viernes, 18 de julio de 2014

Todo es ETA


A nadie le gusta visitar hospitales, pero cuando hay que ir, se va. Hace un par de semanas ingresaron en La Paz a R, un amigo de la infancia, y fui a verlo porque su madre me llamó por teléfono. Según el informe médico, su cuerpo presentaba contusiones por todas partes: piernas, brazos, tórax, cabeza, uñas, pelo, plantas de los pies... Era como si una manada de miles de skins se hubiera cebado con él. Los golpes estaban ahí, no había manera de negarlos, el informe médico era definitivo, pero resultaba realmente inverosímil contemplar la posibilidad de que R tuviera enemigos, alguien que quisiera hacerle daño. R siempre había vivido en casa de F, su madre, y sólo salía de allí para trabajar en una correduría de seguros. Del trabajo a casa y de casa al trabajo. Ese era todo su mundo. Bueno, en realidad, digo que ese era todo su mundo, pero no es del todo cierto. Había una pequeña excepción. Y es que R, cuando cobraba su sueldo a primero de mes, rompía toda su regularidad en los horarios y volvía a altas horas de la madrugada durante tres o cuatro días, hasta que su tarjeta de débito se vaciaba y entonces volvía a la normalidad y recobraba sus hábitos. Su madre, completamente controladora durante el resto del mes, consentía esa cíclica violación de los horarios de R y su explicación era escueta: ahí no hay que meterse, son cosas de hombres. R no era bebedor ni jugador ni homosexual ni drogadicto y, para la madre de R, con eso bastaba. El resto del mes, R y F vivían de la pensión de F, y R se limitaba a ir de la correduría a su casa y de su casa a la correduría. El caso es que R tiene cuarenta años.
Nada más entrar en la habitación del hospital, vi a R en la cama, completamente inmovilizado, con collarín y los miembros escayolados. Era todo vendas y yesos. Parecía una momia. F estaba a su lado, sentada en un silloncito de piel falsa. La primera impresión que me causó ver a R fue de dolor, un dolor total, pero rápidamente algo en la expresión de su cara, que asomaba entre los vendajes, parecía contradecir la tragedia. Sonreía. Era una sonrisa indestructible. Y no sonreía por mi llegada. Miraba hacia la ventana, como si observara un punto en el infinito. Hablé con él un rato, bajo la mirada atenta de su madre, y me contó que, por primera vez en su vida, era feliz. Yo le pregunté por el motivo de su alegría, pero en lugar de contestarme me decía frases como “estoy en mi mejor momento” o “me encuentro fantástico, estoy ideal” y cosas por el estilo. Era imposible sacarle nada más. Le pregunté también por el motivo de sus lesiones, pero se limitó a decirme: es mi vida privada, hay cosas que no se cuentan. F me miraba con cara de circunstancia como diciéndome con el gesto: esto es lo que hay, tampoco yo he podido averiguar más. Estuve un rato con él y conversé con su madre porque R no salía de su estado de éxtasis, con los ojos en blanco, mirando por la ventana y recreándose en una felicidad inexplicable que no era capaz de transmitirnos. Ha sido la ETA, Antonio, me dijo F cuando notó que su hijo ya había cerrado los ojos y estaba dormido. Lo tienen controlado todo, dominan a la gente. No me extrañaría nada que tengan los hocicos metidos en los locales a los que va mi hijo. Han sido ellos los que han hecho esto, dijo señalando el cuerpo de R, que dormía sobre la cama del hospital, y que no te extrañe nada, continuó, que también controlen este hospital. No quise interrumpirla. Pero estoy preparada, dijo abriendo el bolso y sacando un tarrito que contenía un puré parecido a la comida para niños. No voy a dejar que envenenen a R, le he traído la comida de casa. Estos etarras seguro que no se conforman con la paliza y quieren rematar la faena, continuó F, seguro que intentan envenenarlo. Volvió a meter la mano en su bolso y sacó una pajita. Es para sorber los potitos, explicó F, estaban de oferta; es que el pobre no puede masticar. Antes de marcharme de allí, F me cogió de la mano y me dijo: ven esta tarde a casa, a las ocho, tienes que ayudarme a evitar que lo maten. Intenté sacudirme su mano, para ver si me dejaba marchar, pero me agarró con más fuerza. Ni se te ocurra contárselo a nadie, Antonio. Ni se te ocurra, o te fundo. Lo dijo con un tono de voz tan escalofriante que no pude negarme. Era como si todos los dientes de su dentadura postiza fueran colmillos. Dije que sí con la cabeza.



A las ocho de la tarde, ni un minuto más ni un minuto menos, me presenté en el lugar acordado. La casa de F estaba llena de figuras de cerámica que representaban escenas de caza y en el salón había una foto enorme de R tomada el día de su primera comunión. Así, vestido de marinero y con el pelo cortado a tazón, orejudo y con una nariz picassiana, R tenía todo el aspecto de alguien que sufre acoso escolar a manos de los típicos grandotes del colegio, esos que se burlan del aspecto físico de los demás. Era una versión jibarizada del R actual. Vamos a la habitación de R, me dijo F, he preparado todas sus cosas para que te las lleves; a partir de ahora se acabó el internet y las salidas de casa. La habitación de R era minúscula. Encima de la cama había una colcha de antes de la guerra y por todas partes se podían ver juguetes de cuando era niño: clicks, peluches, coches de carreras... F me había preparado una caja que contenía todo aquello que, en opinión de F, había llevado a su hijo a la cama de La Paz. No quiero ver todo esto aquí, deshazte de ello, quémalo, haz lo que quieras, pero llévatelo. Me invitó a tomar un café en el salón y me estuvo contando que ETA estaba en todas partes. Compraba agua mineral porque decía que el Canal de Isabel II estaba ocupado por comandos terroristas y había cambiado las bombillas de la casa por bombillas de led porque decía que los extremistas abertzales intentaban matar a la gente con las radiaciones de las bombillas antiguas. Están compinchados con Iberdrola, añadió. Hubo un momento en el que dejé de escucharla y me concentré en terminar mi taza de café lo antes posible. Era difícil, sabía a agua sucia. R me miraba con su traje de comunión desde su fotografía del salón y su cabeza jibarizada encogía y encogía al mismo ritmo que crecía la paranoia que me estaba contando F. 


Al llegar a casa, abrí la caja y eché un vistazo a su contenido. Había una colección de revistas porno, varios cuadernos de espiral y un ordenador portátil. Los cuadernos eran diarios en los que R relataba escuetamente cada una de sus escapadas. Más de veinte años de perversiones mensuales estaban exhaustivamente recogidos en aquellas páginas. Los nombres de los locales que R frecuentaba y del personal que le atendía estaban indicados con iniciales y la descripción de los servicios estaba explicada con un estilo extremadamente telegráfico. Una cifra acompañaba al breve texto: Club ER, TMA, rubia, anal 23; Whiskerya TED, RYV, rusa, facial 12, 14; Bar de Copax KGV, TGT latina, oral 2... Aquello era un ciclón de letras y números que giraba con una fuerza loca, cada vez más fuerte, una especie de páginas amarillas de los puticlus de la ciudad. Después de echarle un vistazo a todo el cuaderno, concluí que las cifras que acompañaban al texto eran como una calificación o puntuación de R a los servicios, porque, en ocasiones, el texto se explayaba un poquito más y había pequeñas frases como: “merecía un 97, pero vamos a darle un 50 raspadito para que no se confíe” o “aprobado por los pelos, 50, la proxima vez que se rasure la mando a septiembre”. A medida que avanzaban las páginas, el tema se volvía más especializado y se alejaba de las misioneras formas: EGT puño 94, TPG copro 91, CTE zoo 97... Todo estaba minuciosamente fechado y las puntuaciones iban a ráfagas. Cuando aparecía un nuevo tipo de servicio, cada vez más depravado, de repente las puntuaciones se disparaban hasta que el interés poco a poco decrecía como las puntuaciones y R buscaba otra práctica más arriesgada. De vez en cuando había alguna pequeña frase que humanizaba las estadísticas, frases como “hoy repito con la rubia” o “qué ganas de que vuelva el señor del látigo”. La última página tenía una nota intrigante: “por fin contacté con ETA”. Era lo último que había escrito. Tenía la fecha de su percance, el que le había llevado a la cama de La Paz. Por fin tenía una pista. Encendí el ordenador de R. La sesión estaba iniciada y tardé poco en averiguar que ETA no era ninguna organización terrorista. Era el nombre de uno de los miembros en un chat de servicios de compañía que frecuentaba R. Se hacía llamar ETA, y las siglas correspondían a “E Te Ataca”. Barajé posibles nombres para aquella intrigante y atacante E: ¿Elena? ¿Estrella? ¿Eva? ¿Estanislao? El perfil de E era devastador: E, Madrid, ultramegaXXXsado, nada de mariconadas, te muelo a palos. Abrí un privado con ella ( o él) e intenté dar por zanjada nuestra relación: “no quiero verte más”, escribí. Por un momento pensé que algo así era suficiente para librarme de quien estaba apaleando a mi amigo R. E contestó en décimas de segundo: ”eres un mierda”, respondió. Nuestra conversación fue precipitada y poco fructífera: “olvídate de mí”/”te voy a reventar”/”que me dejes”/”te va a dejar tu puta madre”/”tengo derecho a decidir”/”y una polla”/”no me busques”/”eso me lo dices a la cara”/”a que voy”/”eres un mierda”. Es posible que esa fuera la forma habitual con la que se intercambiaban mensajes E y R, pero, sin darme cuenta, en un breve intercambio de frases en el privado, ya había entrado en su juego. Había cedido a sus provocaciones y no podía parar de sentir un odio intenso hacia el depravado ser que tecleaba al otro lado de la red. Yo ya estaba encendido y quería acabar con E. No iba a permitir que alguien así destruyera la vida de mi amigo R. La única manera de librarnos de aquella persona era ir a su escondrijo y decírselo en persona, dejar el asunto zanjado, arrancar el problema de raíz. Revisé todas las conversaciones anteriores que R había mantenido con E y encontré la dirección.


Era un piso con varias habitaciones en el Barrio de Salamanca. Al llegar, dejé mi Vespa aparcada al lado de un deportivo de color azul y antes de llamar al telefonillo me enrollé una venda alrededor de la cabeza para ocultar mi identidad. Me abrieron sin contestar. Subí las escaleras y cuando llegué al piso indicado la puerta ya estaba abierta. No tengo todo el día, gritó alguien al extremo del pasillo. Cuando entré en el cuarto vi a una mujer mayor vestida con el uniforme nazi. No se le veía la cara. Llevaba un casco de los antidisturbios y un pantalón de cuero que dejaba sus nalgas al descubierto. La esvástica en su brazo me dejó hipnotizado y ella me disparó una ráfaga de preguntas: ¿Qué pasa, R? ¿Sigues guerrero? ¿No tuviste suficiente? ¿Quieres que te deje hecho un cromo? Bueno, dije yo, he venido para decirte que ya no quiero que me des más hostias. Se rió a carcajadas. Tú estás gilipollas, dijo, cuanto más chulo te pongas, más te voy a dar con el palo. En ese momento, me acordé de R y de su foto de comunión y mi sangre empezó a correr por mi sistema circulatorio con toda la rabia del pueblo judío. ¡Era una chantajista! Aquella indeseable estaba atrapando con su violencia a un pobre hombre como R sólo porque mi amigo era un vicioso insaciable que ya no encontraba nada lo suficientemente fuerte que le pusiera cachondo. Cuando yo ya estaba a pocos milímetros de darle luz verde a mi puño izquierdo para arrearle un puñetazo en la cara, tuve un destello de lucidez y cambié mi estrategia. Lo siento, E, le dije con completa tranquilidad, me voy. Intenté marcharme y abrí la puerta para acabar con aquel delirio lo antes posible. Pero ella fue más rápida que yo. Cerró la puerta con una patada. Llevaba botas con punta de acero. Te vas a cagar, me dijo. Se oyó una voz de hombre con acento ruso en el pasillo: ¿Todo bien? Sí, todo bien, Boris, contestó E con una tranquilidad insultante. Boris era el chulo que protegía a las chicas. Sin que pudiese reaccionar, vi cómo ella agarraba un bate de beisbol que había en una esquina. Esquivé como pude el golpe y me tiré al suelo. Me libre de milagro del batazo. Con el pie conseguí alcanzarle en la espinilla y ella cayó a la moqueta. Forcejeamos y acabó quitándome la venda. 


¡Policía! ¡Policía! empezó a gritar al ver que yo no era R. Se puso en pie y salió de allí corriendo. ¡Redada! ¡Redada! Gritaban las chicas en el pasillo. Corrí detrás de ella, entre chicas medio desnudas y clientes sin pantalones, pero cuando salí del portal vi cómo E huía en el deportivo azul después de derribar mi moto. Boris, una montaña de músculos de dos metros, salió del portal y empezó a correr inútilmente detrás del coche. Era la misma voz con acento ruso que había escuchado en el piso. Boris había pedido un préstamo al banco y estaba pagando aquel deportivo a plazos. ¡Mi coche! ¡Mi coche! gritaba ¡Esperanza! ¡Mi coche! ¡Esperanza! ¡Esperanza! Por fin sabía el significado de las siglas: la E de ETA era una E de Esperanza. Ahora sólo teníamos que correr detrás de ella y atraparla.



Antonio Ferrer


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