miércoles, 28 de mayo de 2014

Amélie Poulain y Las amistades peligrosas



26 de mayo de 2014. 07:00 AM. Un apartamento inmundo de la periferia marsellesa. Se pone en marcha el radio-despertador en la mesilla de noche y suena Born to raise hell, de Motorhead. Amélie Poulain se despierta, el volumen es ensordecedor. Alarga la mano y no acierta a parar el maldito ruido. Todavía le huele el aliento a alcohol barato. Tiene una resaca superlativa. Ayer, ayer, ayer, repite su mente, ¿qué hice ayer? se pregunta. Intenta incorporarse, pero no puede, y nota un dolor cerca del hombro: algo le escuece y le arde, algo le quema la piel. El locutor, en la radio, interrumpe la música para dar los resultados de la noche electoral, y Amélie se mira el hombro. Descubre un tatuaje que no estaba allí la noche anterior: FN, escrito con tinta negra y roja sobre el fondo blanco de su parisina piel. No recuerda qué pasó la noche anterior. El locutor sigue escupiendo porcentajes. A quién le importan los resultados de las Elecciones Europeas, piensa. Se fija en el borde de una de las letras del tatuaje y ve cómo una gota de sangre le recorre el brazo. Se mira las manos. Están manchadas de sangre. Un escalofrío le recorre el espinazo. ¿Qué ha pasado? ¿FN? ¿Qué son estas siglas? No lo sabe. Levanta las sábanas. Descubre un cuchillo. Se palpa los brazos, el estómago, las piernas, y no encuentra ninguna herida en su cuerpo. Vuelve a mirar el cuchillo. ¿De quién es esta sangre? ¿Qué he hecho? Mira a su alrededor buscando a alguien, pero solo le acompañan las guitarras eléctricas de Motorhead, que hacen jirones el aire. Allí no hay nadie. La habitación está vacía.
Pero ¿qué sucedió la noche anterior? ¿Qué hizo Amélie Poulain la noche del 25 de mayo de 2014? Este es el momento en el que nos toca rebobinar su vida para entender cómo la encantadora Amélie llegó hasta este punto. 



Retomaremos su historia en el momento en el que acabaron los rodajes, cuando ella pudo hacer su vida fuera de aquella película, sin cámaras ni guionistas, sin director, sin scripts y sin ayudantes de realización. En realidad, después del rodaje, Amélie acabó harta de aquella fabulosa historia, del Quartier Latin, de los fotomatones, de la bohemia y de las postales de la Torre Eiffel. Pero si algo no podía soportar, por encima de cualquier otra cosa, era a aquel pánfilo que la buscaba por las calles de París. Por esa razón, y como venganza, después de la película Amélie Poulain inició un estilo de vida completamente contrario al que llevaba su personaje en la historia. Buscó a los amantes maltratadores en los lugares más infectos, a los chicos malos, a los hombres rinoceronte, a la gente que hace sufrir, a los indeseables. Con el dinero que le dio la productora se embarcó en un tren de vida de alta velocidad y perdió el control en pocos meses. Se drogó como una loca y buscó a la peor gentuza de Francia para mezclarse con ellos: los que pegaban a sus mujeres, los que se gastaban el sueldo en vino, los que robaban a las viejas a la salida de los bancos, los que traficaban con heroína en las puertas de los colegios. Esa era la fauna que quería para su jungla. En pocos años, se quedó sin un euro y toda aquella cohorte de sinvergüenzas que la acompañaba por las noches desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Las últimas monedas de su presupuesto se las gastó comprando una papelina en un poblado yonki de la periferia de Marsella. Después de dar tumbos por centros de acogida y parroquias evangelistas, vestida con un chándal de Carrefour recogido en un contenedor, consiguió que un programa de reinserción del ayuntamiento le encontrara una habitación en un piso tutelado. A las pocas semanas, empezó a trabajar en un restaurante de comida rápida. Su compañera de trabajo, asistente de tienda como Amélie, era marroquí y se llamaba Fahima. Se entendía muy bien con ella. Fahima le decía a Amélie: claro, no me extraña que te volvieras loca dentro de esa película, es que es como un cómic, la Francia real no es así, tienes que tomarte las cosas con calma, Amélie, ni tanto ni tan calvo, tú no eres ni tan buena, ni tan mala. Se hicieron muy buenas amigas. Todo iba bien. Hasta que un compinche de los viejos tiempos descarriados de Amélie apareció en su trabajo. Se llamaba François Naif. Era fan de Motorhead y le gustaban las mujeres sumisas. Todos los días iba a buscar a Amélie al trabajo y la tentaba ofreciéndole drogas, pero ella no aceptaba. Papelinas, gramos, cartoncitos, aquel tipejo tenía de todo en los bolsillos. Un día, Amélie discutió con Fahima. Su compañera de trabajo estaba preocupada por el asedio de François y Amélie se negaba a creer que François era una mala influencia. Ese tío no te conviene, tienes que deshacerte de él, le dijo Fahima. Harta de los consejos de Fahima, Amélie le contó todo a François y François le dijo: de esta noche no pasa, tenemos que acabar con ella. Era el día de las Elecciones Europeas.
 



Cuando cayó el sol en Marsella, François le ofreció a Amélie uno de esos cartoncitos alucinógenos que llevaba en los bolsillos y Amélie accedió dócilmente. Aquella noche salieron. Te voy a llevar a París, le dijo F.N al oído, te voy a llevar a París y vas a volver a ser la reina. F.N cogió a Amélie de la mano, le puso sustancias alucinógenas debajo de la lengua y la paseó por una ciudad que no existía, como la fabulosa ciudad de su película, aquella ciudad que la hizo grande. El Sena era de color púrpura y las flores de los Campos Elíseos tenían pétalos de papel de aluminio. Amélie volvía a sonreír. Tenía alas artificiales. Ven por aquí, dijo F.N, tenemos que hacer algo. Dieron un salto de varios kilómetros y vieron pasar bajo sus pies una pirámide luminosa, hasta que aterrizaron en los pasillos del Louvre. La Mona Lisa movió los ojos al verlos pasar por el pasillo. Ven conmigo, tenemos que hacer algo, le dijo F.N. Llegaron a una sala enorme y se pararon delante de un cuadro. Delacroix. La libertad guiando al pueblo. Toma, dijo F.N poniendo un cuchillo en la mano de Amélie, acaba con ella. Amélie dudó por un momento. Es que yo no quiero matar a nadie, le dijo Amélie. No te preocupes, dijo F.N, es solo un cuadro. Entonces Amélie, seducida por el tono de voz de F.N, cogió el cuchillo y acabó con el lienzo. Bailaron como locos frente al cuadro apuñalado. F.N sacó una botella de whisky y bebieron sin control. Motorhead retumbaba en las salas del Louvre. Mientras sonaba Ace of spades, F.N sacó de uno de los bolsillos de su chupa de cuero una pistola de tatuador y grabó las iniciales de su nombre en el hombro de Amélie. Esto es para que no te olvides de esta noche, dijo F.N. Amélie había cerrado los ojos porque el tatuaje dolía, pero por unos segundos abrió los párpados y echó un vistazo a su alrededor. Se estaba acabando el efecto de la droga. En el suelo había un charco de sangre. Amélie hizo ademán de marcharse y F.N le agarró con fuerza del brazo para que no se moviera. Tranquila, dijo F.N, y deslizó otro cartoncito debajo de la lengua de Amélie. El resto de la noche se diluyó como la tinta en el agua.



Al llegar al restaurante de comida rápida en el que trabaja, Amelie se sorprende de ver al encargado en el almacén. No es su turno, él suele trabajar por las tardes. Amélie deja sus cosas en la taquilla y se pone el uniforme con prisa. Menuda cara traes, Amélie, le dice el encargado. ¿Qué? Ayer estuviste de fiesta ¿no? le pregunta mirándole a los ojos. Son las ocho, Amélie, que no se te ocurra llegar ni un día más con retraso al trabajo, o te echo. Ya estoy harto de la gente que llega tarde. Amélie evita mirarle a los ojos y empieza a llevar latas de atún de cinco kilos a la despensa. Hoy vas a estar sola, le dice el encargado desde la cámara, tu compañera Fahima no ha venido, la hemos llamado por teléfono, pero no contesta. Al mismo tiempo que las palabras del encargado se quedan revoloteando en el aire de la cocina, una lata de atún de cinco kilos se escurre de las manos de Amélie y cae en el suelo de la cámara. Un sonido metálico como de enorme moneda rodando por el suelo atraviesa sus tímpanos. F.N. Motorhead. Born to raise hell.

Antonio Ferrer

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