viernes, 13 de junio de 2014

Apoya a las Juventudes Radicales de Mi Barrio



Ya es de noche. Estoy subiendo a mi casa después de hacer las compras en el súper antes de que cierren y oigo una voz en las escaleras que dice: hay terroristas en el barrio. No sé de dónde viene. Por un momento dudo, pero agarro con fuerza las bolsas de la compra y hago como si no hubiera oído nada. Es imposible. Debo de estar delirando. Terroristas en el barrio. Nadie diría una cosa así en serio. Subo unos cuantos peldaños más y vuelvo a oír la misma voz, esta vez más cerca: hay terroristas en el barrio. Es en ese momento cuando levanto la cabeza y veo a W, nuestro vecino del tercero. Su cabeza está asomada por la puerta entreabierta de su casa. Está mirándome. Me quedo paralizado en mitad de las escaleras y dejo las bolsas en los peldaños. No lo había visto nunca antes. De hecho, pensaba que su piso, que está debajo de mi casa, estaba vacío. Nunca había oído el más mínimo ruido. Entonces W sale al descansillo en pijama y echa un vistazo por el hueco de las escaleras para comprobar que nadie puede oírnos. Sí, Antonio, hay terroristas en el barrio, insiste él, cuando ve que no hay nadie en las escaleras. Me hace un gesto para que me acerque y vuelvo a coger las bolsas de la compra. Le hago caso. Me acerco y empezamos a hablar al lado de su puerta, muy cerca el uno del otro, para que nadie nos pueda oír. Entonces me cuenta que lleva varias semanas espiando a un grupo de sospechosos que se reunen de madrugada en la parada de autobús que hay enfrente del portal. Por lo visto, varios días a la semana, siempre a la misma hora, a eso de las cinco de la madrugada, se citan allí. W me cuenta que es guarda jurado y tiene horarios rotativos. Vio a los sospechosos por primera vez una de esas noches en las que se queda en vela y le da por fumar en la ventana de su casa. Desde el primer momento que los vio, pudo darse cuenta de que tenían un comportamiento extraño. No puedo evitar hacerle preguntas: ¿pero cómo sabes que son terroristas? le digo. W niega con la cabeza sacudiéndose mi incredulidad y se apura para darme sus razones: lo sé porque cuando ya se han reunido todos, se ponen unos pasamontañas y van a la calle que hay al otro lado de la plaza. Actúan cautelosamente para no levantar sospechas, pero no hay duda; son un grupo organizado, seguro que se dedican a romper escaparates o a quemar cajeros, tienen toda la pinta. ¿Y por qué no llamas a la policia? pregunto yo. W niega con el dedo índice: no, Antonio, hay que tener evidencias, dice W, es mejor pillarlos con las manos en la masa; te lo digo yo, que de esto entiendo. Seguro que son antisistema, añade W, la extrema izquierda, Antonio, radicales. Hablamos un rato más sobre los presuntos terroristas y, después de intentar disuadirle para que abandone el seguimiento del supuesto comando, subo a casa.



La noche es calurosa y el verano ya está aquí. Abro las ventanas al llegar al salón y, a las diez y media, ceno con Claudia. Le habló de mi encuentro con el vecino del tercero y ella se limita a decirme: no te creo, Antonio, abajo no vive nadie. Es imposible, añade, en el piso de abajo no se oye una mosca. Por la radio no paran de hablar del mundial de fútbol y, al final, hartos de millonarios en calzoncillos, cambiamos de emisora y escuchamos un poco de música. Es una de esas radios en las que ponen éxitos de los ochenta: Duran Duran, Spandau Ballet, Eurythmics... Claudia y yo hablamos de las facturas. Nuestros caseros nos han mandado los gastos del mes por email. Contéstales diciéndo que lo pagaremos todo junto con el alquiler del mes que viene, me dice Claudia, que no se te olvide, que eres un desastre. Cuando dan las once y media, Claudia se acuesta, yo recojo los platos y friego. Hoy me espera una noche intensa. Tengo que estar a punto para enfrentarme a una noche sin dormir, con mis libros y mis apuntes. Al día siguiente tengo examen. Intento concentrarme y, poco a poco, avanzo en el repaso de los temas, pero la conversación con el vecino del tercero sigue dándome vueltas en la cabeza, como un molesto ruido de fondo. No puedo evitar darle vueltas al asunto. ¿Terroristas en el barrio? No puede ser. ¿Qué le pasa a W? ¿Se resbaló en el ducha y se dio un golpe en la cabeza? Aquella manera tan rara de abordarme en el descansillo. No sé. ¿Habrá empezado a consumir drogas duras? Barajo todas las posibles explicaciones a su comportamiento. Pasan las horas, y, a eso de las cinco, miro el reloj y decido hacerme un café para aguantar hasta por la mañana. Al levantarme de la mesa, echo un vistazo por la ventana que da a la calle del portal, sugestionado por los avisos de W y sus pesquisas del comando terrorista, pero no veo nada raro. En la parada de autobús no hay nadie. Voy a la cocina, me hago un café y, cuando vuelvo, justo antes de sentarme delante de mis apuntes para abordar la recta final de la noche, miro mecánicamente por la ventana y veo a alguien sentado en la parada de autobús. Instintivamente me escondo detrás de las cortinas. W tenía razón. El comando antisistema. Allí están. Es imposible que alguien se siente a esperar el autobús a estas horas. No hay duda. Asomo la nariz al borde de la ventana y veo a un hombre sentado en la parada. Miro el reloj. Las cinco y cinco. Antisistema, sí, pero puntuales. Permanezco al acecho. A los pocos minutos, llegan dos individuos más. Conversan entre ellos. No puedo oír nada, están demasiado lejos. Uno de ellos abre una mochila y reparte trozos de tela a sus compañeros. Los pasamontañas, no puede ser otra cosa. Cruzan la calle y se dirigen al callejón que hay detrás de la plaza. W tenía razón. No estaba desvariando. Tenía razón. Saco la cabeza por la ventana, para intentar ver hacia a dónde van, pero las copas de los árboles me impiden ver y se pierden en una esquina. Oigo que alguien me llama desde uno de los balcones de mi bloque. Eh, Antonio. Es la cabeza de W asomándose a la ventana del tercero, en el piso de abajo. ¿Los has visto? me pregunta nerviosamente W. Menudos hijos de puta, dice con tono bilioso. ¿Has visto cómo yo tenía razón? Tenía razón, Antonio, tenía razón. Estos cabrones se van a cagar, añade antes de volver a meterse en su casa.



Sin pensarlo, me pongo lo primero que encuentro de ropa, cojo las llaves y el móvil y salgo de casa. W es capaz de cometer una locura. Tengo que pararlo. Mientras bajo la escalera como una bala, siento un portazo abajo, en el portal. Salgo a la calle y cruzo la plaza corriendo. Veo a W doblando la esquina por la que desaparecieron los antisistema. Corro detrás de él. Llego a la esquina. Es una calle muy estrecha. Desde donde estoy puedo ver a W corriendo hacia los terroristas. Son tres siluetas negras. Están al fondo, al lado de la sucursal del Banco Santander, agachados al lado del cajero, detrás de un contenedor. W llega a donde están ellos. En ese momento, veo cómo W salta entre los coches y grita a los antisistema alto, no mováis ni un pelo. W ha sacado un arma. Desde donde estoy no distingo bien. Son varios bultos en la acera. Saco el móvil y marco el número de la policía. Me acerco. Son tres. Han puesto los brazos en alto. Todos tiran al suelo unas bolsas de basura que llevaban en las manos. Contestan mi llamada de móvil. Buenas noches. Policía. ¿En qué puedo ayudarle? Sin dejarles de apuntar con su arma, W coge las bolsas de basura que han tirado a la acera y las vacía para ver su contenido. Lo que veo me deja sin palabras y no contesto al policía que atiende mi llamada. Las bolsas de basura están llenas de comida a punto de caducar: pechugas de pollo, embutido, yogures, tomates y lechugas. Miro la pegatina del contenedor que está al lado de los terroristas: Supermercados Simply, y empiezo a entender la situación. W está desconcertado. ¿Pechugas de pollo? ¿Yogures a punto de caducar? ¿Lechugas? ¿Tomates? Eso no son armas blancas, ni cócteles molotov, ni esprays para pintar una A de anarquía, ni barras de metal para reventar cajeros. Me quedo sin habla. La voz de la policía me pregunta por el auricular del móvil ¿sigue usted ahí? ¿sigue usted ahí? W  no termina de admitir que es un gilipollas integral y les quita los pasamontañas a sus terroristas. Son tres pensionistas, claro. Cuando a W no le queda otra que admitir que ha metido la pata hasta la ingle, guarda su pistola y sale corriendo de allí en dirección a su casa. Sí, señor agente, contesto al policía que atiende mi llamada. Sí, necesito que me ayude. Mi vecino del tercero no para de hacer ruido. Necesito que vengan inmediatamente.

Ya he vuelto a casa y estoy disfrutando del único momento placentero de la madrugada. Un policía conversa con mi vecino del tercero. Los oigo en el descansillo. No se preocupe, señor agente, no voy a volver a molestar a ningún vecino, descuide, oigo que dice W con tono sumiso, como si supiera que yo le estoy escuchando y que con su tono de voz me está diciendo a mí: no te preocupes, Antonio, no voy a volver a molestar a los antisistema del barrio. Ya se ha hecho de día. Antes de ducharme, abro mi correo electrónico y veo en la bandeja de entrada un nuevo mensaje. Es de nuestros caseros. Cuando lo abro no puedo dar crédito a lo que leo: "Hola Claudia y Antonio, nos gustaría pediros un favor. Esta semana van a venir a ver el piso del tercero para alquilarlo. Está vacío. ¿Os importaría que os dejáramos las llaves en el buzón para enseñarlo a los nuevos inquilinos?”. Por un momento dudo. No sé si contestar que sí, que enseñaré el piso a los nuevos inquilinos. Me preocupa la reacción de W. 

Antonio Ferrer 


domingo, 1 de junio de 2014

Antonio Ferrer



Antonio Ferrer nació en Madrid en 1976. A los 21 años publicó sus primeros textos en la revista Entonces y más tarde dio a conocer sus relatos en los fanzines Moriremos y A medias. Ha trabajado para líneas aéreas, videoclubes y librerías. En el año 2013 publica su primera novela, El siglo sabático (editorial Nostrum), y participa como analista de guión en el cortometraje Laura, dirigido por Julio Mas Alcaraz para la London Film School. Es el autor del blog de crítica cultural y creación literaria Nosotros los faisanes e imparte un taller de novela en El Desván de las Letras. Ha participado en el libro colectivo sobre escritura creativa Manual de emergencia para escritores publicado por Cultivalibros y ha colaborado con Contubernio Records.
En la actualidad está preparando un libro de relatos que verá la luz en el 2017 y dirige el largometraje No somos nuestros nombres. Escribe en medios digitales como El Estado Mental, Negra Tinta, Letrabrick o Mondosonoro.

Entrevista en la página web de  Ámbito cultural con motivo de la publicación de El siglo sabático:


Enlace del taller de novela impartido por Antonio Ferrer en El Desván de las Letras: 

http://eldesvandelasletras.com/cursos/
 

Colaboraciones en medios digitales:

Negra Tinta
http://negratinta.com/alta-costura-para-salvajes/

Letrabrick
https://blogletrabrick.wordpress.com/2015/11/06/un-tranvia-llamado-elisa-mouliaa/

https://blogletrabrick.wordpress.com/2016/04/04/mordiscos-de-una-vegana/

https://blogletrabrick.wordpress.com/2016/06/20/26-j-los-cien-metros-lisos-mas-largos-de-la-historia/

Mondosonoro
http://www.mondosonoro.com/estrenos-musicales/reserva-espiritual-occidente-ep/

Contubernio Records
https://contuberniorecords.bandcamp.com/track/himno-hexagonal 

El Estado Mental
http://www.elestadomental.com/diario/punset-y-la-banca-cuantica 

Libros:

Manual de emergencia para escritores

https://www.casadellibro.com/ebook-manual-de-emergencia-para-escritores-ebook/9781635036114/3090628


El siglo sabático

https://www.casadellibro.com/libro-el-siglo-sabatico/9788494063497/2070131



Contacto: antoniojjferrer@gmail.com