jueves, 1 de mayo de 2014

Cenicienta nunca se va a la cama


A los filósofos serios les sucede lo mismo que a los estadistas con visión de futuro. Nadie les hace caso por exceso de rigor. Esa misma fatalidad es la que condujo la historia de J.P a situaciones extremas. Lo conocí hace ocho años. Tocaba el bajo en un grupo que se llamaba Proyecto Muerte y solo bebía agua mineral con gas. J.P decía que la única manera de sacar al planeta de su bloqueo mental era prohibir que la gente durmiera. Sólo en ese momento, decía J.P, cuando todos llevemos semanas enteras sin dormir, veremos nuestro futuro con claridad. Su idea era recoger firmas para proponer una ley que prohibiera las camas, los colchones y los somieres. Según él, a medida que avanzan las horas, si no te vas a la cama tus capacidades se incrementan hasta que todo tu potencial encuentra su camino hacia el infinito. Esa era su teoría. Siempre llevaba en el bolsillo de su chaqueta unas hojas para recoger firmas y tocaba funky para preparar los ensayos de Proyecto Muerte. Era inflexible. Le pedía a todo el mundo que firmara en aquellas hojas de papel. Estaba completamente convencido de que lo iba a conseguir. Era un tío muy nervioso y extremadamente delgado y sólo tenía tres camisas. Cuando te veía por la noche, en algún bareto o en alguna fiesta de algún amigo común, sacaba las hojas del bolsillo de su chaqueta y te daba un bolígrafo para que firmases. A cambio, te recompensaba con un paquetito que tenía forma de bolita y estaba cerrado con el alambre que llevan las bolsas de pan de molde para que las rebanadas no se pongan duras. Migas de pan contra el sueño. Durante una temporada más o menos larga salí a menudo con él. A lo mejor era porque yo siempre estaba con los que firmaban en sus hojas, pero, a medida que avanzaba la noche, J.P, a diferencia de los demás, parecía más lúcido. Nunca le vi claudicar. Ni una cabezadita, ni una siestecita en un afterhour, ni un sueñecito cuando todo el mundo acababa tirado por el parqué entre las botellas vacías. Un día intenté aguantar su ritmo como pude para ver dónde acababa todo aquello. Después de tres días sin dormir gracias a las migas de pan que me permitían seguir el ritmo infernal del bajista de Proyecto Muerte, acabé babeando el sofá de unos amigos. Cuando desperté era de noche y J.P ya se había ido. Se fue a trabajar, me dijeron mis amigos. Intenté en varias ocasiones averiguar cuándo se iba a la cama J.P, pero siempre con el mismo desenlace: cuando me despertaba, J.P siempre se había ido a trabajar. Perdimos el contacto y los grupos de amigos y las costumbres cambiaron. Hace unas pocas semanas lo vi en un pasillo de metro. Por fin sabía de dónde sacaba el dinero para el pan de molde. Los túneles de metro eran su oficina. Lo saludé y estuvimos un rato hablando. Llevaba una de sus tres camisas de siempre y al lado de la funda del bajo tenía una botella de agua mineral con gas. No pude evitar hacerle la pregunta de rigor: ¿Sigues pidiendo firmas para que se haga la ley del insomnio? Sonrió con gesto desengañado. Lo dejé, respondió, aquello del insomnio era una locura. Me alegro, le dije, ya era hora de que te echaras un rato. En ese momento dejó de tocar y me miró a los ojos muy fijamente: No, no es eso, me dijo, lo que pasa es que es imposible recoger firmas. La gente no quiere cambiar las cosas,  pero yo sigo sin dormir. Me fijé en las pupilas de J.P. Tenían el tamaño del estado de Oklahoma.

Antonio Ferrer

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