido; vanguardia honda, si se quiere. Eleva la vida corriente a categoría de arte. Sería imposible acotar una región de la novela porque Rafael Soler nos habla del terreno de la intimidad y esa intimidad es una intimidad infinita. Su mundo temático es el mundo temático de cualquiera, y quizá sea esa su magia. Como ha sucedido siempre en la poesía, Rafael Soler renueva con su prosa los temas que han latido y latirán en todos los corazones de todas las generaciones, haciendo suya una voz, renovando el lugar común con solo su contacto. Por eso es indiferente a las décadas, a los vacíos vaivenes de la prosa o el verso. Rafael Soler y El corazón del lobo es lo más cerca que la prosa puede estar de la poesía. Y es la suya una voz multitudinaria e íntima, dotada de un prodigioso cerebro sintáctico para las idas y venidas en el tiempo, el lugar y la mente. Maestro semántico y guiador en la fina exploración léxica del mundo, lleva de la mano a nuestros sentidos, pero con alma y verdad, sin fingimientos. La literatura de Rafael Soler incluye todos los ritmos (o tantos que no podemos contarlos, solo seguirlos) de la misma manera que la vida nos incluye y es sinfonía infinita, y tiene todas las músicas. El corazón del lobo es página que late, palabra que nos toma de la mano y tira de nosotros, sonido que vibra y nos empuja. Gracias, Rafa, por darnos otra vez la vida.

Antonio Ferrer

El corazón del lobo
Rafael Soler
Colección Intravagantes
Ediciones Evohé 2012

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