viernes, 9 de mayo de 2014

Una noche con Cristina Cifuentes



Anoche soñé con Cristina Cifuentes. Yo era su marido y conducía un turismo de los años ochenta por una carretera oscura. Acelera, cariño, acelera, me decía Cifuentes, hoy me siento libre, la noche es nuestra. Íbamos como locos. El sueño tenía el atrezzo de esas películas de miedo que no dan miedo. Los faros del coche eran dos flexos y los lobos tenían bronquitis. Más rápido, Antonio, más rápido, no seas cobarde. El coche atravesaba la niebla, pero era polvo de talco y los limpiaparabrisas parecían cocainómanos. Acelera, pon música, acelera, no pares sigue sigue no pares sigue sigue, pon música pon música, exigía Cifuentes. Le di una patada a la guantera y los cassettes se desparramaron sobre la esterilla entre colmillos de Drácula y manos cortadas. Todo era de plástico. Todo era de broma. Todo era de mentira. Pon una cinta pon una cinta pon una cinta, gritó Cifuentes. Cogí una al azar. Los Chichos. Cristina se sabía todas las letras de memoria. Trazamos las curvas sin mirar, como en el tren de la bruja, mientras alguien con mal pulso apagaba y encendía los interruptores del plató para que parecieran relámpagos. Los asientos traqueteaban por los baches. El salpicadero temblaba como si estuviera vivo. No había duda, la carrocería se iba a desintegrar de un momento a otro. Cristina me miró. Tenía algo en la mano. Bebía vino tinto de un tetra brik en el que se podía leer: Sangre humana Don Simón. Entonces llegamos a una de esas enormes tiendas de la periferia donde se venden productos de bricolaje, artículos de jardinería, tornillos y cortinas al por mayor. Dejamos el coche en el párking y un jorobado con uniforme de mayordomo se acercó a nosotros para darnos la bienvenida: "¿Los señores están seguros de que quieren entrar al pasaje del terror? Le advierto a los señores que es un viaje al Más Allá. Nadie regresa. Van a pasarlo mal. Los señores van a pasarlo mal". Sin que yo pudiera reaccionar, Cristina se abalanzó sobre el jorobado y lo cosió a puñaladas. Cuando terminó, miró al pobre mayordomo y le dedicó unas palabras: No te quejes, dijo enseñando su colmillo que todavía goteaba Don Simón, no es sangre, es ketchup. Me acerqué al cadáver del jorobado y cogí un poco de sangre con la punta del dedo. La probé. Era ketchup y además del bueno. Heinz de primera calidad. Entramos a la gran superficie. Allí la gente compraba unos botelleros enormes de oferta pero nadie tenía botellas de vino en casa. Había una cola enorme en las cajas, como todos los sábados. Cristina no dejó títere con cabeza. En menos que canta un gallo, dejó charcos de ketchup por todo el establecimiento. Sección de puertas, sección de moquetas, sección de césped artificial, sección de papel pintado, sección de lámparas, sección de taladradoras, sección de cajas de herramientas. Me río de Tarantino. Es que odio hacer cola, Antonio, me dijo Cifuentes cuando acabó la matanza. No puedo, es superior a mis fuerzas, añadió. La acompañé a la sección de clavos y similares. En realidad, ella lo que buscaba era una alcayata para un cuadro del salón. En un momento de despiste, cogí un rastrillo de esos enormes con las puntas metálicas y lo agarré con fuerza. Cristina estaba de espaldas, era el momento. Yo me sentía envalentonado. Cifuentes iba a pagar por la nochecita que me estaba dando. Y además la sangre iba a ser de ketchup y era mi propio sueño, así que no me tenía que preocupar por procesos judiciales, ni por multas, ni por ley de seguridad ciudadana. Era mi turno. Había estado aguantando sus impertinencias en aquel terrorífico viaje en coche y mi paciencia había llegado a su límite. Ella estaba agachada buscando unas alcayatas mientras silbaba una melodía y entonces yo levanté el rastrillo encima de su cabeza. Décimas de segundo antes de que el rastrillo tocara la cabeza de Cifuentes sonaron las alarmas del local, cientos de policías del cuerpo especial invadieron la gran superficie y en pocos minutos me habían reducido. ¿Pero quién te crees que eres tú? me dijo Cifuentes indignada, este sueño no es tu sueño.

Antonio Ferrer

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