lunes, 9 de diciembre de 2013

El poder no descansa: apuntes de Raúl Nieto de la Torre sobre El siglo sabático, de Antonio Ferrer


El siglo sabático es una novela de ciencia ficción en la línea de Un mundo feliz, 1984 o Fahrenheit 451, textos que trascienden los límites de su género y lo refundan, convirtiéndose en clásicos de la literatura universal. De hecho, hay en El siglo sabático algunas alusiones, más o menos veladas, a estas tres obras maestras, referencias que funcionan como tejido intertextual y que, en último término, suponen un cumplido homenaje. Al igual que ellas, la primera novela de Antonio Ferrer nace con voluntad rupturista, crítica, y con una actitud desafiante muy propia del género, según explica Juan Ignacio Ferreras en su célebre ensayo La novela de ciencia ficción: «El nuevo universo planteado está en ruptura radical y romántica con nuestro universo, con nuestra sociedad o mundo, con lo que el choque entre los dos universos suele originar imparablemente una catástrofe. [...] Toda novela de ciencia ficción es pesimista, nihilista y políticamente hablando, anarquista». A ese pesimismo y nihilismo intrínsecos, habría que añadir, en el caso de El siglo sabático, una lúcida carcajada que atraviesa la novela de principio a fin y que, al tiempo que nos refresca, nos deja perplejos y espantados. Porque El siglo sabático es, ante todo, una demoledora sátira del poder establecido, cualquiera que sea la forma -y son muchas- que este adopte. Del poder y de la nada.
Ya desde la primera página, uno se pregunta de dónde sale todo este torrente creativo, esta explosión de inteligencia, desde qué dimensión desconocida el autor nos lanza este meteorito al que nos agarramos y que, por alguna extraña fuerza física, no podemos abandonar. Un libro trepidante cuyas primeras páginas, sin embargo, muestran la calma sabática de un decorado idílico, de un mundo aparentemente ideal consagrado al disfrute:

Grupos de jóvenes paseaban por las arboledas o soplaban dientes de león cómodamente instalados en las verdes lomas de los parques. [...] La gente pasaba las horas muertas escuchando el sonido de las fuentes. [...] Los palacetes y los museos, atestados de gente, permanecían mansamente invadidos de conversaciones telepáticas y juegos. [...] Con esa liviana tasa, la todopoderosa institución conseguía que la sociedad funcionase.

La «todopoderosa institución» es Kaplan y Asociados, unos pocos privilegiados que controlan con mano férrea y doble moral todo lo que sucede en ese mundo sabático, lo de fuera y lo de dentro: la conducta de los ciudadanos, sí, pero sobre todo cada uno de sus pensamientos, registrados al instante mediante un complejo sistema de telépatas ubicados en el Ministerio de Macrotelepatía, hombres-telépatas seleccionados genéticamente durante siglos y configurados en serie por el eufemístico Ministerio de Creatividad. El bono de energía, única divisa posible y que solo depende de la seguridad en uno mismo, rige las transacciones económico-psicológicas de este mundo, gracias a las cuales los humanos dominan a los animales. En especial a los burocráticos y cultos mandriles, primates con cientos de carreras y doctorados a sus espaldas, eruditos y muy preparados, pero obligados a trabajar en las industrias de productos de lujo para satisfacer a los poderosos tecnócratas del Gobierno. El siglo sabático nos muestra poco a poco, con brutal ironía, que este mundo ideal solo es sabático para unos cuantos, estableciendo constantes paralelismos con nuestra realidad más cercana: desigualdad social, injusticia, hipocresía, espionaje en internet, las redes sociales como forma de control y una aparente calma a punto de estallar en cualquier momento. Así, acaso no se trata tanto de una novela de ciencia ficción al uso, donde se anticipe un peligro para la humanidad, como de una alegoría donde estos peligros, que ya forman parte de nuestras vidas, se reflejan en un espejo deformante, esperpéntico. El autor se va muy lejos, exactamente al año 175475, para hablarnos de nuestra más inmediata actualidad.
Este lugar idílico, perfecto para los humanos y controlado hasta el absolutismo por el Mayor Kaplan y sus compinches, va a resquebrajarse el día que aparece el héroe, Guzmán, un tipo ridículo que anda en bata por la vida y que es mentalmente impenetrable. Guzmán ha permanecido desde su nacimiento aislado en una torre, a la espera del momento adecuado, alimentando el delirio de que es un genio. De él se enamora, cómo no, la inocente heroína, Patsy, y ese será el principio de una larga aventura en busca de la libertad, desafiando al poder de Kaplan y Asociados. En esta desesperada huida se cruzarán con Ridi Riyis, traficante de bonos de energía, participarán en burdos concursos televisivos para animales que anhelan una vida sabática, conocerán el sufrimiento, el amor y, lo más importante, harán que todo el sistema se venga abajo. Pero siempre hay alguien en la sombra, detrás, mucho más poderoso, que controla verdaderamente lo que sucede y de quien no es posible escapar, como se ve en la segunda parte del libro.
El eje de la novela, de esta manera, es la crítica a los distintos mecanismos de poder que existen en nuestra sociedad y a las formas de comunicación que los sustentan, y la revelación de que ese poder opresor se construye sobre una suerte de vacío absoluto. Da igual quién esté al frente, pues la única diferencia, como asegura cínicamente el Mayor Kaplan, es que unos tienen el poder y otros no, que unos están dentro de la Sala de Juntas y otros fuera. En esa crítica, siempre desde el particular sentido del humor de Antonio Ferrer, hay también algo de viaje iniciático por el mundo y de inocencia perdida, y en eso nos recuerda a Alicia en el país de las maravillas, a Peter Pan y a El mago de Oz.
Llaman la atención, igualmente, los silencios profundos de la novela, aquello de lo que no se habla en ella. Porque las grandes obras literarias se definen tanto por lo que dicen como por lo que callan. De hecho, el no hablar de algo es, de alguna forma, decirlo con mucha más fuerza, sobre todo si ese algo es un componente necesario de nuestra vida cotidiana. Imaginemos que vamos a abrir una puerta y esta no tiene picaporte, o vamos a saciar nuestra sed con un gran vaso de agua fresca y el grifo no nos la proporciona, o llamamos a alguien por teléfono y no responde nadie al otro lado. Ese «no estar al otro lado» de ciertas cosas condiciona el resto y, por eso mismo, acaso se revela como la parte más importante del conjunto: el hueco por donde la realidad se nos escapa. Igual el agua estancada de una bañera entra en frenético movimiento en cuanto quitamos el tapón. El agua arrastra lo que encuentra en la dirección del vacío, del hueco, y nos arrastraría a nosotros mismos si nos dejáramos arrastrar. Así, esta novela de Antonio Ferrer puede definirse también por lo que estricta y significativamente no aparece en ella y que, de alguna manera, determina sus reglas particulares de funcionamiento. Me refiero a los grandes pilares sobre los que se ha fundado tradicionalmente nuestra sociedad. Ni la familia: en El siglo sabático nadie es hijo de nadie, ni hermano de nadie, ni madre de nadie, ni padre de nadie, como si no hubiera raíces, solo seres flotando en el vacío de su dudosa existencia. El trabajo no existe porque, recordemos, es un mundo sabático donde la población se alimenta de un aire nutritivo. Y tampoco el sexo, seres castrados mediante chips de regulación corporal. Ni la memoria: nadie se para a recordar nada, todos huyen hacia el precipicio sin saber de dónde vienen. ¿Qué queda de un ser humano al que privan de todo eso, dejándolo en una constante carencia? Sin olvidar que el desencadenante de la peripecia es otra carencia: la impenetrabilidad, la amenazante falta de información sobre un individuo en concreto, Guzmán, un nuevo agujero negro que funciona como una llamada más desde el abismo. ¿No recuerda todo esto, cada vez más, al paradójico mundo de sobreinformación y vacío al que estamos abocados? Otro ejemplo de esa nada que se lo traga todo, de ese desagüe sin fin, es la certera imagen de la «política a distancia» que practican Kaplan y Asociados, o del poder ejercido desde una habitación detrás de cuya puerta no hay nadie... Y aquí surge la gran pregunta del libro: ¿qué es realmente el poder? Y esa palabra, Nihlik, por todas partes como una invocación a la divinidad. ¿Qué es Nihlik? ¿Quién es Nihlik? ¿Cuándo es Nihlik? Nadie parece saberlo, pero todos se dirigen ciegamente hacia allí, hacia ella. Nihlik, palabra ambivalente que, a la vez que representa la salvación de los personajes, encierra el más puro nihilismo, otro agujero más hacia el que precipitarse alegremente, todos muertos de risa.

Raúl Nieto de la Torre

El siglo sabático
Antonio Ferrer
Editorial Nostrum 2013