jueves, 9 de octubre de 2014

El misticismo pornográfico de Wenceslao Lamas



Ahora que nadie nos escucha, os voy a contar lo que sucedió el día en el que Wenceslao Lamas, creador prolífico donde los haya, recibió la divina y prometeica misión de sacar a la luz su maravilloso libro Hemos venido a darlo todo (Editorial Ofegabous 2014):
Wenceslao yace medio dormido en uno de los cuartos de su española casa mientras decenas de decilitros de sangre celta corren ebrias por sus venas para llevarle la contraria. Es una tarde clara y luminosa, pero él ha bajado las persianas porque quiere pensar. Medita vagamente sobre los ovnis y sus incordiantes maneras de confundir al mercado editorial, sobre matanzas, sobre ciervos, sobre aparatos digestivos, sobre zombis, y no quiere dejar de meditar porque piensa que si no medita, el mundo puede pararse. Medita sobre pájaros. Pájaros que hablan idiomas que están todavía por inventar. Medita sobre la manera de incluir en uno de sus vídeos a una mujer poseída por un cable de alta tensión y sobre cómo esa larguísima y anchísima culebra fluorescente convertirá a la mujer en electricidad pura. Medita y medita. Pasan las horas hasta que se hace de noche y él sigue meditando. Úteros, moluscos invasores, redes de prostitución, platos combinados, cosas infinitas. Y es entonces cuando sucede lo impensable. Impensable porque nadie lo piensa y por eso no ocurre. Las faldillas de la vieja mesa camilla en la habitación de Wenceslao Lamas se levantan, como si del telón de un minúsculo teatro se tratara, y de las profundidades del brasero apagado emerge una figura femenina y brillante que se eleva hasta que casi da con el techo. Lleva un bikini de color azul turquesa fluorescente que parece pintado sobre su piel con marcador Staedler y su cuerpo es como el de una de esas amazonas que dejaban anémico a Conan después de una noche entre pieles de jaguar.
-Hola, Wencitos, soy Santa Teresa de Jesús. Deja de pensar, te lo ordeno -dice la figura señalándole con una katana.
Sus palabras iluminan la habitación con un resplandor venido del Más Allá.
-Soy abulense, pero a mí no me engañas -continúa-. Meditas pero estás cansado de meditar. Ha llegado el momento de la acción.
Wenceslao la mira con ojos alucinados mientras su corazón late con toda la fuerza de todas las cajas de ritmos de todas las discotecas del archipiélago balear.
-Es verdad, Teresa.
Santa Teresa depone la katana y apoya su mano sobre la cadera.
-Ahora mismo, vas a coger tus dibujos y tus historias y tus cuadernos y los vas a publicar.


Wenceslao duda, pero su amazona no retira la mirada.
-No sé... tengo que pensar...
Santa Teresa dobla con incredulidad su cuello de cierva.
-El mundo no se va a parar, Wencitos.
A Wencitos le acobarda el timbre de voz de Teresa. Le acobarda porque es imposible resistirse. Es como si ella fuera campeona vitalicia de la liga profesional de teléfonos eróticos.
-No valen nada... son guarrerías... no valen nada...
-Publícalo y vencerás, Wencitos. Creeme. Te lo digo yo, que llevo a la inquisición en las venas.
La frase de la amazona, como una lengua caliente, penetra en los oídos de Wencitos y lubrifica sus tímpanos para abrirse paso hasta su voluntad. Y es a partir de ahí cuando el dominó de la conversación se precipita en una cascada de réplicas y contrarréplicas que se aceleran in crescendo hasta alcanzar un ritmo copulativo:
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.
-¿Por lo que más quieras?
-Por toda la sangre derramada en España durante la Edad Media.
-¿Puedo incluir los dibujos que he hecho con plastidecor y carioca?
-Sí.
-¿Podemos encuadernarlo en tela roja y poner el título en letras doradas?
-Sí.
-¿Podemos hablar en mi libro de la muerte?
-Sí, Wencitos.
-¿Y de la telebasura?
-También.
-¿Y de la Catedral de Santiago?
-Sí.
-¿Y nos vamos a reír?
-Sí. Hasta la muerte.
-¿Y más allá?
-Más allá.
-¿Hablaremos de nuestras estupideces?
-Sí.
-¿Y de nuestras debilidades?
-Sí.
-¿Y de nuestras perversiones?
-Sí.
-¿Y de las personas a las que queremos?
-De lo que quieras, Wencitos. Hemos venido a darlo todo. Ven a mis brazos. Hazme tuya.


En ese punto de la conversación (si se puede llamar conversación a este intercambio de frases), Wencitos se acerca a la santa y mete las manos en el cubo de las anguilas, con los ojos cerrados. Los dedos de sus manos son peces eléctricos en busca de la descarga. Las alas de una libélula gigante le rozan los oídos hasta dejarlo aturdido. Wencitos es un cable de alta tensión, larguísima y anchísima culebra fluorescente que posee a la santa, atraviesa todos sus úteros y la convierte en electricidad pura. Hasta que todo se apaga. Entonces alguien le deja en las manos un objeto sagrado y Wencitos corre hasta perderse en la oscuridad, ciego de luz.
Cuando Wencitos vuelve a abrir los ojos han pasado varios meses. Es de día. Yace sobre el parquet recién acuchillado del salón de su española casa y a pocos centímetros de sus manos hay un libro. Lo coge. Está encuadernado en tela roja y el título resplandece en letras doradas:

Hemos venido a darlo todo





Hemos venido a darlo todo
Wenceslao Lamas López
Editorial Ofegabous 2014


Antonio Ferrer



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