miércoles, 28 de mayo de 2014

Amélie Poulain y Las amistades peligrosas



26 de mayo de 2014. 07:00 AM. Un apartamento inmundo de la periferia marsellesa. Se pone en marcha el radio-despertador en la mesilla de noche y suena Born to raise hell, de Motorhead. Amélie Poulain se despierta, el volumen es ensordecedor. Alarga la mano y no acierta a parar el maldito ruido. Todavía le huele el aliento a alcohol barato. Tiene una resaca superlativa. Ayer, ayer, ayer, repite su mente, ¿qué hice ayer? se pregunta. Intenta incorporarse, pero no puede, y nota un dolor cerca del hombro: algo le escuece y le arde, algo le quema la piel. El locutor, en la radio, interrumpe la música para dar los resultados de la noche electoral, y Amélie se mira el hombro. Descubre un tatuaje que no estaba allí la noche anterior: FN, escrito con tinta negra y roja sobre el fondo blanco de su parisina piel. No recuerda qué pasó la noche anterior. El locutor sigue escupiendo porcentajes. A quién le importan los resultados de las Elecciones Europeas, piensa. Se fija en el borde de una de las letras del tatuaje y ve cómo una gota de sangre le recorre el brazo. Se mira las manos. Están manchadas de sangre. Un escalofrío le recorre el espinazo. ¿Qué ha pasado? ¿FN? ¿Qué son estas siglas? No lo sabe. Levanta las sábanas. Descubre un cuchillo. Se palpa los brazos, el estómago, las piernas, y no encuentra ninguna herida en su cuerpo. Vuelve a mirar el cuchillo. ¿De quién es esta sangre? ¿Qué he hecho? Mira a su alrededor buscando a alguien, pero solo le acompañan las guitarras eléctricas de Motorhead, que hacen jirones el aire. Allí no hay nadie. La habitación está vacía.
Pero ¿qué sucedió la noche anterior? ¿Qué hizo Amélie Poulain la noche del 25 de mayo de 2014? Este es el momento en el que nos toca rebobinar su vida para entender cómo la encantadora Amélie llegó hasta este punto. 



Retomaremos su historia en el momento en el que acabaron los rodajes, cuando ella pudo hacer su vida fuera de aquella película, sin cámaras ni guionistas, sin director, sin scripts y sin ayudantes de realización. En realidad, después del rodaje, Amélie acabó harta de aquella fabulosa historia, del Quartier Latin, de los fotomatones, de la bohemia y de las postales de la Torre Eiffel. Pero si algo no podía soportar, por encima de cualquier otra cosa, era a aquel pánfilo que la buscaba por las calles de París. Por esa razón, y como venganza, después de la película Amélie Poulain inició un estilo de vida completamente contrario al que llevaba su personaje en la historia. Buscó a los amantes maltratadores en los lugares más infectos, a los chicos malos, a los hombres rinoceronte, a la gente que hace sufrir, a los indeseables. Con el dinero que le dio la productora se embarcó en un tren de vida de alta velocidad y perdió el control en pocos meses. Se drogó como una loca y buscó a la peor gentuza de Francia para mezclarse con ellos: los que pegaban a sus mujeres, los que se gastaban el sueldo en vino, los que robaban a las viejas a la salida de los bancos, los que traficaban con heroína en las puertas de los colegios. Esa era la fauna que quería para su jungla. En pocos años, se quedó sin un euro y toda aquella cohorte de sinvergüenzas que la acompañaba por las noches desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Las últimas monedas de su presupuesto se las gastó comprando una papelina en un poblado yonki de la periferia de Marsella. Después de dar tumbos por centros de acogida y parroquias evangelistas, vestida con un chándal de Carrefour recogido en un contenedor, consiguió que un programa de reinserción del ayuntamiento le encontrara una habitación en un piso tutelado. A las pocas semanas, empezó a trabajar en un restaurante de comida rápida. Su compañera de trabajo, asistente de tienda como Amélie, era marroquí y se llamaba Fahima. Se entendía muy bien con ella. Fahima le decía a Amélie: claro, no me extraña que te volvieras loca dentro de esa película, es que es como un cómic, la Francia real no es así, tienes que tomarte las cosas con calma, Amélie, ni tanto ni tan calvo, tú no eres ni tan buena, ni tan mala. Se hicieron muy buenas amigas. Todo iba bien. Hasta que un compinche de los viejos tiempos descarriados de Amélie apareció en su trabajo. Se llamaba François Naif. Era fan de Motorhead y le gustaban las mujeres sumisas. Todos los días iba a buscar a Amélie al trabajo y la tentaba ofreciéndole drogas, pero ella no aceptaba. Papelinas, gramos, cartoncitos, aquel tipejo tenía de todo en los bolsillos. Un día, Amélie discutió con Fahima. Su compañera de trabajo estaba preocupada por el asedio de François y Amélie se negaba a creer que François era una mala influencia. Ese tío no te conviene, tienes que deshacerte de él, le dijo Fahima. Harta de los consejos de Fahima, Amélie le contó todo a François y François le dijo: de esta noche no pasa, tenemos que acabar con ella. Era el día de las Elecciones Europeas.
 



Cuando cayó el sol en Marsella, François le ofreció a Amélie uno de esos cartoncitos alucinógenos que llevaba en los bolsillos y Amélie accedió dócilmente. Aquella noche salieron. Te voy a llevar a París, le dijo F.N al oído, te voy a llevar a París y vas a volver a ser la reina. F.N cogió a Amélie de la mano, le puso sustancias alucinógenas debajo de la lengua y la paseó por una ciudad que no existía, como la fabulosa ciudad de su película, aquella ciudad que la hizo grande. El Sena era de color púrpura y las flores de los Campos Elíseos tenían pétalos de papel de aluminio. Amélie volvía a sonreír. Tenía alas artificiales. Ven por aquí, dijo F.N, tenemos que hacer algo. Dieron un salto de varios kilómetros y vieron pasar bajo sus pies una pirámide luminosa, hasta que aterrizaron en los pasillos del Louvre. La Mona Lisa movió los ojos al verlos pasar por el pasillo. Ven conmigo, tenemos que hacer algo, le dijo F.N. Llegaron a una sala enorme y se pararon delante de un cuadro. Delacroix. La libertad guiando al pueblo. Toma, dijo F.N poniendo un cuchillo en la mano de Amélie, acaba con ella. Amélie dudó por un momento. Es que yo no quiero matar a nadie, le dijo Amélie. No te preocupes, dijo F.N, es solo un cuadro. Entonces Amélie, seducida por el tono de voz de F.N, cogió el cuchillo y acabó con el lienzo. Bailaron como locos frente al cuadro apuñalado. F.N sacó una botella de whisky y bebieron sin control. Motorhead retumbaba en las salas del Louvre. Mientras sonaba Ace of spades, F.N sacó de uno de los bolsillos de su chupa de cuero una pistola de tatuador y grabó las iniciales de su nombre en el hombro de Amélie. Esto es para que no te olvides de esta noche, dijo F.N. Amélie había cerrado los ojos porque el tatuaje dolía, pero por unos segundos abrió los párpados y echó un vistazo a su alrededor. Se estaba acabando el efecto de la droga. En el suelo había un charco de sangre. Amélie hizo ademán de marcharse y F.N le agarró con fuerza del brazo para que no se moviera. Tranquila, dijo F.N, y deslizó otro cartoncito debajo de la lengua de Amélie. El resto de la noche se diluyó como la tinta en el agua.



Al llegar al restaurante de comida rápida en el que trabaja, Amelie se sorprende de ver al encargado en el almacén. No es su turno, él suele trabajar por las tardes. Amélie deja sus cosas en la taquilla y se pone el uniforme con prisa. Menuda cara traes, Amélie, le dice el encargado. ¿Qué? Ayer estuviste de fiesta ¿no? le pregunta mirándole a los ojos. Son las ocho, Amélie, que no se te ocurra llegar ni un día más con retraso al trabajo, o te echo. Ya estoy harto de la gente que llega tarde. Amélie evita mirarle a los ojos y empieza a llevar latas de atún de cinco kilos a la despensa. Hoy vas a estar sola, le dice el encargado desde la cámara, tu compañera Fahima no ha venido, la hemos llamado por teléfono, pero no contesta. Al mismo tiempo que las palabras del encargado se quedan revoloteando en el aire de la cocina, una lata de atún de cinco kilos se escurre de las manos de Amélie y cae en el suelo de la cámara. Un sonido metálico como de enorme moneda rodando por el suelo atraviesa sus tímpanos. F.N. Motorhead. Born to raise hell.

Antonio Ferrer

miércoles, 21 de mayo de 2014

La hora extra terrestre


Un amigo mío no para de decir que hace unos días estuvo durante unas horas en una nave extraterrestre. Así, como suena: en una nave extraterrestre. Desde entonces no sale de casa, no coge el teléfono y lleva casi una semana encerrado en su habitación sin parar de decir todo el rato lo mismo: que, por unas horas, fue secuestrado por los extraterrestres. No quiere hablar con nadie. Está ido. Él siempre quiso haber estudiado biología marina, pero al final hizo un módulo de contabilidad y acabó en una empresa de latas de conservas. Hace un par de días, recibí una llamada de su mujer. Su voz, al otro lado de la línea telefónica, temblaba: Antonio, tienes que hablar con D, dice cosas rarísimas... como siga así van a echarlo del trabajo... sí, tiene la baja, el médico le ha dado unas pastillas, pero ya sabes como están las cosas... no, si ya sé que hay que tomárselo con paciencia, pero hoy en día, es mejor no jugar con el trabajo... anda, ven, Antonio, échanos una mano, habla con él... los niños están asustados... no han visto nunca a su padre así. La cosa me parecía seria, así que fui a verlos un sábado por la mañana, a primera hora. 


Cuando llegué a su casa, su mujer me acompañó al dormitorio. Me contó que ella lo veía venir. En lo que iba de año, habían echado a cuatro compañeros de D y el trabajo tenía que salir adelante con los que seguían en la empresa. Se quedaba hasta tardísimo en la oficina y traía trabajo a casa. Nóminas, balances, cierres contables, contratos, informes para Hacienda... Si a mi marido le hubieran pagado las horas extras que ha hecho, me dijo la mujer de D, este año nos podríamos ir de vacaciones. En las estanterías del salón estaba el coleccionable de Mundo Marino que vendían en los kioscos. Cada uno de los fascículos tenía un trozo de fotografía en el lomo y todos puestos en orden componían la imagen completa de un delfín. D había reunido la colección durante meses y allí estaba presidiendo el salón, un delfín en cincuenta y seis fascículos al lado de un gallito de Portugal de esos que marcan el tiempo. Cuando entré al dormitorio todo estaba a oscuras y por los agujeritos de las persianas se colaba el sol punteando la habitación con su confetti luminoso. Estuve un buen rato intentando hablar con él, pero era imposible. Solo balbuceaba trozos de frases: ... me llevaron a la nave... son una raza de peces inteligentes... todos se llaman V... si voy otra vez allí me llevarán con ellos... me iré con V... a otra galaxia... con V... Fue imposible hablar con él. No paraba de decir inconsistencias. Estaba enroscado sobre la cama, hecho una bola. Pensé en la empresa para la que trabajaba D y en las conservas de atún que producían, aquellos trozos de pescado metidos a presión en una lata que todo el mundo vacía para acompañar la ensalada. Pensé también en los berberechos y en los compañeros de trabajo de D, aquellos cerebritos que flotan en un líquido turbio con sabor a limón y restos de arena. En la mesilla de noche había nóminas y facturas. Cogí una de ellas y, entre las columnas de cifras y los porcentajes, había un número escrito con boli bic rojo: 25. Revisé el resto de los papeles. Por todas partes estaba el número 25, escrito por D. ¿Qué fue lo último que hizo D antes de empezar a desvariar? le pregunté a su mujer al salir del dormitorio. Lo mandé a la pescadería del mercado, contestó ella, nunca quiere ir, dice que le dan pena esos pobres animales. Pero es una excusa, Antonio, D es como un crío, no quiere comer pescado. Hay que comer de todo, entiéndelo, tenemos que dar buen ejemplo a los niños. Después de que la mujer D me hablara de la aversión al pescado que sufría su marido, me pareció buena idea intentar quitarle hierro al asunto. No te preocupes, le dije a la mujer de D en el descansillo, antes de despedirme de ella, D solo necesita descansar, unos cuantos días en casa y verás como seguro que se le pasa, tranquila, mujer. 


Con el número 25 escrito en rojo bic aún latiendo en mi cerebro de berberecho fui al mercado del barrio de D, con la esperanza de resolver el caso de los extraterrestres y las horas extras. Yo tenía la intuición de que la clave estaba allí, en el mercado. Busqué el puesto número 25 y lo encontré. Era una pescadería y estaba junto a la tienda de variantes, donde las berenjenas y las banderillas buceaban en turbios acuarios de salmuera. Fue en ese momento cuando contacté con V. El puesto 25, los peces, todo cuadraba. Las coordenadas que D escribía en las nóminas eran correctas. V era en realidad una pescadera, pero no era una pescadera cualquiera. Era una mutación de barrio. Su cuerpo se había escapado de las páginas centrales del Playboy, se había puesto unos guantes de goma, había cogido un cuchillo de dimensiones colosales y estaba descabezando salmones en aquella pescadería con un delantal blanco, como si nada. Ocupaba el vértice de una pirámide plateada de peces que caían en cascada sobre una montaña de hielo. Un aparato con un altavoz enorme, colgado de un gancho en una de las paredes, emitía sonidos galácticos y las manos de V despedazaban escurridizas y metálicas criaturas a ritmo de tecno. Me acerqué atraído por su imán. ¿Qué te pongo? me preguntó. Subió el volumen del aparato y el himno de los polígonos dejó perplejos a los ojos de los lenguados. ¿Qué te pongo, cariño? repitió. Al sacudir la cabeza, sus hiperbólicos pendientes de aro temblaron lanzando destellos dorados y terminaron de hipnotizarme por completo. Anda, decídete. Yo era incapaz de contestar y mi cerebro no paraba de segregar reverencias verbales. Ultramaquillada lideresa de los peces. Playmate de los océanos. Aniquiladora de los ultracongelados. Una señora llegó a la pescadería. ¿Quién da la vez? Yo no dije nada. Estaba abducido por V. Sus curvas oscilaban en una cósmica montaña de hielo y su top de lentejuelas brillaba como las escamas de un pez de otro planeta, un pez superior, una raza superior, un planeta de peces como ella. Ponme dos truchitas, Vanessa, cielo, dijo la señora, ignorándome por completo. ¿Qué? Ya tienes aquí a otro pesado, ¿no? La señora me dirigió una mirada de desprecio, pero el olor del perfume de V se abrió paso entre los rodaballos y las merluzas. No se preocupe, señora Luisa, son inofensivos, dijo V. Entonces los clientes empezaron a llegar y nadie me pidió más la vez. Me quedé a un lado, hipnotizado por los movimientos de V y su manera de arrancarle las vísceras a las doradas, con la mirada perdida mientras ella hacía un cucurucho con el papel de estraza y echaba gelatinosos puñados de calamares dentro. A esas alturas, el tecno y el ritmo del cuchillo de V ya me habían inoculado aquellas voces en el cerebro a través de los ojos de los pescados. Voces que hablaban de una raza superior de peces y de su lideresa, V. Me convencían de que yo quería formar parte de una metálica y húmeda multitud dispuesta a dejarse decapitar por su inmenso cuchillo. Fue cuando la pescadería empezó a convertirse en una nave espacial. Por todas partes veía ese corcho blanco donde se derramaban las sardinas y las lentejuelas de V brillaban más que las escamas de los peces. Los gelatinosos ojos de sus súbditos eran mis ojos gelatinosos, ya sin voluntad, de tanto mirar a V. Pasé el día entero en la nave espacial, sin importarme si era la hora del aperitivo, de la merienda, de la merienda cena o de la cena. Solo los avisos del personal de seguridad del mercado, a última hora, cuando tocaba cerrar, hicieron que aterrizase de mi galáctico viaje. No te preocupes, Vanessa, yo me lo llevo, oí que decía una voz. La verdad es que no se puede estar más buena, me dijo el vigilante cuando me acompañaba a la salida, si os entiendo, pero no podéis darle la lata a la pobre Vanessa de esta manera. Dejáos ya de ovnis y de leches y compraros unas revistas. Cuando salí del mercado, el olor a fruta podrida y a basura orgánica me hizo topar de bruces con la realidad, y tuve la sensación de que todo había sido una ilusión: la pescadería, la nave espacial, aquella raza de peces inteligentes, V... Llamé a la mujer de D y le hablé con una lucidez que no sé cómo fui capaz de encontrar: No te preocupes, le dije, puedes estar tranquila, a D sí le gusta el pescado, pero es cuestión de vida o muerte que cambiéis de pescadería.
Yo también he hecho demasiadas horas extras últimamente. Creo que voy a pedir la baja.

Antonio Ferrer

viernes, 16 de mayo de 2014

Déjà fuck



Déjà fuck. Es una expresión nueva, yo no la había oído antes. Para comprender a fondo su significado conviene leerla con fonética española, con "u", tratando de evitar sonidos como "fak" o "fok". Me da igual cómo se pronuncien las palabras en sus respectivos idiomas de origen. Eso, aquí, es irrelevante. Pronunciado de esa manera, con "u", Déjà fuck se presenta como una alternativa al famoso Déjà vu, eso que sentimos todos cuando nos da la sensación de que lo que estamos viviendo ya lo hemos vivido antes. La semana pasada supe lo que quiere decir Déjà fuck mientras charlaba con amigos durante una fiesta, en un piso del centro de Madrid. Habíamos quedado a las 14h y, a causa de la hora, yo esperaba encontrar a gente aburrida en el evento. Si hay algo que me cueste esfuerzo de verdad es enfrentarme a gente aburrida. Gente de esa que compra los suplementos de El País y no los lee, pero los pasea de terraza en terraza mientras mira a los demás, sí, los demás, esos que tienen una vida. Gente de esa que no habla con su compañero de mesa en los restaurantes y piensa que, a pesar de todo, eso es una comida. Gente de esa que pasea a 0.01 Km/h ocupando toda la acera mientras tú vas detrás cargado con las bolsas del súper, y los miras con mala cara y no reaccionan. Gente de esa que parece que siempre empuja un carrito de niño pero no hay carrito de niño ni niño ni nada que se le parezca. Gente de esa que es fea pero que siempre parece estar mirándose en los escaparates. Eso era lo que yo esperaba encontrarme en aquella fiesta, a las dos de la tarde. En realidad, yo me había despertado de mal humor y mi cerebro no podía evitar la estúpida inercia que a veces nos conduce a criticar a los demás por sistema. Cuando llegué allí la gente estaba de todo menos aburrida. Comían paella en platos de plástico mientras salían a la terraza, escuchaban música, conversaban, bebían cerveza, vino, ron y las puertas del baño se abrían y se cerraban, se abrían y se cerraban, se abrían y se cerraban. Una mitad de los que estaban allí se recuperaba de la resaca huyendo botella abajo y la otra mitad intentaba que no decayera la gripe tomando más frenadol. Pronto me animé y pude olvidar mis estupideces. Uno de los que estaba allí, al que podremos llamar "X", no había dormido un solo segundo aquella noche, pero sin embargo tenía un aspecto impecable. Parecía una manzana Golden. Su piel estaba pefectamente tersa e hidratada, hablaba sin ese tono gangoso de los trasnochadores y sus movimientos y sus frases eran de una precisión insultante. Tenía 34, pero aparentaba 20. Había matado a Oscar Wilde y a Dorian Gray y a todos sus árboles genealógicos. Estaba pletórico. X nos contó que aquella misma mañana, antes de llegar a la fiesta, había estado en la cama con una chica que había conocido la noche anterior. A ella la podemos llamar "Y". ¿A qué te dedicas? le preguntó X a Y, todavía en el bar. Estudié filología inglesa, pero trabajo en una frutería. Bueno, dijo X cogiendo a Y de la cintura, para follar no hace falta saber idiomas. Y miró a X con cierta lástima . Sí, llevas razón pero solo en parte. Para usar la lengua no hace falta estudiar, pero si quieres ser una maestra hay que estudiar mucho, contestó Y. Media hora más tarde fueron a casa de X y la cosa fue como la seda. Que si ahora boca arriba, que si ahora boca abajo, que si ahora de lado, que si así, que si asá. Duración perfecta, intensidad perfecta, vibración perfecta, in crescendo perfecto, vibratto perfecto, lubricación perfecta, fluidez perfecta. Era como si lo conociera de toda la vida. La frutera se estaba comiendo la manzana Golden a mordiscos y la manzana Golden estaba encantada de que la cogieran por el rabillo y la dejaran en los huesos. Nada de comida rápida, menú degustación. X estaba asombrado con su alta cocina. A la una y media tuvo que despedirse de ella. ¿Te hago una perdida y así tienes mi móvil? le preguntó X a Y. X marcó el número y miró la pantalla del móvil de Y para asegurarse de que recibía la llamada. No podía dejar escapar a aquella chef de las fruterías. Quería evitar la excusa de "está en silencio, ya lo tengo". Cuando la pantalla del móvil de Y se encendió, X vio que Y ya tenía su teléfono en la memoria. Déjà fuck, decía la pantalla. ¿Qué es esto? le preguntó X a Y, extrañado. No te preocupes, dijo Y, es el nombre del grupo. Al terminar de contarnos la historia X se encogió de hombros. No pude contestarle nada, nos dijo X, yo no tengo ni puta idea de inglés, pero creo que yo a esta tía la conocía de antes.

Antonio Ferrer

viernes, 9 de mayo de 2014

Una noche con Cristina Cifuentes



Anoche soñé con Cristina Cifuentes. Yo era su marido y conducía un turismo de los años ochenta por una carretera oscura. Acelera, cariño, acelera, me decía Cifuentes, hoy me siento libre, la noche es nuestra. Íbamos como locos. El sueño tenía el atrezzo de esas películas de miedo que no dan miedo. Los faros del coche eran dos flexos y los lobos tenían bronquitis. Más rápido, Antonio, más rápido, no seas cobarde. El coche atravesaba la niebla, pero era polvo de talco y los limpiaparabrisas parecían cocainómanos. Acelera, pon música, acelera, no pares sigue sigue no pares sigue sigue, pon música pon música, exigía Cifuentes. Le di una patada a la guantera y los cassettes se desparramaron sobre la esterilla entre colmillos de Drácula y manos cortadas. Todo era de plástico. Todo era de broma. Todo era de mentira. Pon una cinta pon una cinta pon una cinta, gritó Cifuentes. Cogí una al azar. Los Chichos. Cristina se sabía todas las letras de memoria. Trazamos las curvas sin mirar, como en el tren de la bruja, mientras alguien con mal pulso apagaba y encendía los interruptores del plató para que parecieran relámpagos. Los asientos traqueteaban por los baches. El salpicadero temblaba como si estuviera vivo. No había duda, la carrocería se iba a desintegrar de un momento a otro. Cristina me miró. Tenía algo en la mano. Bebía vino tinto de un tetra brik en el que se podía leer: Sangre humana Don Simón. Entonces llegamos a una de esas enormes tiendas de la periferia donde se venden productos de bricolaje, artículos de jardinería, tornillos y cortinas al por mayor. Dejamos el coche en el párking y un jorobado con uniforme de mayordomo se acercó a nosotros para darnos la bienvenida: "¿Los señores están seguros de que quieren entrar al pasaje del terror? Le advierto a los señores que es un viaje al Más Allá. Nadie regresa. Van a pasarlo mal. Los señores van a pasarlo mal". Sin que yo pudiera reaccionar, Cristina se abalanzó sobre el jorobado y lo cosió a puñaladas. Cuando terminó, miró al pobre mayordomo y le dedicó unas palabras: No te quejes, dijo enseñando su colmillo que todavía goteaba Don Simón, no es sangre, es ketchup. Me acerqué al cadáver del jorobado y cogí un poco de sangre con la punta del dedo. La probé. Era ketchup y además del bueno. Heinz de primera calidad. Entramos a la gran superficie. Allí la gente compraba unos botelleros enormes de oferta pero nadie tenía botellas de vino en casa. Había una cola enorme en las cajas, como todos los sábados. Cristina no dejó títere con cabeza. En menos que canta un gallo, dejó charcos de ketchup por todo el establecimiento. Sección de puertas, sección de moquetas, sección de césped artificial, sección de papel pintado, sección de lámparas, sección de taladradoras, sección de cajas de herramientas. Me río de Tarantino. Es que odio hacer cola, Antonio, me dijo Cifuentes cuando acabó la matanza. No puedo, es superior a mis fuerzas, añadió. La acompañé a la sección de clavos y similares. En realidad, ella lo que buscaba era una alcayata para un cuadro del salón. En un momento de despiste, cogí un rastrillo de esos enormes con las puntas metálicas y lo agarré con fuerza. Cristina estaba de espaldas, era el momento. Yo me sentía envalentonado. Cifuentes iba a pagar por la nochecita que me estaba dando. Y además la sangre iba a ser de ketchup y era mi propio sueño, así que no me tenía que preocupar por procesos judiciales, ni por multas, ni por ley de seguridad ciudadana. Era mi turno. Había estado aguantando sus impertinencias en aquel terrorífico viaje en coche y mi paciencia había llegado a su límite. Ella estaba agachada buscando unas alcayatas mientras silbaba una melodía y entonces yo levanté el rastrillo encima de su cabeza. Décimas de segundo antes de que el rastrillo tocara la cabeza de Cifuentes sonaron las alarmas del local, cientos de policías del cuerpo especial invadieron la gran superficie y en pocos minutos me habían reducido. ¿Pero quién te crees que eres tú? me dijo Cifuentes indignada, este sueño no es tu sueño.

Antonio Ferrer

jueves, 1 de mayo de 2014

Cenicienta nunca se va a la cama


A los filósofos serios les sucede lo mismo que a los estadistas con visión de futuro. Nadie les hace caso por exceso de rigor. Esa misma fatalidad es la que condujo la historia de J.P a situaciones extremas. Lo conocí hace ocho años. Tocaba el bajo en un grupo que se llamaba Proyecto Muerte y solo bebía agua mineral con gas. J.P decía que la única manera de sacar al planeta de su bloqueo mental era prohibir que la gente durmiera. Sólo en ese momento, decía J.P, cuando todos llevemos semanas enteras sin dormir, veremos nuestro futuro con claridad. Su idea era recoger firmas para proponer una ley que prohibiera las camas, los colchones y los somieres. Según él, a medida que avanzan las horas, si no te vas a la cama tus capacidades se incrementan hasta que todo tu potencial encuentra su camino hacia el infinito. Esa era su teoría. Siempre llevaba en el bolsillo de su chaqueta unas hojas para recoger firmas y tocaba funky para preparar los ensayos de Proyecto Muerte. Era inflexible. Le pedía a todo el mundo que firmara en aquellas hojas de papel. Estaba completamente convencido de que lo iba a conseguir. Era un tío muy nervioso y extremadamente delgado y sólo tenía tres camisas. Cuando te veía por la noche, en algún bareto o en alguna fiesta de algún amigo común, sacaba las hojas del bolsillo de su chaqueta y te daba un bolígrafo para que firmases. A cambio, te recompensaba con un paquetito que tenía forma de bolita y estaba cerrado con el alambre que llevan las bolsas de pan de molde para que las rebanadas no se pongan duras. Migas de pan contra el sueño. Durante una temporada más o menos larga salí a menudo con él. A lo mejor era porque yo siempre estaba con los que firmaban en sus hojas, pero, a medida que avanzaba la noche, J.P, a diferencia de los demás, parecía más lúcido. Nunca le vi claudicar. Ni una cabezadita, ni una siestecita en un afterhour, ni un sueñecito cuando todo el mundo acababa tirado por el parqué entre las botellas vacías. Un día intenté aguantar su ritmo como pude para ver dónde acababa todo aquello. Después de tres días sin dormir gracias a las migas de pan que me permitían seguir el ritmo infernal del bajista de Proyecto Muerte, acabé babeando el sofá de unos amigos. Cuando desperté era de noche y J.P ya se había ido. Se fue a trabajar, me dijeron mis amigos. Intenté en varias ocasiones averiguar cuándo se iba a la cama J.P, pero siempre con el mismo desenlace: cuando me despertaba, J.P siempre se había ido a trabajar. Perdimos el contacto y los grupos de amigos y las costumbres cambiaron. Hace unas pocas semanas lo vi en un pasillo de metro. Por fin sabía de dónde sacaba el dinero para el pan de molde. Los túneles de metro eran su oficina. Lo saludé y estuvimos un rato hablando. Llevaba una de sus tres camisas de siempre y al lado de la funda del bajo tenía una botella de agua mineral con gas. No pude evitar hacerle la pregunta de rigor: ¿Sigues pidiendo firmas para que se haga la ley del insomnio? Sonrió con gesto desengañado. Lo dejé, respondió, aquello del insomnio era una locura. Me alegro, le dije, ya era hora de que te echaras un rato. En ese momento dejó de tocar y me miró a los ojos muy fijamente: No, no es eso, me dijo, lo que pasa es que es imposible recoger firmas. La gente no quiere cambiar las cosas,  pero yo sigo sin dormir. Me fijé en las pupilas de J.P. Tenían el tamaño del estado de Oklahoma.

Antonio Ferrer