viernes, 16 de mayo de 2014

Déjà fuck



Déjà fuck. Es una expresión nueva, yo no la había oído antes. Para comprender a fondo su significado conviene leerla con fonética española, con "u", tratando de evitar sonidos como "fak" o "fok". Me da igual cómo se pronuncien las palabras en sus respectivos idiomas de origen. Eso, aquí, es irrelevante. Pronunciado de esa manera, con "u", Déjà fuck se presenta como una alternativa al famoso Déjà vu, eso que sentimos todos cuando nos da la sensación de que lo que estamos viviendo ya lo hemos vivido antes. La semana pasada supe lo que quiere decir Déjà fuck mientras charlaba con amigos durante una fiesta, en un piso del centro de Madrid. Habíamos quedado a las 14h y, a causa de la hora, yo esperaba encontrar a gente aburrida en el evento. Si hay algo que me cueste esfuerzo de verdad es enfrentarme a gente aburrida. Gente de esa que compra los suplementos de El País y no los lee, pero los pasea de terraza en terraza mientras mira a los demás, sí, los demás, esos que tienen una vida. Gente de esa que no habla con su compañero de mesa en los restaurantes y piensa que, a pesar de todo, eso es una comida. Gente de esa que pasea a 0.01 Km/h ocupando toda la acera mientras tú vas detrás cargado con las bolsas del súper, y los miras con mala cara y no reaccionan. Gente de esa que parece que siempre empuja un carrito de niño pero no hay carrito de niño ni niño ni nada que se le parezca. Gente de esa que es fea pero que siempre parece estar mirándose en los escaparates. Eso era lo que yo esperaba encontrarme en aquella fiesta, a las dos de la tarde. En realidad, yo me había despertado de mal humor y mi cerebro no podía evitar la estúpida inercia que a veces nos conduce a criticar a los demás por sistema. Cuando llegué allí la gente estaba de todo menos aburrida. Comían paella en platos de plástico mientras salían a la terraza, escuchaban música, conversaban, bebían cerveza, vino, ron y las puertas del baño se abrían y se cerraban, se abrían y se cerraban, se abrían y se cerraban. Una mitad de los que estaban allí se recuperaba de la resaca huyendo botella abajo y la otra mitad intentaba que no decayera la gripe tomando más frenadol. Pronto me animé y pude olvidar mis estupideces. Uno de los que estaba allí, al que podremos llamar "X", no había dormido un solo segundo aquella noche, pero sin embargo tenía un aspecto impecable. Parecía una manzana Golden. Su piel estaba pefectamente tersa e hidratada, hablaba sin ese tono gangoso de los trasnochadores y sus movimientos y sus frases eran de una precisión insultante. Tenía 34, pero aparentaba 20. Había matado a Oscar Wilde y a Dorian Gray y a todos sus árboles genealógicos. Estaba pletórico. X nos contó que aquella misma mañana, antes de llegar a la fiesta, había estado en la cama con una chica que había conocido la noche anterior. A ella la podemos llamar "Y". ¿A qué te dedicas? le preguntó X a Y, todavía en el bar. Estudié filología inglesa, pero trabajo en una frutería. Bueno, dijo X cogiendo a Y de la cintura, para follar no hace falta saber idiomas. Y miró a X con cierta lástima . Sí, llevas razón pero solo en parte. Para usar la lengua no hace falta estudiar, pero si quieres ser una maestra hay que estudiar mucho, contestó Y. Media hora más tarde fueron a casa de X y la cosa fue como la seda. Que si ahora boca arriba, que si ahora boca abajo, que si ahora de lado, que si así, que si asá. Duración perfecta, intensidad perfecta, vibración perfecta, in crescendo perfecto, vibratto perfecto, lubricación perfecta, fluidez perfecta. Era como si lo conociera de toda la vida. La frutera se estaba comiendo la manzana Golden a mordiscos y la manzana Golden estaba encantada de que la cogieran por el rabillo y la dejaran en los huesos. Nada de comida rápida, menú degustación. X estaba asombrado con su alta cocina. A la una y media tuvo que despedirse de ella. ¿Te hago una perdida y así tienes mi móvil? le preguntó X a Y. X marcó el número y miró la pantalla del móvil de Y para asegurarse de que recibía la llamada. No podía dejar escapar a aquella chef de las fruterías. Quería evitar la excusa de "está en silencio, ya lo tengo". Cuando la pantalla del móvil de Y se encendió, X vio que Y ya tenía su teléfono en la memoria. Déjà fuck, decía la pantalla. ¿Qué es esto? le preguntó X a Y, extrañado. No te preocupes, dijo Y, es el nombre del grupo. Al terminar de contarnos la historia X se encogió de hombros. No pude contestarle nada, nos dijo X, yo no tengo ni puta idea de inglés, pero creo que yo a esta tía la conocía de antes.

Antonio Ferrer

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