domingo, 20 de abril de 2014

España, ¿DeLorean o Seiscientos?


Un amigo mío que creció en un barrio obrero es ahora un exitoso profesional del mundo del márketing. Gana una cifra de euros al mes que equivale, más o menos, al sueldo anual de una dependienta de Zara. Puede que incluso más. Estudió en una universidad pública y no hizo un máster, porque entonces no había másteres. Compartió clase con gente de barrio y con niños bien. Con gente de todo tipo, vaya. El otro día quedé con él y le oí decir que no tiene conciencia de clase (de clases de las de Marx, se entiende). La expresión "conciencia de clase" me sonó a fósil. Claro, pensé, no tiene un fósil en casa. Nadie tiene un fósil como animal de compañía. Qué tontería. Luego dijo más cosas: que le parecía bien que el sueldo mínimo interprofesional sea de 645 euros, que las decisiones económicas son decisiones técnicas, que no es nada malo que las cosas se midan a través de parámetros de rentabilidad... Al volver a casa, pensé en el hermano de mi excompañera de piso, que tiene una enfermedad degenerativa que lo ha postrado en una cama, e intenté encontrar en Google el parámetro que midiera su productividad. "Enfermedad/degenerativa/productividad" ENTER. El segundo link que ofrecía la búsqueda decía: "Enfermedades dañan salud empresa". Pero si el hermano de mi excompañera de piso no es una empresa, me dije. Las enfermedades dañan a las personas, no a las empresas. Dejé de darle vueltas. Pasaba algo raro con el link. Como no sabía qué pensar le pregunté a mi amigo del márketing que si un enfermo puede ser una empresa. No digas empresa, me dijo mi amigo del márketing, mejor di emprendedor. Por lo menos ya sabía que el parámetro con el que había que medir la productividad del hermano de mi excompañera de piso era un parámetro de emprendedor. Fui entonces a casa de los padres de mi excompañera de piso, tenía que contarle al enfermo degenerativo lo que había descubierto. Estaba seguro de que le iba a ayudar. Allí estaba, en la cama de su habitación, en casa de sus padres. Tú no eres un enfermo, eres un emprendedor, le dije cuando estuvimos a solas. Él me dijo que no era emprendedor, que lo que le pasaba era que tenía una enfermedad degenerativa y eso no tenía nada que ver con la productividad. Vimos Regreso al futuro y no pudo evitar hacer un comentario: Cómo mola el DeLorean, es un coche guay. Unos días más tarde, me encontré con mi amigo del márketing en el barrio de sus padres. Bebimos cañas y, cuando ya estaba pedete, se puso sentimental y me dijo que le encantaría ir al futuro y volver a la universidad. No pude evitar ponerle pegas: pero si vas al futuro serás más mayor y no irías a la universidad, le dije. Sí podría, continuó él, el DeLorean es un coche guay, ¿no has visto la peli? volvería a la universidad del futuro, es la mejor etapa de la vida, vivir en casa de tus padres, las chicas, ir a conciertos; además vería todas las ideas nuevas del márketing, volvería al presente y podría forrarme. No te esfuerces, le contesté, el Delorean es un coche guay, pero en el futuro, en este barrio, tú no podrías ir a la universidad.

Antonio Ferrer 

sábado, 12 de abril de 2014

Ley Orgánica de financiación de yogures caducados



El viernes de la semana pasada comí un yogur caducado. El muy cabrón estaba escondido al fondo de la balda del frigorífico, detrás de unas natillas. Lo cogí sin mirar. No me fijé en la fecha que normalmente está impresa en la tapa. Piña, mi sabor favorito, dije. Qué bien. Tiré la tapa a la basura, pero antes la chupé, como de costumbre, y le quité al yogur esa agüita que siempre tiene encima antes de hincarle la cucharilla. Fui al salón para terminármelo delante de la televisión. Qué bien, mañana sábado, no hay que madrugar. Estuve viendo un documental sobre la financiación de los partidos políticos. Me estaba gustando. Parecía un documental plural, hablaban personas de todas las siglas. Mucha gente era entrevistada y opinaba al respecto. En un momento del programa, muy de pasada, uno de los entrevistados dijo una frase que nadie más repitió en el resto del documental: Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios. Me tumbé en el sofá y no pude evitar quedarme dormido. Los entrevistados seguían hablando en el televisor. Sus frases se iban colando por una rendija dentro de mi mente de una manera desordenada y empezaron a formar un collage con los trozos  documental que había visto antes de quedarme dormido. Que si la ley de financiación por aquí, que si la ley de financiación por allá. Cosas sin sentido, vaya, como suele pasar en los sueños. A las cuatro de la mañana tuve que ir al baño. No lo podía soportar. Mi estómago y mis tripas eran como una lavadora de la antigua Unión Soviética en pleno centrifugado, mi cuerpo parecía descomponerse, estaba destartalándome a base de convulsiones intestinales. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios, me decía una voz en las sienes. Los partidos politicos contratan préstamos hipotecarios. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios. Aquella maldita voz seguía machacándome el cerebro con la misma frase. Mi cuerpo era todo él un retortijón, pero conseguí llegar al baño in extremis. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios. Estaba delirando. Me toqué la frente. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios. Tenía fiebre. Fue eterno. Duró horas. Mi aparato digestivo se había convertido en el Viet Cong. Pasé una noche fatal: de la cama al baño y del baño a la cama, de la cama al baño y del baño a la cama. Los partidos políticos contratan préstamos hipotecarios, repetía la maldita voz. Cuando ya estaba amaneciendo fui por última vez al baño. No sé cómo pero, finalmente, terminé de expulsar todo aquello que me hacía tanto daño. Hubo un momento en el que sentí un alivio tremendo. Levanté la vista. Se estaba haciendo de día y por la ventana del baño empezaba a colarse la claridad. Ya no oía la voz. Estaba vacío por dentro, pero me encontraba mejor. Ya no oía a nadie decirme que los partidos políticos contrataban préstamos hipotecarios. Antes de volver a la cama, de manera inesperada, mi cerebro segregó espontáneamente una idea: esos préstamos hipotecarios deben de tener un interés altísimo, pero seguro que los partidos políticos no pagan esos intereses. No había duda: todavía deliraba por los efectos del yogur. Mi mujer me llamó desde la habitación: ¿Antonio? ¿Ya estás bien? Vuelve a la cama, anda. Contesté a mi mujer mecánicamente, sin pensar: Cariño, ¿los partidos políticos pueden ser desahuciados? Debió de ser el delirio lo que me hizo decir aquello. Mi mujer ni siquiera me contestó y yo no dije nada más. El puñetero yogur caducado. Entonces, con un alivio tremendo, me metí en la cama y dormí hasta mediodía, como un bebé.

Antonio Ferrer

jueves, 10 de abril de 2014

Opciones para un ultra


Una página web que se llamara criticossinfronteras.com, donde la crítica literaria se convirtiera en una disciplina salvaje, sin normas ni restricciones, como una lucha con rival atado de pies y manos en la que valieran todos los golpes. En criticossinfronteras.com estaría permitido perder las formas, descalificar al contrario, ser impulsivo, escribir lo primero que a uno le viniera al teclado. Criticossinfronteras.com sería como la grada de un estadio de fútbol y nos resultaría algo natural visitarla cada domingo, algo parecido a ir a un partido después de haber discutido en casa. Entraríamos en criticossinfronteras.com como el que trepa al anfiteatro de una catedral del balompié. Las banderas nos hincharían las ganas de machacar al contrario. Los cánticos de los ultras irían calentando las ganas de pelea. Pulsaríamos "Inicio" Intro, sonaría el silbato de los grupos editoriales, y las palabras rodarían sobre el césped pisoteado por los tacos de los futbolistas. En criticossinfronteras.com nos alegraríamos de las lesiones de los escritores brillantes, solo porque son más hábiles y llevan la camiseta equivocada, y en las pestañas de la página podríamos seleccionar opciones como "Zona Hooligan" Intro "Catálogo de bates de béisbol" Intro "bate Modelo Rencor" Intro "Añadir bate" Intro "bate Modelo Envidia" Intro "Publicar crítica" Crítica publicada. Criticossinfronteras.com tendría también su zona VIP, como todo estadio de fútbol que se precie, y haría falta un password, y se harían preguntas horribles como "¿eres miembro?", y habría muchas posibilidades de pago: pago con tarjeta, pago con transferencia, pago con Paypal, pago con agresión a autor inofensivo novel en los baños del estadio, etc. En las gradas de criticossinfronteras.com increparíamos al rival, nos olvidaríamos de la pelota y agotaríamos nuestro repertorio de tacos abrazándonos en el último minuto gracias a un penalti injusto, siempre y cuando fuese a favor de nuestra editorial. Y al pitar el árbitro, depués de noventa minutos de entradas por lo bajo, premios amañados, codazos y faltas fingidas, volveríamos a casa y la cerveza ya estaría caliente. Nadie se plantearía a esas alturas cambiar el resultado y nos sentiríamos como el que acaba de discutir con alguien a quien no conocía de nada.
Sería un desahogo. Al día siguiente todos iríamos suaves como guantes a nuestras columnas, escribiríamos sin rencor ni envidia, sin afán de lucimiento, y hablaríamos de los libros por encima de los autores. Dejaríamos de hacer másteres de interesología, hablaríamos de vez en cuando de los noveles desconocidos y estaríamos dispuestos a admitir que aquello que dijimos de aquel autor, a lo mejor, lo podríamos ver desde otra perspectiva. Las inhumanas críticas vertidas en criticossinfronteras.com se quedarían allí, en el rectángulo de la envidia, verde que te quiero verde, verde que te puse verde, una vez hubiera terminado el partido. Nadie nos echaría en cara que, en una ocasión, ebrios de cólera hooligan, gritamos hijodeputa por un libro en fuera de juego, con una incendiaria bengala en la mano. Nadie se acordaría de que, en mitad de la masa enfurecida que agitaba bufandas bohemias del mismo color, deseamos la muerte de un contrincante. Todo quedaría olvidado. Al día siguiente seríamos ciudadanos respetables, pasearíamos el perro, quedaríamos con amigos, e incluso nos entrarían ganas de hablar de libros con la esperanza de que estaríamos empujándonos a nosotros mismos y a los demás a buscar la belleza.

Antonio Ferrer