sábado, 20 de septiembre de 2014

Botín en el otro barrio


Ya pasó el ataque al corazón. Emilio está tumbado en un vertedero y por fin ha dejado de sentir el pinchazo en el pecho. Recuerda de un modo difuso los últimos momentos: el túnel, una luz cegadora, el asiento de atrás de un coche, música tecno, una patada y su cuerpo rodando por el suelo. Tiene un hambre terrible. El vertedero posee su propio hilo musical: un coro de voces acompañado de ruido de platillos sobre una base de tecno flamenco. Las voces repiten dos palabras en bucle: Hare Krishna Hare Hare Krishna Hare Krishna Hare Krishna... Emilio gira la cabeza, todavía en el suelo, y ve cerca de él a John Rockefeller cubierto de harapos y a cuatro patas, revolviendo con las manos entre la basura. ¿Qué te pasa, John? ¿Has perdido la dignidad? pregunta Emilio. Rockefeller mira al recién llegado con indiferencia: Déjame, Emilio, coño, que tengo hambre. En ese momento, a Rockefeller se le encienden los ojos. Ha encontrado algo en la basura. Entre un tetra brik de leche vacío y unos cartones acaba de descubrir una batería de móvil. ¡Tofu! ¡Tofu! grita Rockefeller levantando la batería del móvil con las dos manos, como si fuera una hostia sagrada. Atraído por las voces, acude un chico rapado. Viste zapatillas deportivas New Balance, vaqueros con lentejuelas, collares de oro y lleva un cuenco en una mano y una pandereta en la otra. Se acerca a Rockefeller y oscila a un lado y a otro con gesto de boxeador. Por un momento parece que duda, pero, finalmente, tira el cuenco con tofu al suelo y le arranca la batería de móvil de la mano a Rockefeller, que se abalanza sobre el tofu como un perro. Emilio casi no puede levantarse, pero intenta incorporarse y grita con rabia: ¡Hijo de puta!


El chico rapado se acerca a Emilio. ¿Ke haces tú akí, desgraciao? ¿Ta dejao akí la Yeni? Emilio no contesta. ¿Yeni? ¿Quién es Yeni? pregunta. El chico rapado coge a Emilio del brazo y tira de él para levantarlo. ¡Venga! ¡Arriba, gilipoyas! grita. Emilio se resiste y lo mira con desprecio: tú no sabes con quién estás hablando, chaval. El chico se inclina hacia él y se muerde el labio inferior enseñando los incisivos. ¿A ke te meto? No me buskes, ke menkuentras. Ke los Jari Krismas estamos to lokos. Los collares de oro del chaval le rozan la cara a Emilio. El chico cierra el puño. ¿Ke te pasa, gilipoyas? ¿Te levantas o te levanto? No se le ven las falanges, están debajo de los anillos de oro. No me tokes los güevos, kestoy to loko. Emilio sigue resistiéndose y el chico echa la mano a la espalda. ¿Testás poniendo chulo?¿Kieres ke sake la pipa, pringao? ¿Kieres ke sake la pipa? Entonces saca un revólver más grande que él y lo encañona. Emilio se asusta. Toma tu pandereta, gilipoyas. Se la tira a la cara. Toka tu puta pandereta de una puta vez y káyate, gilipoyas. El chico agita el arma. Entonces Emilio se reincorpora, coge la pandereta del suelo y la toca, sin ganas pero temblando. La pandereta es de plástico y tiene un motivo navideño de crisma barato: la Virgen María, San José y el niño Jesús, los tres están rapados y los tres son Hare Krishna pokeros, la única religión verdadera. El chico del arma conduce entonces a Emilio hasta un descampado al borde del vertedero donde hay una larguísima fila de hombres tocando la pandereta al ritmo de la base de tecno flamenco. Emilio se coloca el último y el hombre que tiene delante se gira como si lo hubiera reconocido. Hombre, Emilio, cuánto tiempo. Emilio no sabe quién es. ¿No me reconoces? Soy Steve, dice. Emilio escudriña las facciones de su compañero de fila intentando dar con su identidad. Steve se da cuenta de que Emilio está haciendo esfuerzos para recordar. Su cara le suena. Joder, ya lo sé... tú eres... Scchhh, le dice Steve mandándole callar. Ni se te ocurra decir quiénes somos. Como alguien se entere, nos pueden llover hostias. Steve baja el volumen de su voz y le dice algo: si alguien te pregunta por mí, dices que me llamo Esteban y que me he dedicado toda la vida a vender sidra.


A Emilio le suenan las tripas. Tiene un hambre tremenda. ¿Para qué es esta fila? pregunta Emilio. Steve le mira como si no creyera lo que está oyendo y contesta: es la cola para buscar las baterías. Estos puñeteros pokeros están obsesionados con los móviles, dan un cuenco de tofu por cada batería. ¿Y quién es la Yeni? pregunta Emilio. Es la novia de ese, contesta Steve señalando al chico rapado, que les vigila desde una distancia prudencial con la pistola en la mano. Son los dueños del basurero, añade Steve. Emilio se indigna. ¿Ese cabezahueca, dueño de esto? ¿Y por qué no nos rebelamos? Somos más. Estos pokeros no saben hacer la o con un canuto. Si se creen que van a salirse con la suya porque su religión sea la verdadera, andan listos. Ni Hare Krishna ni leches, añade Emilio. No digas tonterías, Emilio, le dice Steve. Déjate de historias y toca la pandereta, que nos vas a buscar un problema. En ese momento, un Seat León tuneado llega a la fila que hay para entrar en el vertedero levantando una nube de polvo.


Pintado entre tribales, sobre las puertas del coche, se puede leer en un graffitti el nombre de la conductora: La Yeni. Derrapa a pocos metros de Steve y Emilio. La puerta de atrás del León se abre, con el coche todavía en marcha, y un cuerpo sale rodando hasta donde están Steve y Emilio. Emilio reconoce al hombre en el suelo y sale de la fila con los brazos levantados: ¡Isidoro! Antes de que Emilio pueda llegar hasta donde está el hombre que acaban de arrojar desde el Seat León, el chico rapado intercepta a Emilio y le apunta con el arma: Komo te pongas chulo te mando al piso de abajo con los jevis. Anda, pringao, vuelve a la fila y dale a la pandereta.

Antonio Ferrer

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