miércoles, 21 de mayo de 2014

La hora extra terrestre


Un amigo mío no para de decir que hace unos días estuvo durante unas horas en una nave extraterrestre. Así, como suena: en una nave extraterrestre. Desde entonces no sale de casa, no coge el teléfono y lleva casi una semana encerrado en su habitación sin parar de decir todo el rato lo mismo: que, por unas horas, fue secuestrado por los extraterrestres. No quiere hablar con nadie. Está ido. Él siempre quiso haber estudiado biología marina, pero al final hizo un módulo de contabilidad y acabó en una empresa de latas de conservas. Hace un par de días, recibí una llamada de su mujer. Su voz, al otro lado de la línea telefónica, temblaba: Antonio, tienes que hablar con D, dice cosas rarísimas... como siga así van a echarlo del trabajo... sí, tiene la baja, el médico le ha dado unas pastillas, pero ya sabes como están las cosas... no, si ya sé que hay que tomárselo con paciencia, pero hoy en día, es mejor no jugar con el trabajo... anda, ven, Antonio, échanos una mano, habla con él... los niños están asustados... no han visto nunca a su padre así. La cosa me parecía seria, así que fui a verlos un sábado por la mañana, a primera hora. 


Cuando llegué a su casa, su mujer me acompañó al dormitorio. Me contó que ella lo veía venir. En lo que iba de año, habían echado a cuatro compañeros de D y el trabajo tenía que salir adelante con los que seguían en la empresa. Se quedaba hasta tardísimo en la oficina y traía trabajo a casa. Nóminas, balances, cierres contables, contratos, informes para Hacienda... Si a mi marido le hubieran pagado las horas extras que ha hecho, me dijo la mujer de D, este año nos podríamos ir de vacaciones. En las estanterías del salón estaba el coleccionable de Mundo Marino que vendían en los kioscos. Cada uno de los fascículos tenía un trozo de fotografía en el lomo y todos puestos en orden componían la imagen completa de un delfín. D había reunido la colección durante meses y allí estaba presidiendo el salón, un delfín en cincuenta y seis fascículos al lado de un gallito de Portugal de esos que marcan el tiempo. Cuando entré al dormitorio todo estaba a oscuras y por los agujeritos de las persianas se colaba el sol punteando la habitación con su confetti luminoso. Estuve un buen rato intentando hablar con él, pero era imposible. Solo balbuceaba trozos de frases: ... me llevaron a la nave... son una raza de peces inteligentes... todos se llaman V... si voy otra vez allí me llevarán con ellos... me iré con V... a otra galaxia... con V... Fue imposible hablar con él. No paraba de decir inconsistencias. Estaba enroscado sobre la cama, hecho una bola. Pensé en la empresa para la que trabajaba D y en las conservas de atún que producían, aquellos trozos de pescado metidos a presión en una lata que todo el mundo vacía para acompañar la ensalada. Pensé también en los berberechos y en los compañeros de trabajo de D, aquellos cerebritos que flotan en un líquido turbio con sabor a limón y restos de arena. En la mesilla de noche había nóminas y facturas. Cogí una de ellas y, entre las columnas de cifras y los porcentajes, había un número escrito con boli bic rojo: 25. Revisé el resto de los papeles. Por todas partes estaba el número 25, escrito por D. ¿Qué fue lo último que hizo D antes de empezar a desvariar? le pregunté a su mujer al salir del dormitorio. Lo mandé a la pescadería del mercado, contestó ella, nunca quiere ir, dice que le dan pena esos pobres animales. Pero es una excusa, Antonio, D es como un crío, no quiere comer pescado. Hay que comer de todo, entiéndelo, tenemos que dar buen ejemplo a los niños. Después de que la mujer D me hablara de la aversión al pescado que sufría su marido, me pareció buena idea intentar quitarle hierro al asunto. No te preocupes, le dije a la mujer de D en el descansillo, antes de despedirme de ella, D solo necesita descansar, unos cuantos días en casa y verás como seguro que se le pasa, tranquila, mujer. 


Con el número 25 escrito en rojo bic aún latiendo en mi cerebro de berberecho fui al mercado del barrio de D, con la esperanza de resolver el caso de los extraterrestres y las horas extras. Yo tenía la intuición de que la clave estaba allí, en el mercado. Busqué el puesto número 25 y lo encontré. Era una pescadería y estaba junto a la tienda de variantes, donde las berenjenas y las banderillas buceaban en turbios acuarios de salmuera. Fue en ese momento cuando contacté con V. El puesto 25, los peces, todo cuadraba. Las coordenadas que D escribía en las nóminas eran correctas. V era en realidad una pescadera, pero no era una pescadera cualquiera. Era una mutación de barrio. Su cuerpo se había escapado de las páginas centrales del Playboy, se había puesto unos guantes de goma, había cogido un cuchillo de dimensiones colosales y estaba descabezando salmones en aquella pescadería con un delantal blanco, como si nada. Ocupaba el vértice de una pirámide plateada de peces que caían en cascada sobre una montaña de hielo. Un aparato con un altavoz enorme, colgado de un gancho en una de las paredes, emitía sonidos galácticos y las manos de V despedazaban escurridizas y metálicas criaturas a ritmo de tecno. Me acerqué atraído por su imán. ¿Qué te pongo? me preguntó. Subió el volumen del aparato y el himno de los polígonos dejó perplejos a los ojos de los lenguados. ¿Qué te pongo, cariño? repitió. Al sacudir la cabeza, sus hiperbólicos pendientes de aro temblaron lanzando destellos dorados y terminaron de hipnotizarme por completo. Anda, decídete. Yo era incapaz de contestar y mi cerebro no paraba de segregar reverencias verbales. Ultramaquillada lideresa de los peces. Playmate de los océanos. Aniquiladora de los ultracongelados. Una señora llegó a la pescadería. ¿Quién da la vez? Yo no dije nada. Estaba abducido por V. Sus curvas oscilaban en una cósmica montaña de hielo y su top de lentejuelas brillaba como las escamas de un pez de otro planeta, un pez superior, una raza superior, un planeta de peces como ella. Ponme dos truchitas, Vanessa, cielo, dijo la señora, ignorándome por completo. ¿Qué? Ya tienes aquí a otro pesado, ¿no? La señora me dirigió una mirada de desprecio, pero el olor del perfume de V se abrió paso entre los rodaballos y las merluzas. No se preocupe, señora Luisa, son inofensivos, dijo V. Entonces los clientes empezaron a llegar y nadie me pidió más la vez. Me quedé a un lado, hipnotizado por los movimientos de V y su manera de arrancarle las vísceras a las doradas, con la mirada perdida mientras ella hacía un cucurucho con el papel de estraza y echaba gelatinosos puñados de calamares dentro. A esas alturas, el tecno y el ritmo del cuchillo de V ya me habían inoculado aquellas voces en el cerebro a través de los ojos de los pescados. Voces que hablaban de una raza superior de peces y de su lideresa, V. Me convencían de que yo quería formar parte de una metálica y húmeda multitud dispuesta a dejarse decapitar por su inmenso cuchillo. Fue cuando la pescadería empezó a convertirse en una nave espacial. Por todas partes veía ese corcho blanco donde se derramaban las sardinas y las lentejuelas de V brillaban más que las escamas de los peces. Los gelatinosos ojos de sus súbditos eran mis ojos gelatinosos, ya sin voluntad, de tanto mirar a V. Pasé el día entero en la nave espacial, sin importarme si era la hora del aperitivo, de la merienda, de la merienda cena o de la cena. Solo los avisos del personal de seguridad del mercado, a última hora, cuando tocaba cerrar, hicieron que aterrizase de mi galáctico viaje. No te preocupes, Vanessa, yo me lo llevo, oí que decía una voz. La verdad es que no se puede estar más buena, me dijo el vigilante cuando me acompañaba a la salida, si os entiendo, pero no podéis darle la lata a la pobre Vanessa de esta manera. Dejáos ya de ovnis y de leches y compraros unas revistas. Cuando salí del mercado, el olor a fruta podrida y a basura orgánica me hizo topar de bruces con la realidad, y tuve la sensación de que todo había sido una ilusión: la pescadería, la nave espacial, aquella raza de peces inteligentes, V... Llamé a la mujer de D y le hablé con una lucidez que no sé cómo fui capaz de encontrar: No te preocupes, le dije, puedes estar tranquila, a D sí le gusta el pescado, pero es cuestión de vida o muerte que cambiéis de pescadería.
Yo también he hecho demasiadas horas extras últimamente. Creo que voy a pedir la baja.

Antonio Ferrer

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