jueves, 10 de abril de 2014

Opciones para un ultra


Una página web que se llamara criticossinfronteras.com, donde la crítica literaria se convirtiera en una disciplina salvaje, sin normas ni restricciones, como una lucha con rival atado de pies y manos en la que valieran todos los golpes. En criticossinfronteras.com estaría permitido perder las formas, descalificar al contrario, ser impulsivo, escribir lo primero que a uno le viniera al teclado. Criticossinfronteras.com sería como la grada de un estadio de fútbol y nos resultaría algo natural visitarla cada domingo, algo parecido a ir a un partido después de haber discutido en casa. Entraríamos en criticossinfronteras.com como el que trepa al anfiteatro de una catedral del balompié. Las banderas nos hincharían las ganas de machacar al contrario. Los cánticos de los ultras irían calentando las ganas de pelea. Pulsaríamos "Inicio" Intro, sonaría el silbato de los grupos editoriales, y las palabras rodarían sobre el césped pisoteado por los tacos de los futbolistas. En criticossinfronteras.com nos alegraríamos de las lesiones de los escritores brillantes, solo porque son más hábiles y llevan la camiseta equivocada, y en las pestañas de la página podríamos seleccionar opciones como "Zona Hooligan" Intro "Catálogo de bates de béisbol" Intro "bate Modelo Rencor" Intro "Añadir bate" Intro "bate Modelo Envidia" Intro "Publicar crítica" Crítica publicada. Criticossinfronteras.com tendría también su zona VIP, como todo estadio de fútbol que se precie, y haría falta un password, y se harían preguntas horribles como "¿eres miembro?", y habría muchas posibilidades de pago: pago con tarjeta, pago con transferencia, pago con Paypal, pago con agresión a autor inofensivo novel en los baños del estadio, etc. En las gradas de criticossinfronteras.com increparíamos al rival, nos olvidaríamos de la pelota y agotaríamos nuestro repertorio de tacos abrazándonos en el último minuto gracias a un penalti injusto, siempre y cuando fuese a favor de nuestra editorial. Y al pitar el árbitro, depués de noventa minutos de entradas por lo bajo, premios amañados, codazos y faltas fingidas, volveríamos a casa y la cerveza ya estaría caliente. Nadie se plantearía a esas alturas cambiar el resultado y nos sentiríamos como el que acaba de discutir con alguien a quien no conocía de nada.
Sería un desahogo. Al día siguiente todos iríamos suaves como guantes a nuestras columnas, escribiríamos sin rencor ni envidia, sin afán de lucimiento, y hablaríamos de los libros por encima de los autores. Dejaríamos de hacer másteres de interesología, hablaríamos de vez en cuando de los noveles desconocidos y estaríamos dispuestos a admitir que aquello que dijimos de aquel autor, a lo mejor, lo podríamos ver desde otra perspectiva. Las inhumanas críticas vertidas en criticossinfronteras.com se quedarían allí, en el rectángulo de la envidia, verde que te quiero verde, verde que te puse verde, una vez hubiera terminado el partido. Nadie nos echaría en cara que, en una ocasión, ebrios de cólera hooligan, gritamos hijodeputa por un libro en fuera de juego, con una incendiaria bengala en la mano. Nadie se acordaría de que, en mitad de la masa enfurecida que agitaba bufandas bohemias del mismo color, deseamos la muerte de un contrincante. Todo quedaría olvidado. Al día siguiente seríamos ciudadanos respetables, pasearíamos el perro, quedaríamos con amigos, e incluso nos entrarían ganas de hablar de libros con la esperanza de que estaríamos empujándonos a nosotros mismos y a los demás a buscar la belleza.

Antonio Ferrer

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