sábado, 29 de marzo de 2014

Oswaldo Reynoso y la democratización de las letras


En un momento y en un país en los que parece ser de buena educación no mezclar la política con los asuntos del arte, no hace falta ser marxista para decir que hay situaciones que rozan el imperio. Y es que, aunque no lo parezca, para la literatura peruana hay vida más allá de Vargas Llosa, a pesar de que el genio de Arequipa inunde las librerías y cope las portadas de las revistas, las columnas de los diarios y los programas de televisión. Imperio Llosa, sí. Coagulación en el torrente sanguíneo de las letras que no deja paso a otros nombres. Colesterol cultural. El país cayéndose a pedazos y nosotros sin poder llevarnos a la boca una mala reseña que nos hable de otra literatura peruana que no sea la del gran latifundista de la prosa. Es posible que esté exagerando, pero no es tan fácil sacar la cabeza. Uno pregunta y pregunta y a la boca de la gente no acude nada más que el nombre del emperador cuando preguntamos por Perú. Salen algunos nombres, es verdad. Siempre hay quien se acuerda de Ribeyro, a solas, en compañía de cuatro gatos, pero nos sabe a poco. Y Vallejo, gigantesco, es cierto, pero sepultado en los libros de texto para el gran público. Perú. Un país tan grande. Y sólo un nombre en los papeles: Mario. Qué raro. La vida más allá de Llosa podría venir, por ejemplo, de la mano de Oswaldo Reynoso, para ayudarnos a abrir el abanico de las voces y no quedarnos en sota caballo rey. ¿Oswaldo Reynoso? Sí, ese monumental encontrador de palabras que escribió Los inocentes a principios de los sesenta y cuya prosa brilla como un cuchillo recién afilado aunque hayan pasado los años. Estaría bien, sería un gusto. Pero no es tan fácil. Pruebe usted a teclear Oswaldo Reynoso en las páginas web de los principales vendedores de libros de esta cosa que se llama España a ver si encuentra algo. Difícil ¿verdad? A lo mejor es porque algunos sectores de la prensa, que a veces se empeñan en penalizar periodísticamente la masturbación, han movido los hilos para impermeabilizar las librerías del país en una profilaxis global contra el buen gusto y el placer de la lectura. Sólo digo “a lo mejor”, que nadie se enfade. Esto son palabras de pobre y no es de personas cuerdas pensar que la vida es una conspiración. O a lo mejor la ausencia de Oswaldo en el panorama español es por lo de su homosexualidad, tan poco ejemplarizante para un país en el que no descartamos subirnos en un Delorean en forma de seiscientos de la mano de nuestros legisladores para viajar al pasado. Nos iría mejor si abrieramos los brazos a gente como él y, de paso, serviría de renovador del ADN de los jóvenes escritores de este país, que verían en él a un referente de modernidad anticipada, sin tener que recurrir a apellidos impronunciables ni a traducciones que siempre son eso, traducciones. Oswaldo Reynoso, el escritor que supo capturar el lenguaje de los jóvenes de las calles de Lima y lo confinó en una página sin matar su vida ni perder un solo matiz. No le reprochamos a Llosa ninguna carencia literaria, eso sería faltar a la verdad. Lo que resulta ahogante es su hegemonía. Sería hermoso que se conociera más a Oswaldo, es cierto, pero dicen que el mercado manda y las deudas son sagradas, aunque esas deudas vengan de una tarjeta de crédito que nos costó más de lo que pensábamos, como si fuéramos súbditos de un emperador con una sonrisa de banda magnética que brilla oscuramente antes de pasarnos la cuenta por el datáfono de las librerías.
Ave, Mario, los que van a morir te saludan.

Antonio Ferrer


Los inocentes
Oswaldo Reynoso
Editorial Estruendo mudo (2006)